El Hombre que construía ciudades de chocolate

(por Ibán Manzano)

Spoilers a cascoporro del último capítulo de Mad Men.

Los Soprano es como Mad Men pero con hostias, dice Hematocrítico en su twitter. Quizás ahora que se nos ha marchado el más Grande –descansa en paz James Gandolfini- no esté de más recordar el parecido no siempre evidente que hermana dos de las ficciones más hipnóticas de los últimos años. No sólo comparten guionista -antes de irse a la AMC con su particular casa de muñecas llena de publicistas y barbies amas de casa, Matthew Weiner ya había hecho sus pinitos en los últimos compases de Los Soprano-, sino que comparten también el mismo tema: ambas series hablan sobre la implacable erosión del tiempo, ambas tratan de un manera o de otra del fin de raza, de las ruinas. Cuando Weiner afirma que Mad Men está hecha para ser disfrutada en pequeñas píldoras no se equivoca: de semana en semana apreciamos que los personajes acumulan arrugas, de temporada en temporada notamos que la voz de Roger se vuelve más ronca. En el capítulo final de la sexta –y presunta penúltima temporada- hemos asistido (casi) al último latigazo de una época, a como esa promesa aerografiada en LSD y collares de flores conocida como la década de los 60 quedaba reducida a cenizas –Jesús ha tenido un mal año-: los grandes mitos de los derechos civiles yacen desangrados en el portal, la violencia tiene documento de identidad  y viaja en metro y mientras tanto un cartel de Nixon al fondo de la barra nos anuncia que las elecciones nunca más serán de los demócratas. Aunque para ser sinceros, esta serie jamás estuvo protagonizada por aquellos que marcharon frente al Pentágono, sino por unos cuantos pijos que desde lo alto de su despacho apenas alcanzan a escuchar el rumor de la calle. Demasiado humo en los ojos.

He de reconocer que esperaba algo diferente de In care of, un ambiente especialmente cargado en los primeros capítulos de la temporada me hacía pensar en otro tipo de episodio, me refiero por ejemplo a esos momentos en los que Don se cruzaba con su portero y se activaba en él un dispositivo mental que, creo, todavía no se ha explicado lo suficiente. Es igual, deberían haberme arrancado los ojos e implosionado mis tímpanos para no apreciar la vocación de clásico contemporáneo de un capítulo nacido para figurar en letras doradas en la historia de su medio. El capítulo que ha puesto fin a una temporada llena de interrogantes. Don empezó leyendo El Infierno de Dante en una Hawaii decolorada por el uso y ha acabado alcanzando su particular redención mediante un pequeño gesto: rechazando mudarse a California. California, que siempre había significado el Paraíso para él. Curiosa paradoja, para salir del Infierno hay que despedirse de entrar en el Cielo. Don ha dejado de ser el monstruo de esa película de terror omnipresente en la trama – La semilla del Diablo-, ha dejado de dormir en posición fetal como el hijo de Rosemary. Lo único imperdonable, nos insisten, es no creer que tienes derecho al perdón.

Todo In care of ha sido ejemplar. Ha habido drama -emotiva la estampa de Pete despidiéndose de su hija; Ahora eres libre- Ha habido comedia –impagable la charla de los dos hermanos dejando a su suerte a la madre en el océano; Siempre le gustó el mar-. Ha habido planos de una exquisitez incluso excesiva para Mad Men: el juicio sumarísimo de los socios de la agencia, Peggy haciéndose con el asiento de Don o ese ascensor en negro que con su Going down? se cierra remitiéndonos a los títulos de crédito de la serie. Ha habido incluso maravillosos chistes metalingüísticos, uno no sabe si es que Weiner escribió este capítulo conociendo toda la rumorología sobre Megan Draper y Sharon Tate o simplemente ha querido despedir a Zou Bisou Bisou de una manera harto irónica: Los guionistas ya han encontrado cómo echar a mi mujer de la serie. Aunque el diálogo más brillante, la escena de la que seguiremos hablando meses después, es por supuesto la última: un padre, sus hijos, una chocolatina.

Don Draper, empezaste siendo el tipo que hablaba con extraños por las noches y has acabado por construir una ciudad entera de chocolate.

You only live thrice

(por Ibán Manzano)

Casino Royale (2006) y Quantum Solace (2008), las dos entregas de la saga que han aterrizado en nuestro cines desde que Daniel Craig aceptara prestar su rocoso rostro al agente 007, se preguntaban con más o menos fortuna qué quedaba de eso que hasta hace no mucho conocíamos como Lo Masculino -y de lo que James Bond es hipérbole concentrada y acelerada-. Ha tenido que llegar el equipo de Skyfall (2012) para dar una respuesta a la altura y calmar las ansiedades de la platea -las del macho old school que temía que su principal referente se desplazara hacia la irrelevancia bajo la sombra del legado de Bourne-. Y es que el primer Bond de Sam Mendes se enfrenta a una tarea nada fácil, de la que además sale victorioso: proponer un nuevo modelo de agente 007 desde las ruinas y que encima este regrese sacando pecho. Mendes y sus guionistas (Purvis, Wade y Lohan) demuestran mucho olfato al dar con la clave del asunto: para obtener el Bond del presente hay que aceptar el Bond del pasado. Dejar de mirarle por encima del hombro. No tenerle miedo (o al menos no ese tipo de miedo). El último lote de aventuras del más devoto agente secreto al servicio de Su Majestad se convierte en un elogio de las viejas formas: del Bond antiguo, del cuerpo a cuerpo, del machete sobre la pistola de última generación. Sus reponsables han modelado este thriller en permanente tensión metalingüïstica y autorrefencial como un pulso entre lo nuevo y lo viejo. Y no hace falta que os diga quien es el que lo gana. Puede parecer una comparación algo chiflada, pero la estrategia me recuerda por otras vías a la que llevó a cabo J.J. Abrams en su reboot de Star Trek (2009).

Dentro de la espiral de guiños y homenajes a anteriores entregas que resulta inevitable encontrar en una película con la vista tan puesta en el pasado destaca ese prólogo construido a la imagen y semejanza del de You live twice (1967). En el arranque del que fue el quinto Bond -y no seguir leyendo los más sensibles con los spoilers lo que queda de párrafo- el agente 007 simulaba su muerte como parte de un infalible plan. Aquel desconcertante inicio, sumado a la omnipresente voz rasgada de Nancy Sinatra que puntuaba casi todas las escenas y a un Japón alucinado, un personaje más, concedía a You live twice una extraña atmósfera, onírica por momentos. De alguna manera uno tenía la impresión -o al menos yo la tuve la primera vez que la vi, que vete tú a saber- de que no estábamos tanto ante una película de Bond, como ante una película que ocurría en la cabeza de Bond. Skyfall está construída sobre esa misma idea de la muerte en simulacro y de la resurrección. Resurrección que, como apuntábamos, no sirve para presentar a Daniel Craig como nuevo recambio, sino para que luzca con orgullo la vieja piel del lobo. Bond tiene que morir para seguir siendo Bond. Si algo se le puede reprochar a este notable análisis del personaje es precisamente que ese aliento espectral que empapaba You live twice se aprecie en esta oportunidad menos de lo esperado. A excepción de los dos pasajes exóticos -el disparo de un rascacielos a otro en un Shanghai de realidad virtual y la entrada a la fantasía de Macao-, al director le cuesta liberarse del draconiano manual de estilo impuesto por las dos entregas precedentes (colores severos, acción seca). Es lo de menos, apenas un par de quejas fuera de lugar sobre un trabajo con nivel que vuelve a dar con la talla del esmoquin que necesita nuestro James y que llega a las carteleras dispuesta a pulverizar toda la literatura sobre metrosexualidad del mercado.

Looping

(por Ibán Manzano)

[SPOILERS]

Una de las cosas que más me interesa de Looper (2012, Rian Johnson) es el hecho de que se trate de una película que contiene otra en su interior. Su dispositivo narrativo está organizado alrededor de los viajes en el tiempo, pero de alguna manera su milimétrico guión se las apaña para acabar yendo de algo distinto. Cuando Joseph Gordon-Lewitt dice eso (y cito de memoria) de que cuando aparecieron los primeros casos de telequinesis pensábamos que teníamos superhéroes, pero estábamos equivocados sólo está dejando caer una pista falsa, otra más en un metraje sembrado de ellas. Y es que Looper sí es una película sobre superhéroes. El tercer largometraje de Rian Johnson empieza invocando el nombre de Chris Marker para acabar desplazando su eje hacia las coordenadas (temáticas) de El Protegido (2000) de Shyamalan, Akira (1988) de Otomo o incluso si me apuráis del arco argumental de la teleserie Perdidos (2003) que arrancaba con el capítulo 1×10, Raised by Another. Por supuesto que eso no evita que antes de que su metraje vire no tengamos algunas de las aportaciones más deslumbrantes a las paradojas temporales: convertir en enemigos a muerte a dos versiones de la misma persona que no están dispuestas a comulgar con lo su otro yo es algo que no se ve todos los días.

En el lado negativo de la balanza (algo había que decir) nos encontraos con que estas dos películas no siempre dialogan con suficiente naturalidad y eso que Rian Johnson ha tenido el acierto de apoyar esta dualidad en un coherente binomio ciudad/campo. Las partes rurales parecen compartir además la planificación visual de un cómic de Brian K. Vaughan y suponen otra elegante ruptura de las expectativas del espectador. Y es que no parece una granja habitada por una madre soltera y perdida en medio de la nada la opción más natural para aventurarse a estudiar el cruce de caminos entre los superhéroes, los viajes en el tiempo y el noir. Pero así lo acaba siendo.

En limo por la ciudad

(por Ibán Manzano)

Alguien mucho más listo que yo lo ha calificado como un nuevo subgénero: películas-con-limusina-que-no-entiende-ni-Dios. Cosmopolis y Holy Motors, ambas vistas tanto en Cannes como ahora en Sitges, son quizás la avanzadilla de un nuevo tipo de cine futuro al que mejor que nos vayamos acostumbrando. Empecemos:

1) COSMOPOLIS. En Un método peligroso, Sigmund Freud le preguntaba a Carl Jung frente a la Estatua de la Libertad y en alusión al psicoanálisis: ¿sabrán que venimos a traerles la peste? Podría decirse que en Cosmopolis no hay rincón del planeta en el que esa peste no haya sido ya propagada por unas ratas que acaban de ser designadas como nueva medida de transacción. Cosmopolis y Un método peligroso (como antes Una historia de violencia y Promesas del Este) sólo pueden entenderse como dos trabajos indisociables e interconectados en sus más profundos niveles. Como bien detectó Carlos F. Heredero tras su proyección en el festival de Cannes, con Cosmopolis y Un método peligroso se podrían recorrer los mecanismos cerebrales (y antiemocionales) de los siglos XIX y XX. Nuerosis y Capitalismo como las dos caras de la misma moneda. Ambas colocando en su centro de gravedad a la palabra como motor de transformación. O más bien de involución.

En un momento del metraje, alguien (¿Samantha Morton?) nos recuerda que los flujos de información han fracasado y lanza una advertencia: si queremos entender algo, fijémonos en los huecos que quedan entre las palabras. Es también una clave para enfrentarse al visionado del último largometraje de Cronenberg: uno puede escuchar sus crípticos monólogos (literalmente extirpados de la novela de DeLillo) como el que oye llover -sin que su clínico y visionario valor apocalíptico merme por un solo segundo, más bien lo opuesto- o, por el contrario, tomar nota con lápiz y papel de la opción de la cartelera que más reflexiones desafiantes lanza por minuto. Cosmopolis, en definitiva, hay que leerla en sus pausas, en sus huecos.

En realidad poco puedo añadir a todo lo que ya se ha dicho en los últimos meses sobre ella. Os animo a que le robéis un cuarto de hora a vuestro tiempo y echéis un vistazo a lo que los chicos de Cuadernos de Cine han escrito aprovechando su estreno. Os enteraréis por ejemplo de que Cronenberg y Pattinson exhibieron su pequeña criatura a un grupo de brokers en el mismo corazón del colapso financiero: la bolsa de Nueva York. Si nuestras autoridades se tomaran la molestia de leer 1984, es posible que Cronenberg hubiera salido de allí esposado y con cargos de terrorista.

2) Tras casi 13 años de ausencia en el largo, Leos Carrax ha regresado por todo lo alto con HOLY MOTORS, película en la que se cumple una salvaje paradoja: uno podría agotar su metraje buscando referencias externas y a la vez es posible que nunca haya visto nada parecido en una pantalla. Por seguir con las metáforas automovilísticas, con Holy Motors uno entiende un poco más a Laura Elena Harring en los primeros minutos de Mulholland Drive: conducida por una carretera a oscuras y fronteriza hacia el interior de una pesadilla sin memoria. Lynch es de hecho uno de los nombres que primero vienen a la cabeza durante su proyección. Otros, Franju o Tsai Ming Liang. Todos ellos seguramente inspiraciones más o menos conscientes. No como otras influencias laterales que quizás no estaban en la cabeza de Carrax pero que hacen acto de presencia en su inagotable metraje. Por ejemplo un amigo mío me hizo caer en la cuenta del sugerente parecido entre las primeras páginas del Tóxico de Charles Burns y el prólogo de Holy Motors. Por mi parte, me gusta pensar que el episodio que inmediatamente le sucede –el de la anciana mendiga- es un eco involuntario de El hombre del labio torcido de Conan Doyle o que la cinta en conjunto es una apropiación metalingüística y pirandelliana de La dolce vita. De hecho el habitual de Fellini se sentirá especialmente cómodo con el fragmento de Eva Mendes (moda, fama, paparazzis) en el que Carrax establece una provocativa conexión entre un un vestido pensado para mostrar la carne de una exuberante modelo y… un burka. Holy Motors, vendaval en cualquier festival en el que se ha exhibido, es un enigma en verde de alta definición que merece cada una de las letras de la expresión d-e-c-u-l-t-o.

De Imposibles

[ALERTA: SPOILERS]

Lo sabemos de sobra y sin embargo jamás dejará de maravillarnos (y acojonarnos): la naturaleza puede ser tan bella como aterradora. Este quizás sea uno de los temas rectores de Lo Imposible (2012, Juan Antonio Bayona). No sé si el principal, pero desde luego uno de los fundamentales. Antes de que sigáis leyendo quiero lanzar una advertencia: mi objetividad con Lo Imposible está seriamente comprometida. He conocido a varios de los implicados en su producción –y por conocer quiero decir compartir unas pocas cañas o bueno puede que fueran muchas cañas- e incluso he asistido, un poco de refilón, a su última mano de chapa y pintura. Así que supongo que no os puedo dar lo que se dice una crítica independiente, pero ¿quién diablos quiere eso hoy día? Lo cierto es que ello no me impide reconocer la inmensidad de un trabajo que no lo tenía precisamente todo a favor para llegar a buen puerto. El 26 de diciembre de 2004 una enorme ola sepultó la vida de cientos de miles de personas y arrasó las costas de un país de por sí empobrecido. Un tema serio que sus responsables manejan con mucho más tacto del que podía esperarse de un trabajo de estas dimensiones. Atentos también a la fecha, una siemple casualidad, pero que marca lo que quizás sin proponérselo acaba siendo Lo Imposible: un demoledor y perverso cuento de navidad -ese subgénero al que por otras vías también pertenecen Promesas del este o Eyes wide shut-. Después de todo pocas películas ofrecen una lectura más desesperanzada de lo que sucede tras los milagros. No deja de resultar curioso que los que están siendo los aspectos más discutidos de la película -el supuesto happy end, el punto de vista occidental- sean los que en realidad y paradójicamente aporten los matices más inquietantes. Ese círculo que se abre con una discusión sobre la maldita alarma y que evidencia cómo nos aferramos a nuestra falsa utopía de seguridad, para acabar cerrándose con una mirada devastada de quien sabe que lo realmente Imposible empieza ahora.

Y con todo, puede que visionar Lo Imposible bajo esa óptica sea un error: limita la percepción de una cinta que admite muchas más lecturas. A saber 1) un encendido elogio del espíritu de superación, algo casi anacrónico en estos tiempos descreídos que corren, y, 2) un fresco de lo que supone mirar a los ojos a lo desconocido, un careo con la enormidad de la naturaleza. Probablemente nada de esto último hubiera sido factible sin unos actores dispuestos a ser arrastrados por los senderos de barro que hicieran falta y sin un equipo técnico que ha logrado la enorme proeza no ya de reconstruir el tsunami con hiperralista fiscidad, sino sobre todo de mostrar la experiencia inmersiva e infernal que debió suponer el estar allí. Insólita y tenebrosa es la poesía que gracias a ello se captura por el camino. Como por ejemplo la pesadilla de Naomi Watts, el creativo uso del sonido, la permanente sensación de amenaza, la asimilación de recursos del cine de terror o esa madre en lucha contra los elementos que no alcanza a darle la mano a su hijo. Todo para demostrarnos que en realidad la película que hemos visto no es Lo Imposible. Esa empieza después de los títulos de crédito y no se puede contar. Lo único que queda es el gesto roto de una madre de familia, la devastación absoluta y unos puntos suspensivos. Que cada cual los rellene como pueda o sepa.

Vale, lo que hay que ver en Sitges

(por Ibán Manzano)

Lo primero, disculpad la larga ausencia. He tenido últimamente esto un poco abandonado. ¿La explicación oficial? Las vacaciones. ¿La verdadera? He estado alimentando a los monos de Kirstie Alley (larga historia). Lo segundo, hace ya más de 24 horas que las entradas de Sitges están a la venta. Lo que, si las cuentas no me fallan, supone que más te vale haber sido rápido o puede que te hayas quedado sin posibilidades de ver tu película favorita. Por mi parte este año no podré asistir al festival más que uno o dos días. Suerte que ya he podido echar un vistazo a alguna de las películas en competición. Aunque me ha sabido a poco: es tanto lo que hay que ver…

Empecemos por lo grande, es muy probable que tras la proyección de Lo Imposible no se vuelve a hablar de nada más en lo que queda de Festival. He aquí la epopeya que está llamada a marcar los últimos compases del año y a dotar de nuevos matices al término superviviencia. Estoy ultimando un post en el que me deshago en elogios y que espero tener listo para esta misma tarde. Lo Imposible aterrizará directa desde San Sebastián, donde también se ha podido ver el bombazo indie del año, Beasts of the southern wild, en la que algunos críticos han querido intuir la sombra de Malick proyectándose sobre la Zazie en el metro de Louis Malle. Su director, Benh Zeitlin es un desconocido que a priori poco puede hacer contra pesos pesados como Jennifer Lynch. La hija del Gran David regresa con Chained dispuesta a revalidar la victoria que logró en el palmarés de 2008 con Surveillance, en la que el Mal con mayúsculas nos explicaba que su lugar favorito para pasar las vacaciones es la América en la que creció Bush. También hijo de un Gran David, de otro Gran David, Brandon Cronenberg presentará su debut tras las cámaras: Antiviral. Pero no estará solo porque se las tendrá que ver con su propio padre que desembarcará con Cosmopolis, otra muestra radical del cine-prosa que ya ensayó con su anterior trabajo y que viene protagonizada por Robert Pattinson y ¡una limusina! Holy Motors de Leos Carax por su parte está protagonizada también por unos cuantos coches, además de por Kylie Minogue (bueno, su papel no es tan importante). El coche como metáfora de lo-jodido-que-está-todo parece ser el último grito. Por último, no podemos dejar de lado a Looper, pensada para todos aquellos que les guste la ciencia-ficción sentimental (The Constant de Lost, pero también Código Fuente). Y para el postre, lo mejor. No le ha sido fácil al Festival conseguir The cabin in the woods, pero qué duda cabe de que tenía que estar aquí: pocas películas provocarán más poluciones nocturnas por minuto; especialmente entre aquellos que dijeron apreciar Los Vengadores pero también echar en falta al Whedon más autor.

Mención aparte, el cine oriental. Los que creíamos perdido para siempre a Kim Ki-duk quizás debamos reconsiderar nuestra postura tras Pietà, amarillista aproximación a un tópico religioso (nada nuevo bajo el sol) que fue capaz de pasarle la mano por la cara a la todopoderosa The Master en la pasada Mostra de Venecia. Como cada edición Takashi Miike presenta (por lo menos) un par de películas. En esta ocasión son Ace Attorney y For love’s sake. Incluso puede que tengas suerte y que algún exhibidor sin nada que perder tenga todavía en cartel la excelente Harakiri, muestra de encomiable caligrafía contenida por parte de su autor. También regresan a Sitges dos viejos conocidos: Yim Pil-sung (que ya sedujo hace unos años con su barroca apropiación de Hansel y Gretel) y Kim Jee-woon (que no necesita carta de presentación, pero por si acaso ahí va: I saw the devil, Dos hermanas, A bittersweet life…). En Doomsday book ambos maestros unen fuerzas para esbozar varios episodios sobre el Apocalipsis. Y de anime tampoco vamos más. Podremos ver Wolf Children, el nuevo trabajo de Mamoru Hosada, artífice entre otras de La chica que saltaba a través del tiempo, entusiasta mezcla de ciencia-ficción y comedia teen que no deberías perderte en el caso de que no la hayas visto todavía.

Por último tengo especial curiosidad por ver lo que ha hecho Oriol Paulo con El Cuerpo, la película de inauguración y en la que se cuenta la historia de un cadáver que desaparece misteriosamente de una morgue. Una premisa que me lleva a pensar en las narrativas portátiles y económicas de La dimensión desconocida. Por no hablar de El bosque de Óscar Aibar que mira a la Guerra Civil con la óptica que mejores resultados ha dado a nuestro cine, la del fantástico. En cualquier caso, es posible que lo único de lo que realmente se hable tras diez días de festival sea del evento Crepúsculo. También es verdad que tras un verano muy sufrido, las fans se han ganado un pedacito de cielo.

Tony Alabama Scott

Quentin Tarantino puso los diálogos, Christian Salter era el pringado que se enamoraba, Patricia Arquette la chica llamada Alabama, pero fue él -Tony Scott- el que encargó de los tiros, las persecuciones, el sexo en cabinas de teléfono y el amour fou. Este blog se llama como se llama en honor a Amor a quemarropa (1993), quizás mi película de amor favorita, la única por la que me haría heterosexual. Es justo rendir homenaje al también autor de Top Gun (1986) en el día que ha escogido para su último vuelo. Pero mejor dejemos que sean sus criaturas las que hablen, que sean Alabama y Clarence los que le despidan.

Extreme ways

(por Ibán Manzano)

[SPOILERS]

Está siendo un verano bastante anómalo para las franquicias cinematográficas. Las aventuras del Hombre-araña reaparecen en nuestras pantallas antes incluso de que se haya apagado la llama de la anterior trilogía, Ridley Scott vuelve la vista hacia su hijo pródigo y le somete a un discutible proceso de combustión y Tony Gilroy, hasta la fecha guionista de la saga, se hace cargo en solitario de una mutación altamente peligrosa de Bourne. Y hablo de mutación no por casualidad: en esta cuarta entrega descubriremos que Jason Bourne no era más que la punta del iceberg, la avanzadilla de una raza de superespías secretos con el código genético manipulado. Probablemente pocos nos esperábamos a estas alturas una sorpresa tan estimulante como este renovado aire pulp, esa sutil pero evidente trama de sci-fi con mad doctors, pero ese es el legado con el que para bien o para mal tendremos que lidiar. Por desgracia el principal problema que tiene esta nueva entrega, problemática y alentadora a un tiempo, es la neurótica obsesión del argumento por autojustificarse, como si Gilroy no se acabara de sentir del todo cómodo en el terreno en el que él mismo ha decidido aventurarse. Ahí quedan como muestra las dilatadísimas conversaciones entre Jeremy Renner y Rachel Weisz. Por suerte cuando entra en acción el ruido (un proyectil impactando en un refugio de montaña) o la furia (una persecución a toda cilindrada por las calles de Manila) se te olvida cualquier tontería.

Pero vayamos a lo que importa, ¿puede sobrevivir Bourne más allá de sí mismo? La respuesta es sí. Pese a la ausencia de Matt Damon y la renuncia a alguna de las figuras retóricas más reconocibles del sello Greengrass -constantes reencuadres con zoom, montaje en frenesí-, Bourne mantiene el tipo bajo la piel de Aaron Cross. La set piece deja de ser tan precisa pero se vuelve más clásica, Renner continúa ganando méritos para ser elegido como trabajador del año (miradle qué majo con sus dos pistolas) y lo más importante es que se mantiene el pulso entre las grandes agencias paraestatales de inteligencia y el héroe en perpetuo movimiento. Sé que la recepción entre los aficionados está siendo algo fría, que la mayoría consideran que Gilroy se mueve como elefante en una cacharrería con las secuencias de acción o que la cinta está demasiado lastrada por su vocación introductora. Es posible que no les falte razón, pero para el que esto firma estamos ante el mejor blockbuster de lo que llevamos de temporada de calor (poco memorable por otro lado) y ante una digna sucesora que entre otras cosas contiene las más afinadas (y románticas) líneas finales de cualquiera de las entregas: frente a la pesadilla de la era de la hipervigilancia, un poco de Robinson Crusoe.

#prima600

(por Ibán Manzano)

La prima de riesgo acaba de superar los 600 puntos básicos. Hay una imagen sobre todo este tema que me lleva días rondando la cabeza, pero he preferido aparcarla porque, bueno, no soy lo que se dice un experto en macroeconomía (y a tenor de cómo administro mi asignación semanal menos aún en economía doméstica) y también porque sólo hace falta darse un paseo por Twitter para leer cientos de tuits con chascarrillos, notas a pie de página y comentarios del director sobre la Crisis que ya resumen de sobra el estado de la cuestión. Entiendo que es uno de de los efectos colaterales de todo este tinglado: nos hemos convertido en expertos financieros (o su equivalente dummy) de la noche a la mañana. Pues bien voy a ello yo también, mi teoría es que todos somos un poco como el Desmond de Lost. Sí, creo que con todo este lío del diferencial con el bono alemán y demás jeroglíficos financieros nos hemos convertido en ese escocés encerrado en una escotilla, aislado del mundo real, esclavizado por unos números que no comprende -la icónica secuencia 4, 8, 15, 16, 23, 42 en su caso, la prima en el nuestro- y a los que tiene que alimentar periódicamente o de lo contrario, según le han comentado, el mundo llegará a su fin. Por decirlo llanamente: that is our fuckin’ life!

Siempre he considerado que lo de Desmond y la escotilla constituye el mejor arco argumental de Lost. Hay algo kafkiano en ese tipo pulsando un botón cada 108 minutos un poco porque sí, de burocracia llevada al absurdo, de Sísifo desquiciado, de comentario platónico. Muy nosotros en definitiva. Vivimos tiempos raros: las cuentas de Twitter actualizan en vivo con las fluctuaciones del mercado y las tertulias políticas mandan corresponsales a la Bolsa de Madrid para comprobar si en los últimos 5 minutos nos hemos movido un punto arriba o dos abajo. Dictadura numérica, pornografía económica, culto a los cielos bursátiles. ¿Que cómo acababa todo esto en la serie? Sigamos con la metáfora barata: con la implosión la escotilla y con un rescate hecho por tipos que no eran de fiar. Sí, lo sé, todo esto son tonterías, pero he sentido la necesidad de compartirlo con vosotros. ¿O es que creíais que ese mecanismo de seguridad se iba a activar él solito?

The Bat-Mal

(por Ibán Manzano)

[SPOILERS]

1) Nolan, arquitecto del Mal. Vamos a demostrar primero la tesis de que según cómo la mires El Caballero Oscuro: La Leyenda renace (2012, Christopher Nolan) es un trabajo casi redondo. Luego pasaremos a probar lo contrario. Empecemos con mi imagen favorita de la película: el suelo de Gotham levantándose a golpe de explosivo, el estadio vibrando con la emoción de ver a Bane jugar al detonador. Momento filmado con cierto reposo, como de pesadilla sostenida: ¿qué peor que el suelo abriéndose bajo nuestros pies, que los cimientos volando por los aires? Decía que era mi imagen favorita no sólo porque en ella Nolan demuestra su capacidad para resistirse a inercias de estilo ahora que todas las franquicias de superhéroes abrazan la perspectiva aérea y resuelven sus clímax en altas torres de finanzas, sino sobre todo porque supone un perfecto ejemplo de entropía urbana. Pensémoslo bien, si algo ha caracterizado a los Batman de Nolan es su obsesión por hacer del tejido civil de Gotham un perfecto campo de pruebas para el Caos, una psicografía de nuestros males sociales. Visto así Nolan vendría a ser un artista de vanguardia que maneja presupuestos de vértigo y su El Caballero Oscuro: la leyenda renace un caro y vistoso catálogo de ilustraciones sobre el fin de los tiempos que incorpora a la acostumbrada amenaza del terrorismo unas cuantas gotas de debacle capitalista y alguna que otra ansiedad nuclear.

2) Nolan no es para tanto. Para refutar el anterior párrafo sólo hay que hacerse la pregunta correcta: bien, pero ¿qué hay de anchura política bajo tanta pirotecnia? Y ahí me temo que empezamos a hacer aguas. Cuidado, El Caballero Oscuro: La Leyenda renace me parece de lejos la entrega menos discursiva de la saga, la que va más directa al grano y la que más acción tiene -lo que es muy de agradecer-, pero sigue presentando una ingenuidad moral impropia de sus aires de grandeza. Caso uno: la banalización del movimiento Occupy Wall Street. Caso dos: la turbiedad que emana Bane nunca acaba de encontrar su botón de detonación y, es más, finalmente se diluye . Caso tres: es posible que estemos frente al guión que más veces cita al ciudadano y en el que menos ciudadanos aparecen. Ahora, coches policiales, tanques y garrulos con ametralladora todos los que queráis.

3) Conclusión. Los dos puntos anteriores reflejan lo que más me interesa de la película, pero por supuesto hay mucho más. Entre lo positivo destaca la carta de presentación de Bane, la coqueta Selina Kyle o algunas secuencias planificadas con un arrojo que no es de este planeta. Entre lo negativo: ese fetichismo militar a lo Frank Miller con el que nunca he comulgado -a veces casi podríamos leer este último capítulo de la saga como una confrontación entre bandas fascistas- y el montaje frenesí marca de la casa. Otra manera de verlo, pasé sus extenuantes 167 minutos sin despegar ni un segundo los ojos de la pantalla, pero también tengo claro que no pienso repetir visionado en, no sé, 100 años.

Hay un par de cuestiones más que me gustaría comentar sobre El Caballero Oscuro: La Leyenda renace, pero las dejo para una futura entrada que espero poder tener lista este fin de semana. Mientras tanto mantened la bataseñal de vuestro corazón alerta: el murciélago se ha ido, pero la amenaza espera latente a que os relajéis.

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