Pilotos: Luck + Alcatraz
enero 25th, 2012 • Pilotos • No comments
(por Ibán Manzano)
1) LUCK. Prometo no hacer ningún chiste malo que incluya carreras de hípica y apuestas deportivas sobre Luck, el caballo ganador (ya he caído) de la HBO para el primer tercio del año. El hipódromo de Santa Anita, con todo el tráfico de dinero y sueños rotos, que suelen mover este tipo de competiciones, será el nuevo laboratorio (como antes lo fue Nueva Jersey, Baltimore, el Oeste fronterizo, la antigua Roma, los casinos de Atlantic City y Poniente) desde el que la cadena por cable estudiará las relaciones que estructuran el Poder. En una estrategia curiosa, el episodio piloto fue emitido el pasado diciembre pese a que Luck no arranca oficialmente hasta este domingo. Digo en una estrategia curiosa, porque el piloto de Luck resulta voluntariamente informe. No interpretéis esto como un reproche, al contrario: como muchas de sus hermanas Luck asume que la serie televisiva es el equivalente a la novela decimonónica.
Los primeros 60 minutos de lo nuevo de David Milch (al que le estaremos eternamente agradecidos por Deadwood) no son más que la primera piedra de una nueva catedral gótica que se irá edificando semanalmente en nuestra pantalla. El capítulo tiene además varios motivos para el regocijo: unos personajes con potencial para evolucionar corruptamente, primeras espadas en su reparto (Dustin Hoffman, Nick Nolte), una selección musical de aúpa y a Michael Mann tras la cámara. Michael Mann es para este que firma uno de los grandes. Algún día acabaré esa entrada en la que argumento que Inland Empire (David Lynch, 2006) es la otra cara de la moneda de Enemigos públicos (2009), por cierto una de las obras maestras de la pasada década. En esta ocasión, Mann está algo más comedido de lo habitual, por lo menos hasta que se lanza a filmar carreras de caballos en un digital de alta definición que deja sin habla.
2) ALCATRAZ. Vuestros tímpanos deben de estar reventados de tanto escuchar que Alcatraz es la nueva Lost o la nueva Fringe. Para ser sinceros la comparación no carece de base. El parecido es especialmente notable con la segunda. Lo cierto es que Fringe ya tenía algo de puesta al día (un día con cambiaformas, armas bacteriológicas y portales interdimensionales; un día de esos) de lo ensayado en Alias. El gran problema de Alcatraz es que uno no puede librarse de la molesta sensación de que a base de tanto fotocopiar los colores han acabado por diluirse. Todavía es pronto para llevarse las manos a la cabeza. La serie tiene una premisa de las que no se ven todos los días y sus responsables merecen que les concedamos un poco de paciencia. Ahora no nos acordemos demasiado, pero Fringe no tuvo exactamente una acogida calurosa cuando llegó a las pantallas hace cuatro años y, en cambio, mírala ahora, qué salud de hierro. Entre lo positivo a rescatar no sólo está el sugerente enigma central, sino un guiño hitchcockiano que demuestra conocimiento de causa y la agradable confirmación de que J.J. Abrams cada vez siente menos necesidad de justificar su abrazo a lo fantástico.
Nostalg(h)ia
enero 24th, 2012 • óscares • No comments
(por Ibán Manzano)
Este mediodía (a las 14.40 para ser más exactos) Jennifer Lawrence y un viejo verde que había-a-su-lado el presidente de la Academia han dado a conocer a los candidatos de la 84º edición de los premios Oscar. Sí, ya, lo sé. Os la sudan los Oscar. Lo peor es que os entiendo. Está lo de Crash en 2004 y bueno lo de Sandra Bullock. Pero los concursos de popularidad siempre han merecido mi atención y no iba a ser menos uno que tiene lugar bajo tal cantidad de focos. Después de todo, es durante la entrega de sus máximos galardones cuando Hollywood pone su maquinaria de comunicación a trabajar a pleno rendimiento. Vamos a hacer recuento. La invención de Hugo y The Artist lideran con 11 y 10 nominaciones respectivamente. La primera, cinta familiar en 3D, es un homenaje al cine mudo. La segunda, además de la última sensación de la temporada, es otro homenaje al cine mudo. Sigamos, en Midnight in Paris, Woody Allen se apunta a los viajes en el tiempo y transporta a Owen Wilson al París de 1920, época de efervescencia cultural que coincide con, lo habéis adivinado, los días de vino y rosas del cine mudo. De hecho, en un chiste memorable, Wilson le hace un Inception a un despistado Buñuel y le sugiere el argumento de la que será El ángel exterminador. Pero la cosa no acaba aquí. Todavía no he podido ver War Horse, pero los que ya han tenido la oportunidad confirman que este drama bélico con caballo es una epístola escrita desde lo más hondo del corazón spielbergiano a dos de sus antepasados (John Ford y David Lean). Como no hay que dejar puntada sin hilo, será Billy Crystal, embajador de los Oscar en los 90, el que nos dé la bienvenida el próximo 26 de febrero.
Al sociólogo de salón no le cabe duda de que no por casualidad el granjero de la Iowa de 1931 gastaba gran parte de su escasa asignación semanal en un novedoso espectáculo cinematográfico que acabaría por definir a la década. Estoy hablando de las películas de horror. Y es que los colmillos de Bela Lugosi daban miedo, pero ni la mitad que otra sangría mucho más común por aquel entonces, la de la cuenta corriente. La Gran Depresión había entrado en escena y América no estaba para fiestas. Esta mañana, El País llevaba en su portada uno de esos titulares a los que estamos ya tan acostumbrados que ni nos estremecemos, y eso que no es agradable descubrir que están proyectando la película que arrasó en 1929 y que vuelven a contar con nosotros como cabezas de cartel. Podemos encontrar muchas similitudes entre lo que ocurrió con el Crack del 29 y lo que está ocurriendo ahora, pero también más de una diferencia. ¿La más clara? La industria audiovisual ha cambiado de remedio. Ahora su receta contiene exclusivamente altas dosis de morriña en píldoras. Cine prepúber, con dientes de leche, que no duela.
Reconozco que este análisis puede resultar tendencioso, pero incluso una cinta como Midnight in Paris, donde la nostalgia es cargada por el diablo, refuerza el diagnóstico: ante las turbulencias, Hollywood opta por aparcar (casi) cualquier discurso combativo y replegarse sobre sí misma. Las caracterizaciones de Tilda Swinton y Michael Fassbender han resultado demasiado turbias para los académicos, mientras que dos personajes que por diferentes motivos podían haber dado lugar a creaciones oscuras se han colado en la lista tras limar sus contornos (Margaret Thatcher y Marilyn Monroe). El muppet por delante del man. Quizás sólo sea parte de ese movimiento por recuperar el pasado que muchos analistas detectan y no haya que llevarse las manos a la cabeza, pero es que hasta Moneyball, una de mis favoritas y de las pocas nominadas que conecta con el presente, tiene algo de evolución optimista de La red social, de confianza ciega en el sistema. Me encanta la película, pero reconozco que me aterra que el general manager al que da vida Brad Pitt logre doblegar un deporte como el beisbol, fundamentado en músculo y tesón, a través de una lógica mercantilista. No sé, quizás me estoy volviendo paranoico y todo esto no sea más que una locura. Sólo quizás.
Hawaii-Bombay
enero 20th, 2012 • General • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Siete interminables años hemos tenido que esperar para tener de vuelta a Alexander Payne. Una larga ausencia interrumpida por fogonazos de luz como el cortometraje que cierra Paris je t’aime (2006) y en la cual el cineasta se ha dedicado en cuerpo y alma a levantar su proyecto más ambicioso, Downsize, una comedia de ciencia-ficción acerca de una pareja en apuros económicos que opta por reducir su tamaño para combatirlos y cuyo imparable presupuesto acabó por enterrar cualquier posibilidad de verla en pantalla, dejando sus cimientos a medio construir como nuevo y esclarecedor documento de la precariedad. Volviendo a los siete años, uno de los paquetes postales que Alexander Payne recibió (probablemente su agente) durante ese tiempo contenía un ejemplar de la primera novela de Kaui Hart Hemmings. Toda una suerte, pues en ella el cineasta ha encontrado la base apropiada para materializar la última parte de ese trayecto que acaso empezó tímidamente con A propósito de Schmidt (2002) y que ha terminado por obligar al cínico chico listo de Election (1999) a mancharse los zapatos, a embarrarlos.
En Los descendientes (2011), su último largo, Alexander Payne aborda la definición moral de la herencia colocando a un padre de familia, un desvalido George Clooney con el semblante cubierto por el salitre, frente a una tormenta de verano a punto de estallar. Es satisfactorio comprobar que no siempre es necesario recurrir a las facciones gastadas de Jack Nicholson ni a las poco agraciadas de Paul Giamatti, Clooney se las apaña solo para dotar de aplomo a lo patético en un nuevo paso en su inteligente y medida carrera. Pese a sus miserias, o quizás gracias a ellas, Clooney resulta ser la elección natural para ejercer de tesorero de un pedazo de tierra virgen con profundas resonancias. Si Entre Copas (2004) encaraba el trago amargo del fracaso desde la acaramelada luz que baña los viñedos de Santa Bárbara, Los descendientes radicaliza la apuesta meteorológica, sus personajes acaban por confundirse con una Hawai que se diría pintada por un Paul Gauguin en un atardecer borrascoso. Alexander Payne, como bien ha repetido estos días gente mucho más lista que yo, parece encontrarse cómodo combinando la tradición de cierto Billy Wilder con ese pintoresquismo propio de la Cicely de Doctor en Alaska (1990-1995). Se me ocurre también compararle con un guionista tan a priori poco próximo a su obra como Aaron Sorkin, pero si me lanzo a la piscina es porque ambos parecen obsesionados por encontrar lo mejor en cada uno de nosotros.
Con todo, quizás, las mayores conquistas de Los descendientes se escondan tras el extrañísimo tono que maneja y del cual saca especial rédito cada vez que se acerca al hospital, auténtica zona cero del conflicto, con especial mención a la bronca que George Clooney le dirige a su mujer en coma. Imposible saber si reír o llorar. Tal es el riesgo, que la única impronta de felicidad, una instantánea móvil sobre una lancha motora, es descontextualizada, extirpada, como un punto de no retorno, de este relato de tropicalidad apagada, de chanclas paseando sobre la arena mojada. Ya tenéis plan para este fin de semana, sacad del armario las camisas hawaianas que Jude Law puso de moda en My blueberry nights (2007) y llevad a vuestra chica al cine. Mucho aloha para todos.
Pensamientos breves de enero
enero 18th, 2012 • Pensamientos breves • No comments
(por Ibán Manzano)
Varias reflexiones breves que no quería dejar de compartir:
1) Aproximadamente el 100% de las conversaciones que se están dando en estos momentos en mi Facebook están copadas por Drive. Nada que objetar. Estoy muy a favor de Ryan Gosling en general y de Drive en particular. Lo que más me gusta del noir de Nicolas Winding Refn (aparte de lo del ascensor y también de su contribución a recuperar el mondadientes como sinónimo de hombría) es la conexión directa que establece entre el samurai melvilliano y una motorizada Los Ángeles entregada crimen. Conviene recordar que John Woo ya trasladó a Melville a la furiosa Hong Kong de las triadas. Los mecanismos de los que se sirvió Woo, en la que sigue siendo la parte más interesante de su filmografía, son mucho más salvajes que los del abstracto y estilizado thriller de Winding Refn, pero en esencia nos hablan de lo mismo. The Killer (1989) es, si no sabes de qué va el tema, el mejor rito de iniciación que se me ocurre.
2) El blog Clothes on film tiene una función cultural cuanto menos curiosa, analiza los estrenos de la cartelera bajo la óptica de la moda. Como demuestra estra entrada, sus autores están especialmente ansiosos por conocer más sobre El Gran Gatsby de Baz Luhrmann. Una ansiedad que comparto. El Gran Gatsby apareció en 1925, en pleno corazón de la era del jazz. Alta sociedad, bailes que no se detienen nunca, coches irrumpiendo a toda velocidad en el transcurso de una fiesta, starlets rociadas en champán. Cosas así. Es cierto que la obra maestra de Fitzgerald tiene un cierto aire premonitorio, parece anticipar las razones que condujeron al colapso de los felices 20, pero no deja de resultarme perturbador que la Warner vaya a estrenar una elefantiásica adaptación de la novela en pleno infierno económico.
3) Cuando escribí esta reseña sobre Homeland, no había visto el episodio alargado que cierra la primera temporada de la flamante ganadora del Globo de Oro a Mejor Drama de 2011. Opté por escribir a tientas, por recorrer la cuerda sobre el foso de cocodrilos. Tras ver la finale me gustaría hacerme eco de una serie de ideas que se despliegan en ella de manera magistral. Sobra decir que lo que sigue son spoilers de alto voltaje: a) el terrorista incorporándose a la columna vertebral de la alta política del país, b) el vigilante como tendencia esquizofrénica de las fuerzas de seguridad y c) la pista vital que puede evitar el próximo atentado terrorista eliminada en una lobotomía, apenas susurrada al espectador en un grito ahogado. Aprende The Killing. Así es como se engancha al espectador de una temporada a la siguiente.
La escena del mes: los créditos de Millennium
enero 17th, 2012 • La escena del mes • No comments
(por Ibán Manzano)
No creo que a nadie le haya sorprendido que los créditos de Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres sean una pasada. Estamos acostumbrados a ello, David Ficher es un viejo zorro en la materia. Con los créditos de Se7en creó escuela, con los de El Club de la lucha nos reventó (literalmente) la cabeza y pocas veces hemos sentido tanta falta de afecto como con los primeros acordes de La red social. Es bastante fácil comprender qué fue lo que atrajo a Ficher de la saga literaria Millennium de Stieg Larsson, gracias a ella suma un nuevo capítulo a su (por el momento) trilogía sobre el psychokiller, con Se7en y Zodiac como joyas de la corona. Esta vez bajo un nuevo clima de violencia y sexo inquietante, con la traumas del viejo continente (nazismo, secretos familiares) colisionando con una Europa en proceso de tecnologización. Lisbeth Salander y Mikael Blomqvist son dos criaturas que, como el como el mínimo común múltiplo de su filmografía, aspiran a un refugio en una narrativa que los expulsa una y otra vez.
Hay varios problemas objetivos en Los hombres que no amaban a las mujeres que evitan que llegue a ser una película mayor, pese a su indiscutible coherencia dentro de la carrera de Fincher y su metalizada personalidad. Quizás el más evidente sea la borrachera de trama que sufre, efecto colateral de la fidelidad al original. Lo bueno es que pese a ello, este thriller, acerado como una navaja, deja espacio a Fincher para volcar sus principales obsesiones cyberpunk, ese nuevo lenguaje poshumano del que el Mark Zuckerberg de La red social era corresponsable. Un lenguaje que se deja sentir en la permanente tensión entre recuerdos analógicos y su reinterpretación digital, en el hackeo como principal demostración de cariño, en las automutilaciones en forma de tatuajes y piercings con los que Lisbeth construye su identidad y por supuesto en los explosivos créditos de apertura. Una demencial macarrada de tecnología y sexualidad canibal.
Tomas Alfredson me ha robado el corazón
enero 12th, 2012 • General • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Empecemos con una grave acusación: Tomas Alfredson y Alberto Iglesias son unos ladrones. Me han robado mi idea maestra, la que pensaba incluir en algún guión que todavía no he escrito. Estoy hablando de la canción que suena en el momento álgido de El Topo, escena que por respeto a quien no la haya visto (no sé a que esperáis) no detallaré. El que ya se haya enamorado de esta obra maestra del género de espías, sabrá a lo que me refiero. Sin exagerar, es posible que se trate del mejor empleo de una canción en una escena del cine reciente y eso que ni siquiera sé muy bien a qué diablos viene. En realidad, La mer, pieza capital de la chanson francesa, está cansada de formar parte de bandas sonoras, pero lo que marca la diferencia es 1) la gracia que se marca el dúo Alfredson-Iglesias y 2) el intérprete, tito Julio en un francés francamente mejorable. Mitad colofón irónico, mitad exhibiciónn de gusto; lo cierto es que La mer no desentona ni un ápice entre tanto gentleman al servicio de Su Majestad.
Sé que es precisamente este superávit de saber estar el que ha alimentado las reseñas más negativas de la adaptación de la novela de John le Carré. Por ejemplo, en Venecia charlé a la salida del pase con varios espectadores que consideraban la película poco más que un impresionante pero vacuo ejercicio de estilo, un suma y sigue tras Mad Men, con las conspiraciones de los 70 y el viejo continente como nuevos telones de fondo. Esa interpretación yerra en lo fundamental. Qué duda cabe de que a Mad Men se la recordará por su alargada sombra en los editoriales de moda, pero su aportación más importante sigue siendo la de estar proponiendo un correlato de la América de la Guerra Fría a través de sus objetos, de sus ropajes. No me cansaré de citar el maravilloso 3×09, Souvernir, ese capítulo vacacional en el que el matrimonio Draper acepta ser cosificado para reactivar su apagado juego sexual. Entiendo que la adaptación original de El Topo que la BBC emitió en 1979 choque con la de Thomas Alfredson, a su lado queda desangelada. El trabajo en el diseño de producción de esta última sólo puede ser considerado como exquisito. Europa es un continente en sombras, habitado por fantasmas que buscan escapar del frío. Como un capítulo alargado de la seminal El prisionero. Pero si pese a todo sigues empeñado en que El Topo es poco más que un traje bien planchado, alejado de nuestro presente, entonces te recomiendo algo distinto: enciende tu televisor, echa un vistazo a los informativos.
Por eso los Red Sox jamás ganarán la liga
enero 9th, 2012 • General • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Teddy Wayne ha conseguido con su primera novela algo por lo que muchos autores estarían dispuestos a matar, que se diga de ella que es la obra definitiva para explicar el 11-s y el actual crack financiero. Es posible que los expertos en la materia se lleven las manos a la cabeza y que tras la etiqueta sólo se esconda una calculada estrategia de marketing editorial, pero en esa carrera por encontrar la ficción-guía de nuestra debacle, Kapitoil merece ser considerada como una firme candidata al título. La primera sorpresa que se llevará el lector es que la novela no está ambientada ni en septiembre de 2001 (11-s real) ni en septiembre de 2008 (11-s de la economía), sino en las postrimerías de 1999. Karim Issar, experto qatarí en el efecto 2000 es destinado a las oficinas americanas de la firma Schrub para poner a punto sus sistemas informáticos antes de que finalice el año. Como el trabajo se le queda pequeño, Karim mata sus horas libres desarrollando un complejo programa que permite predecir las fluctuaciones de la Bolsa. Lo habéis adivinado, se trata del Kapitoil del título. Un programa de suma cero que transforma las desgracias ajenas en beneficios sobre el capital (verbigracia, los atentados en suelo árabe). El éxito del programa radica en (1) el matemático análisis que lleva acabo la mente de Karim sobre cualquier variable -el petróleo, el sexo o los cuadros de Pollock- y (2) su condición de extranjero que le concede ventaja a la hora de valorar aspectos que a los americanos de cepa les pasan desapercibidos.
La contraportada de Kapitoil define a Karim como un genio de las matemáticas y un incompetente social. No creo que a ningún ejecutivo de Hollywood se le pase por alto que el guionista más capacitado para entender los mecanismo mentales (y emocionales) de un personaje tan singular como Karim es Aaron Sorkin. En una feliz coincidencia, dentro de apenas unas semanas se estrenará en nuestras pantallas el último guión de Sorkin (escrito a cuatro mano con Steve Zallian), Moneyball, basada en la historia real de Billy Bane, el entrenador de un equipo de beisbol de Oakland que aplicó tácticas revolucionarias para compensar su escaso presupuesto en el traspaso de fichajes. Podríamos pasar horas analizando las semejanzas y puntos de encuentro entre Kapitoil y Moneyball (y por extensión también La Red Social). Una de las convergencias más evidentes radica en la reducción del beisbol a variaciones de mercado, pero también es una de las más superficiales. Merece mucho más la pena fijarse en otros aspectos. Por ejemplo, mientras leía la novela, convenientemente presentada como un diario que recoge los pensamientos del protagonista, tenía la impresión de que Karim Issar podía ejercer de puente entre el shakesperiano Zuckerberg de La Red Social y el Billy Bane de Moneyball. Una suerte de redención del primero que anticipa al héroe del segundo. Moneyball, por cierto, se abre con la siguiente cita: Es increíble lo poco que llegamos a saber del juego al que dedicamos nuestras vidas. No sé que pensáis vosotros de esta cita, pero no es de extrañar que Sorkin la haya escogido: le sienta como un guante a Moneyball, explica a la perfección la raíz del resto de su obra (y también la de Kapitoil) y de paso nos enseña que en la liga de la economía estamos condenados por ignorancia a ser jugadores de segunda.
Hogar, dulce hogar
enero 2nd, 2012 • Sin categoría • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Era lógico. La retirada definitiva de las tropas americanas de suelo iraquí tenía que ocupar lugar preferencial entre los especiales que estas navidades resumen lo más significativo de 2011. Si hay una ficción lo suficientemente preparada para explicarnos las implicaciones de una decisión de tan largo alcance esa es sin lugar a dudas Homeland. Bautizada como la 24 para cable, la serie de Showtime comparte con su predecesora el estudio a largo plazo de los estragos del terrorismo en los mecanismos de política de los Estados Unidos.
Su premisa es jugosísima. Un soldado americano al que se daba por muerto es rescatado tras ocho años de cautiverio. El departamento de defensa celebra la operación como un tanto en la guerra propagandística contra el terror. ¿Un cuento con final feliz? Casi. Una de sus agentes tiene indicios de que el marine en cuestión se ha pasado al bando enemigo y colabora bajo cuerda con Al Qaeda. Homeland presenta dos niveles de lectura que se retroalimentan eficazmente, dos géneros casi, la problemática reincorporación de un mando militar al cuerpo civil (soap opera) y su choque con la América orwelliana que busca cicatrizar el 11-s poniendo bajo sospecha a sus veteranos (intriga militar). Para la familia del sargento Brody, ese que se sienta al otro lado de la mesa y que come el asado como papá, cuenta los mismos chistes malos que papá y guiña el ojo como papá, no es en realidad papá, sino un ultracuerpo criado en las vainas de la galaxia iraquí. Brody es un lisiado emocional, un revenant que ha vuelto para poner el dedo en la llaga de nuestro complejo de culpa, un zombie (en una lectura diferente pero quizás no tan distinta de aquel episodio de Masters of horror de Joe Dante) programado para estallar como una bomba con temporizador. Claire Danes y Damian Lewins no pueden resultar más magnéticos en sus papeles, sobre todo Lewis, que merece todos los premios del mundo por su interpretación de lo perturbadoramente normal. Veremos hasta donde llega la serie en próximas entregas, pero con sus 12 primeros capítulos Homeland ha iluminado el laberinto moral por el que caminaremos tras el ajusticiamiento de Osama Bin Laden.
La república independiente de nuestra casa
diciembre 22nd, 2011 • Sin categoría • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Wes Craven tiene una anécdota curiosa.Obsesionado como estaba por las casas abandonadas, le rogó a Bonnie, su mujer, que se instalaran en una de ellas. Bonnie, tal como se relata en en el recientemente publicado Sesión sangrienta, aceptó de primeras pero empezó a pensárselo cuando descubrió un enorme agujero en el suelo de la cocina y grifos de los que no salía ni una gota de agua. En los planes para sus hijos contemplaba una buena escuela pública no una infancia en un caserón destartalado. Con todo, Wes Craven hizo lo que le dio la gana y se instaló allí durante una semana. La anécdota, aparte de insistir en uno de los puntos sensibles del matrimonio, sirve para entender eso que hace tan aterrador al subgénero de casas encantadas. Podemos soportarlo todo a lo largo del día, TO-DO. Un vagón de metro tomado por el mal olor o al inepto de nuestro jefe leyéndonos la cartilla. Pero otra cosa bien distinta es que vengan a tocarnos las narices a nuestro hogar.
Como bien apunta Stephen King en su monumental Danza macabra, la discutible adaptación de Terror en Aimityville cosechó un éxito sin par sencillamente porque sirvió de caja de resonancia de las ansiedades socioeconómicas de la audiencia. En realidad la vuelta al primer plano del subgénero (Insidious, Paranormal Activity 3, Emergo) más que una respuesta a las alarmas disparadas por la crisis parece consecuencia de decisiones de despacho. Ey, chicos, ya hemos fusilado el american gothic de los 70, a ver si le sacamos la misma rentabilidad a eso de las casas encantadas. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, la televisión vuelve a hacer gala de un oído más fino que el cine, por eso no sorprende que la aportación más interesante a la materia haya sido la catódica American Horror Story. Es cierto que la serie de F/X no parece reflejar de manera directa ningún tipo de inquietud económica pero dispara a mansalva sobre colchón que nos protege en tiempos de zozobra: la familia. En esta entrada que publiqué hace unas semanas ya señalaba que las cuatro paredes de la Casa habían contemplado un desfile de los diferentes modelos de la familia americana… y de sus respectivos fracasos. El aborto es el nuevo pecado original. Hemos llegado a la season finale con al menos dos hallazgos que refuerzan este planteamiento. El más evidente tiene que ver con convertir a un bebé (o dos) en objeto de caza y captura. Muertos y vivos zurrándose por un recién nacido es una deliciosa perversión a considerar. El segundo corresponde a un pasaje secundario aunque sumamente revelador. Elizabeth Short, el cadáver que obsesionó al público del 1947, persiguió a Orson Welles de por vida, ocupó lugar privilegiado entre los fantasmas de James Ellroy y se proyectó sobre en los últimos Lynch, aparece oculta en uno de los recovecos de la trama.
El último capítulo me espera calentito, calentito. Lo veré con la mujer más guapa (y tatuada) del mundo. En un rato os cuento.
Se la llevó. El tiburón, el tiburón…
diciembre 17th, 2011 • Sin categoría • No comments
(por Ibán Manzano)
Un escualo mecánico espera, sumergido en un recodo del tour por los Estudios Universal, a que el desprevenido visitante se acerque lo suficiente como para arrancarle medio brazo de un mordisco. Réplica autómata para una atracción que transforma en amable material de parque temático una de las cimas del terror de los setenta. Concretamente del verano de 1975. Muchos hitos se concentraron alrededor del estreno de Tiburon de Steven Spielberg. Por primera vez una película era exhibida de manera simultánea en las salas de todo el país, los rasgos que definirían al blockbuster quedaban configurados y al mismo tiempo las playas se vaciaron ante un ataque colectivo de selacofobia (palabra que según Internet designa el miedo irracional a los tiburones).
Phenomena -esa iniciativa consagrada a la recuperación de la sesión doble palomitera- incluye en su programa de esta semana una combinación letal de (¡menudos animalillos!) Tiburón y Alien. En el fondo dos variantes distintas de pesadilla zoofílica. Para ser honestos la segunda es mucho más repugnante: Alien sigue siendo a día de hoy uno de los cuentos de horror que mejor conjura los temores sobre la reproducción. Como bien sabe el selacófilo (palabra que según mi invención describe el amor irracional a los tiburones), Tiburón tampoco se queda atrás. El gran tiburón blanco que busca aguarles el verano a los habitantes de Amity Island fue una puesta al día de los sangrientos sucesos que sacudieron las costas de Nueva Jersey en 1916. La clave estuvo en pulsar (tras multiples idas y venidas con la novela original) los resortes adecuados que hicieron del tiburón protagonista una amenaza perpetua a la civilización. La imagen, casi apocalíptica, del tiburón moribundo, en el extremo de la balsa, rodeado de tablones, barrotes de jaula y demás utensilios, como si de en un vertedero se tratara, frente a tres hombres en caza melvelliana (el universitario, el viejo lobo de mar y el agente de la ley) evoca con mucha precisión el fin de todo-lo-conocido. Aparte de la conexión directa vía banda sonora, no son pocas las secuencias que podrían haber sido planificadas por el mejor Hithcok, como la de la broma acuática o la del primer ataque del tiburón. Psicosis, otra película sobre el fin de las certezas, no queda demasiado lejos.
Volver a ver Tiburón por xx vez (rellene según el caso) es mucho mejor idea que perder el tiempo con esa tontería que todavía se encuentra en algunos de nuestros cines llamada Tiburon 3D: La presa, que de mala que es parece existir sólo para hacer (aún) más divertida por comparación a Piraña 3D, la cual por cierto estrena secuela el verano que viene y previsiblemente contendrá más pirañas, más tetas y más genitales masculinos desgajados. Pero quizás el acontecimiento más importante de la galaxia tiburón este año haya sido la publicación de Memories from Martha’s Vinayard, un exhaustivo recorrido por el rodaje de la localidad en la que se filmó la película. Anécdotas, fotos, entrevistas. Uno de esos imprescindibles que alegran nuestras estanterías.
La sesión de Phenomena guardó una sorpresa más. Entre el público, a apenas tres asientos de mí, estaba sentada la experta sentimental número uno del mundo en el tema tiburones. Ella también a la caza de su ballena blanca.
Eso sí, mi tiburón favorito de todos los tiempos sigue siendo el de The Life Aquatic. Espero que él se acuerde de mí tanto como lo hago yo.
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