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Jambalaya

(por Idir Mesian)

Viendo el incesante aluvión de estrenos que ha puesto en liza esta temporada, parece claro que la HBO quiere aprovechar el impasse de un año que se va a tomar Mad Men para recuperar la corona y volver a ser la referencia cueste lo que cueste. Después de la premiere de Juego de tronos la semana pasada, esta semana sigue sacando su artillería con la vuelta de Treme (y aún tienen la bala de Luck con Michael Mann, Dustin Hoffman y Nick Nolte en la recámara para la próxima temporada).

Ya me aventuraba hace unos meses a apostar que el retrato del NOLA post-Katrina acabaría logrando el mismo reconocimiento que su predecesora, aunque tendrá incluso más difícil superar el cliché de “drama musical” que lo que a The wire le costó superar el de “drama policial”. Es el (necesario) precio a pagar para disfrutar de David “fuck the average viewer” Simon.

Catorce meses después del huracán, cuando parece que ya nada se va a hundir más, algunas ratas están volviendo al barco y todo apunta a que, además del regreso de la delincuencia y el trasfondo de la crisis económica que Nueva Orleans vivió casi como ensayo previo de lo que vendría dos años después, en esta nueva temporada se va a remarcar aún más el perenne olvido que sufre la ciudad más outsider de los Estados Unidos por su propio país.

Aún no sabemos cómo se desarrollará la serie – ni siquiera si renovará por más temporadas –, pero no descartaría que tuvieran en mente en algún momento futuro recurrir a la victoria de los New Orleans Saints en la Super Bowl como aglutinador colectivo del orgullo de los de Louisina frente a las humillaciones constantes a su forma de entender la vida. Al fin y al cabo supuso cargarse desde dentro la campaña de publicidad más grande que hacen cada año sobre lo que significa ser estadounidense y superar la condescendencia con la que todo el mundo los miraba.

Accentuate the positive, han titulado este primer episodio, remarcando el carácter luchador que siempre acaba surgiendo de las calles y la música de NOLA. Una muestra más, junto con la sutilmente renovada cabecera, del optimismo que siempre acaba invadiendo la serie. Aunque también es cierto que es más fácil ser positivo cuando son los ojos de Lucia Micarelli los que te sonríen.

New York is loving Paris

(Por Idir Mesian)

Si hay una fecha marcada cada año en rojo en mi calendario es sin duda el estreno de la nueva película de Woody Allen; una especie de Viernes Santo pagano que sirve para aliviar la cuaresma en la que normalmente vive instalada la cartelera. Emulando a John Huston – aunque con un gusto más refinado a la hora de escoger destino vacacional para rodar sus películas – y habiendo ya pasado por Londres y Barcelona (y parece que este próximo verano por Roma), le iba tocando su turno a París; así que allí se fue, Soon-Yi incluida, para desempolvar una historia que ya había amagado rodar anteriormente: la Midnight in Barcelona que todo el mundo daba por hecho ha acabado transmutada en Midnight in Paris. Bastante más coherente con el cine de Woody Allen teniendo en cuenta que gran parte de la historia se desarrolla en los felices y parisinos años 20… Aunque haciendo un poco de cine-ficción no habría estado mal ver cómo Allen mostraba la dictadura de Primo de Rivera.

A la vez que Woody y a pocos distritos de él, Scorsese rodaba (¡sin Leonardo DiCaprio!) parte de su adaptación del recomendabilísimo libro La invención de Hugo Cabret, un gran homenaje a Méliès a través del cual se cataliza toda la fuerza del cine para luchar por nuestros sueños. Con esta premisa parece a priori clara la elección de un estudioso del séptimo arte como Scorsese para una historia que en manos de otro quizás se habría decantado por resaltar únicamente el aspecto juvenil del libro. Si le añadimos que está ambientado en el París de los años 30 post-gran depresión y pre-segunda guerra mundial, la elección parece más clara aún.

Más allá de la mera anécdota, lo interesante de esta coincidencia es comprobar una vez más lo complementarias que son las carreras de estos dos neoyorquinos para crear un mosaico casi completo en las temáticas que tratan… y un gran abanico de posibilidades para los programadores de sesiones dobles. Muchas de las películas del judío tienen su contrapunto perfecto de mano del italoamericano, y viceversa. Así, aparte de las manidas comparaciones entre Manhattan y Taxi driver, podemos enfrentar la particular bajada a los infiernos de cada uno en Desmontando a Harry y After hours, el retrato musical en torno a la II Guerra Mundial de Días de radio vs. New York, New York o la exploración de la personalidad a través de Zelig vs. El aviador o Shutter Island. Incluso cuando deciden mirar hacia Nueva Jersey coinciden en época para ambientar sus obras (La rosa púrpura de El Cairo o Acordes y desacuerdos vs. Boardwalk Empire). Hasta en obras no tan conocidas se puede establecer la analogía (Broadway Danny Rose vs. El rey de la comedia).

A estas alturas ya nadie discute que pensar en Allen o Scorsese es pensar en Nueva York – Sidney Lumet me perdone –, lo que no sabíamos es que también se iban a atrever a retratar el París de principios del siglo XX. Los franceses, por supuesto, están encantados. Palabra de Gilles Jacob.

Treme. Mardi Gras way of life

Davis

(Por Idir Mesian)

SPOILERS

Únicamente con los diez episodios que conforman la primera temporada, Treme se ha ganado holgadamente un hueco entre las mejores series de la televisión. Al contrario que en The wire, la anterior gran obra de David Simon, en la que los primeros capítulos parecían un máster acelerado de guión, dirección y montaje acerca de cómo fabricar una serie, aquí todo está perfectamente engarzado desde la magnífica secuencia inicial del desfile seguida de la tan sencilla como devastadora (en todos los sentidos) composición de los títulos de crédito con el fondo musical de John Boutté.

A partir de ahí, con el mismo planteamiento caleidoscópico a partir de escenas cotidianas que tan bien le funciona a Simon, se construye un relato de impotencia y superación en el que todos los personajes tratan de conciliar sus propias tragedias con lo que el Nueva Orleans post-Katrina representa para ellos mientras intentan incrementar la tolerancia a la frustración de toda una sociedad representada sobre todo por dos personajes: el Davis McAlary de Steve Zahn y el Creighton Bernette de John Goodman. No tanto por su carisma (que habrá quien lo discuta) ni por la importancia que pueden tener sus historias (tan relativas como las del resto), sino por cómo personifican una particular lucha del carpe diem contra el memento mori desde la visión que cada uno aporta de Nueva Orleans, tan opuesta como complementaria para entender el fracaso de un pueblo y su necesidad de sobrevivir.

Con casi 2000 muertos a sus espaldas, no puede haber nada tan perturbador como acostumbrarse a escenas que mezclan camiones llenos de cadáveres hacinados de gente no identificada con la ilusión que despiertan los desfiles de carnaval por poder reencontrarse con vecinos y familiares que tuvieron que emigrar por las consecuencias del huracán. La Nueva Orleans de Creighton Bernette no lo pudo soportar y se acabó suicidando en uno de los momentos más duros que se han rodado desde aquellos episodios finales de Six feet under. Por su parte, la Nueva Orleans de Davis seguirá disfrutando de tantos bellos momentos de música y fiesta, aunque en el fondo sepa que por mucho que lo intente, esa suma de momentos serán sólo momentos, no una vida.

De regalo, el mítico vídeo del discurso para Youtube de Cray Bernette con su bluevelvetiana sentencia final:

En el backstage (II): Ni jaulas, ni peceras

El Lichis

(Por Idir Mesian)

Cuatro años después del debut con el más que interesante Cuando me suenan las tripas (1997) y pasando por el incompresible fracaso de Cabrón (1999), le llegaría el turno al Lichis, el hombre tras la cortina de La cabra mecánica, de ver reconocido su talento con aquel Vestidos de domingo repleto de hits entre los que destacaba, como no podía ser de otra manera, ese dúo de costumbrismo kitsch que tan bien funcionaba con María Jiménez en La lista de la compra.

Para los más puristas, ni ese era su mejor disco ni dentro de ese disco esa era su mejor canción. Daba igual. Parecía que había llegado el momento del Lichis. Por si fuera poco, además de todo el hype mediático alrededor del single que había resucitado a María Jiménez, parecía que se estaban encajando todas las piezas necesarias para hacer de La cabra mecánica una banda de primer nivel comercial: los siguientes singles funcionaron igual de bien que el primero, tenían al productor de moda del momento (Alejo Stivel), la discográfica adecuada (DRO) y un modelo a seguir que les acababa de dar a ambos uno de sus mayores éxitos: el Sin enchufes en directo de M-Clan.

Con estas premisas, y sabiendo de la potencia del grupo en vivo, parecía claro apostar por un directo de La cabra mecánica con el que repetir la fórmula. Así, y acompañado durante toda la gira por una de las mejores bandas posibles (Fernando Polaino, Julián Kanevsky, Candy Caramelo, Niño Bruno…), se grabó el que acabó siendo su siguiente disco, Ni jaulas, ni peceras (2003), una propuesta musicalmente irreprochable de las canciones más emblemáticas de La cabra mecánica aderezadas por temas nuevos y una versión de la Copla del viudo del submarino de Juan Antonio Canta.

Todo parecía encarrilado para al menos conservar el momento dulce que estaba viviendo la banda durante los dos últimos años. Sin embargo, a última hora llegó un veneno en forma de jingle de la ONCE, No me llames iluso.

(Siendo ventajistas, basta oír vía Spotify una de las grandes canciones del grupo, Sobre cañones y moscas, para darse cuenta de la profética ironía que ya encerraba en relación a este asunto.)

Lichis aceptó arreglar y firmar la canción, pero lo que debería haber sido una ayuda para que el disco entrara a lo grande en el mercado y en las radios se convirtió en un monstruo que arrasó con todo. Como jingle, fue un acierto completo de los publicistas. Como canción, un fiasco. Y como estrategia comercial para la banda, un auténtico caballo de Troya: el disco pasó a un segundo plano y en vez de servir para dar a conocer más al grupo, surtió el efecto contrario, haciéndole perder seguidores. Y como guinda final, como en su primera etapa, los medios le volvieron a dar la espalda: la puerta que tanto le había costado al Lichis apenas entreabrir se le cerró por completo mientras veía cómo se la abrían de par en par a sucedáneos sin talento musical que no vendían más que una pose con la que ocuparon el espacio que parecía reservado a La cabra mecánica.

Tras esto, dos años de travesía por el desierto y finalmente el deseo de resurgir con un nuevo disco, Hotel Lichis, probablemente su obra más completa y junto a ese Cabrón de sus primeros años, la que menos repercusión obtuvo en comparación con lo que se esperaba de ella. Una nueva decepción que le llevó, cuatro años de silencio después, a matar a La cabra mecánica con Carne de canción (2009), un recopilatorio de merecida auto-celebración para huir del desencanto y reinventarse definitivamente en el que parece será su nuevo proyecto, Miguelito.

Más historias En el backstage:
I: Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta

En el backstage (I): Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta

Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta

(Por Idir Mesian)

“Y un limón y medio limón, y dos limones y medio limón, y tres limones y…”.

Para la mayoría de la gente que se crió en los noventa, en algún rincón de sus recuerdos de verano siempre habrá un hueco para este estribillo repetido ad nauseam a lo largo de los tres minutos y medio que duraba una canción que, además de devorar a su autor, se acabó devorando a sí misma.

Fue entre la primavera y el verano de 1996 cuando, aún con los ecos de La Macarena resonando irremediablemente desde el año anterior, apareció un disco rebosante de ironía y ternura en el que destacaba por derecho propio La danza de los 40 limones, uno de los temas más extravagantes que se recuerdan y que, en el fondo, podría resumir a la perfección lo que fue esa década. El responsable era Juan Antonio Canta, quien, televisión mediante, se convirtió en un fenómeno popular que se consumió nada más acabar el verano, anticipando el patrón que se repetiría en años posteriores. Sin buscarlo, le habían creado un personaje con el que no se identificaba y tenía que defender una canción que poca gente interpretaba correctamente y que para él mismo había perdido el sentido con el que la escribió.

Atrás quedó todo el trabajo empleado en sacar el disco adelante y, sobre todo, atrás quedaron todas las canciones que daban forma a Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta. A nadie le interesaban temas como Cama roja, Pasa la gorra o Copla del viudo del submarino. Porque ni siquiera las conocían. Había pasado de ser Juan Antonio Canta a ser el tipo de los limones.

Ante este panorama, y aun teniendo el respeto de sus compañeros de profesión, la opción que se le planteaba, tras sufrir el boom inicial y pasar al olvido, era renegar de su propia obra para volver a los orígenes de su proyecto aprendiendo de los errores. No pudo. Sufrió una gran depresión que le llevó al suicidio. En noviembre de 1996, tras asistir a un concierto de Martirio, le escribió una carta de admiración en la que se retrataba anímicamente. Un mes después se ahorcó pasando a engrosar la extensa lista de la crónica negra de un país tan dado a la hipertrofia.

Ni por justicia poética se ha logrado apartar de él esa imagen asociada a producto televisivo de consumo rápido. O, al menos, volver a llenar de sentido la canción que lo encumbró y lo hundió. En el mejor de los casos, para unos pocos es un cantante de culto. Para algunos más sigue siendo el tipo de los limones. La mayoría apenas lo recuerda.

Arigato, Kurosawa

El emperador Akira Kurosawa

(Por Idir Mesian)

Cuentan siempre de Akira Kurosawa que, cuando rodaba, su única obsesión era buscar el plano perfecto en cada escena, sin importarle a qué o a quién se tuviera que llevar por delante. Llegaba incluso a grabar con varias cámaras a la vez para conseguir el mejor ángulo en cada momento (aunque según otras versiones, esta era la única forma que tenía para hacer que algunos actores no estuvieran siempre mirando a cámara). Este perfeccionismo, quizás sólo comparable a los de Kubrick y Fellini, junto con su búsqueda irrenunciable de la épica, le hacía afrontar cada producción con un espíritu megalómano devastador, difícil de llevar a cabo entonces y prácticamente imposible de reproducir hoy en día.

Ser artista significa no cerrar jamás los ojos, solía decir el japonés. La leyenda negra dice que a punto estuvo de hacerlo varias veces voluntariamente tras varios fracasos comerciales encadenados, tras lo cual resurgió gracias al exilio artístico que encontró en Europa y Estados Unidos. A pesar de todo, hoy por hoy basta con recordar los títulos de alguna de sus películas para asociarlos a imágenes imborrables de cada una de ellas. Sirvan estas tres como podium particular y como pequeño homenaje al emperador del cine.

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IkiruIkiru. La desolación absoluta del anciano en el columpio a punto de morir sintiendo todo el peso del tiempo perdido.

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YojimboYojimbo. Una de las mejores escenas finales de la historia y uno de las grandes referencias para todos los westerns. El duelo entre la dignidad y la cobardía trascendiendo a partir del duelo entre lo clásico y lo moderno.

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RanRan. La colorista plasticidad de los ejércitos en lucha traicionando al padre para acabar quemando el castillo con todo el honor que quedaba dentro.

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Shutter Island. Los renglones rectos de Martin

Leonardo DiCaprio en Shutter island

(Por Idir Mesian)

Leyendo no pocos artículos que se han escrito sobre la última película de Scorsese, podría parecer que en los thrillers lo único que importara ya es que exista un giro final con capacidad suficiente para sorprender a un espectador por otra parte cada vez más habituado a este tipo de recursos.

Evidentemente, si en realidad esto fuera cierto, Shutter Island no pasaría de ser un producto previsible, a pesar del esfuerzo de Scorsese por dar al final cierta ambigüedad y una gran carga perturbadora con su último plano. Sin embargo, la lección de cine que da el neoyorquino es tal que se acaba imponiendo por sí misma a debates tan estériles. La manera en la que desde el inicio le toma el pulso a la adaptación de la novela de Lehane, luchando por cada escena para dotar a la película de una coherencia narrativa global desde todas las perspectivas que se planteen tira por tierra cualquier crítica reduccionista acerca de si el final se veía o no venir. Aquí, como en todo, el disfrute no se debería encontrar en la presencia de una gran sorpresa, sino en la capacidad que se muestra a lo largo de la cinta de introducirte plenamente en el delirio del protagonista. Aquí no se ve un paseo más o menos crudo por la locura, aquí se ve cómo se construye la locura en sí misma a través de los ojos del espectador, para lo cual, una vez más, el montaje adquiere una relevancia casi tan importante como la dirección (¿de verdad alguien puede creerse que tantos fallos de raccord y saltos de eje sean errores de la siempre impecable Schoonmaker?).

Y de la misma manera que Scorsese se ha empeñado en recordarnos por qué es uno de los grandes del cine, DiCaprio también parece dispuesto a demostrar que el propio Martin no se equivocaba cuando comenzó a apostar por él en la ya lejana Gangs of New York. Siempre selectivo en sus papeles y siempre bien rodeado (gran química la que genera con Mark Ruffalo), ofrece en esta ocasión un registro totalmente distinto al de su anterior trabajo en Revolutionary Road, tan complicado como aquel y del que sale igual de triunfante. Sin embargo, cosas del destino quizás, parece que le va a costar tanto como a su gran valedor conseguir la ansiada estatuilla.

Las heridas crean monstruos, dicen en un momento de la película. Quién sabe si para Scorsese la herida quizás haya sido precisamente ese Oscar finalmente ganado por una película sin duda algo menor dentro de su filmografía comparada con sus grandes obras maestras. Tampoco es esta Shutter Island una de sus mejores películas, pero sin duda  es una de sus mejores direcciones. Y así se lo acabarán reconociendo.

Calígula. Inocencia interrumpida

Calígula en versión de L'Om Imprebis

(Por Idir Mesian)

El Calígula de Camus es sin lugar a dudas uno de los libretos teatrales más apasionantes para leer y quizás de los más difíciles de poner en escena. Es un texto perfecto, directo, sin concesiones, capaz incluso de sobreponerse, como en este caso ocurre, a la versión más sonrojante.

Es cierto que a la complejidad inherente a la obra de Camus hay que sumar la necesidad de una dirección artística que consiga una buena ambientación para que todo cobre el sentido buscado. Sin embargo, no parece la mejor opción para ello, máxime cuando estamos hablando de una obra que se mueve en el circuito comercial, recurrir a un atrezzo de cartón-piedra, alimentos de plástico barnizado, coronas de papel de aluminio y un vestuario con un punto algo camp que se difumina al compartir los mismos tonos excesivos por los que se ha apostado en la escenografía.

Tampoco ayuda a levantar el montaje la dirección, que se muestra confusa, torpe a la hora de coreografiar los momentos de acción (incluida la muerte de Calígula), haciendo aguas por todos los sitios, con recursos discutibles como los acompañamientos musicales, la explicitación de escenas sexuales intentando dotarlas de un falso lirismo y, lo que quizás es más grave, no permitiendo diferenciar los momentos realistas de los grotescos, convirtiendo algunas escenas casi en parodias de sketches de Muchachada Nui.

El reparto, más allá de errores de casting clamorosos en personajes principales, se muestra desubicado, dando la impresión de no comprender sus papeles e incapaces de marcar una evolución física y psicológica de un modo coherente.

En definitiva, todo suma para convertir la representación en uno de los grandes despropósitos de la temporada. Quizás ese fuese el objetivo de L’Om Imprebis: tratar de ejemplificar en un escenario lo vulnerable y caprichosa que es la condición humana más que de ofrecer una versión certera de la obra. Curioso método en ese caso, pero ni siquiera desde esa perspectiva lo habrían conseguido.

De Oscar (VII). Minicrítica: Precious

Precious

(Por Idir Mesian)

¿Posibilidades de Oscar?: Ninguna. La sombra de Oprah es alargada, pero no tanto.

Ya tiene ganado…: Este año los premios a los secundarios se dan por seguros y Mo’Nique, polémicas promocionales ya superadas, se llevará el Oscar. La categoría de mejor actriz sí que está abierta, pero no para Gabourey Sidibe.

Minicrítica: Dentro del gran abanico de subgéneros cinematográficos existentes, el de pornografía emocional maniquea con pretensiones y mensaje de superación nos ofrece cada cierto tiempo una obra de referencia; aunque en este caso, parece difícil que cualquier película venidera pueda superar el exceso de clichés que torturan la vida de Precious. El punto diferencial con productos similares lo marca el presupuesto y el carácter en la dirección de Lee Daniels, capaz de sostener la cinta únicamente con dos buenas interpretaciones de dos personajes tan tópicos. Tiene su mérito, al fin y al cabo.

De Oscar (IV). Minicrítica: Up in the air

Up in the air

(Por Idir Mesian)

¿Posibilidades de Oscar?: Hace tres meses parecía la clara ganadora. Ahora mismo, sus opciones son pocas. Si los Weinstein no lo impiden, todo apunta a la (morbosa) lucha entre En tierra hostil y Avatar.

Ya tiene ganado…: A pesar de la estrambótica historia de sus guionistas, es la favorita al mejor guión adaptado. Clooney puede conseguir su segunda estatuilla en una de las categorías más abiertas, aunque Bridges parece haber ganado cierta ventaja las últimas semanas.

Minicrítica: Una vez superada la abrumadora campaña publicitaria encubierta de AA, Hilton y Hertz (lo de Médico de familia no era nada a su lado), lo que nos encontramos en la película de Jason Reitman es un nuevo empeño, tras Juno, por demostrar su capacidad de caer en los convencionalismos más profundos maquillados por un estilo que siempre encuentra el contrapunto naif al problema más grave. No se pide que Clooney baje por las escalinatas de Odesa, pero resultan especialmente sangrantes las confesiones finales de desempleados aparentemente reales mostrando su alegría por la vida y casi gratitud por haber sido despedidos hace meses a pesar de no tener casi dinero para comer.

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