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Estreno en televisión de Alatriste (O Dos tipos de cine para 2010)
Enero 7th, 2010 • 5 comments Cine
Tags: Agustín Díaz Yanes, Alatriste, G. K. Chesterton, Shakira, Viggo Mortensen
(por Víctor José Moreno)
1. La cadena de televisión Telecinco programó para el primer día de este recién estrenado 2010 esta película de Agustín Díaz Yanes de la que se ya se ha dicho, a estas alturas, casi todo. Mucho se ha comentado sobre la fallida estructura narrativa, el desquiciado ritmo y el desajuste de tramas y personajes de los que peca la cinta. Mucho se ha comentado también sobre las causas de estas deficiencias estéticas (hay quien ha analizado en qué medida se deben a que inicialmente el proyecto fuese diseñado para ser volcado al formato de serie televisiva, etc.). No nos interesan ahora estos análisis, sino algo que, creemos, aún no se ha dicho, o no se ha dicho lo suficiente y que es, creemos, lo más importante que se puede decir de una película de estas características, algo que sobrepasa además los límites de la crítica a esta película y da en la diana, creemos, del para qué vemos películas. No vaya a ser que este 2010 descubramos que más bien tenemos que ahorrarnos ciertas dos horas muy a menudo, o no.
2. Y es que a pesar de las deficiencias técnicas de la obra, al margen de ellas, hay que celebrar por todo lo alto su estreno en televisión. Y hay que celebrarlo con aquella alegría a la que apelaba Chesterton cuando declaraba que sólo hay algo peor que ser aburrido: aburrirse. Lo dejó dicho en uno de sus cuentos cortos (recogidos en la genial recopilación “Correr tras el propio sombrero”), donde advertía, aunque lo parafraseamos, que sólo hay algo peor, en una reunión social de la que no tenemos escapatoria, que el hecho de que la gran dama de turno que oficia la ceremonia sea tremendamente aburrida, y es el hecho mismo de que nos aburramos, es decir, de no saber sacarle el encanto a la gran dama.
3. Esto, que no justifica una cena aburrida ni redime una mala noche, intenta apelar, en nuestro caso, a la posibilidad de que una espectadora no meramente “pasiva”, consiga extraer de la obra muchísimo más de lo que cabría esperar vistas las críticas que se le han hecho por todos los flancos desde su estreno en cines. Alguna espectadora “pasiva” se limitará quizá a denunciar esas deficiencias narrativas, que supuestamente habrían arruinado el éxito de traspasar al cine una historia así sobre el siglo XVII español, de la que quizá cabía esperar un relato de acción entretenido y eficaz. La eficacia de la película: ahí reside el gran motivo por el que hay que celebrar su estreno, es decir, que a pesar de su “fallida” estructura narrativa, la película puede, para una espectadora no meramente “pasiva”, resultar tremendamente eficaz, hasta el punto de que nos replantee el sentido mismo del ver películas, y de cómo organizamos nuestra vida en torno a ello cuando tenemos unas horas libres.
4. Y es que hay quien ha visto tantas películas que ya parece no saber ver ninguna. Debe ser la otra cara de lo que Santiago Alba Rico advertía sobre los mecanismos de la percepción en este “primer” mundo en los tiempos que corren cuando aclaraba que un niño que se tira por la ventana tras ver mucho cine no lo hace porque crea que lo que ocurre en la pantalla es real, no lo hace porque crea que lo que hace el superhéroe en la pantalla sea realmente imitable. No, un niño que se tira por la ventana tras tanto superhéroe no lo hace porque crea que lo que ocurre en la pantalla es verdad sino porque ha llegado a creer que todo lo que ocurre en el mundo es mentira (y acaso hasta una manifestación en la que esté en juego algún valor en el que creamos nos sabrá a poco si no nos resulta tan “poética” como las que nos evocaba Bertolucci en los planos de Soñadores). La otra cara de esta “contaminación” de la mirada consiste probablemente en ser incapaz de valorar lo que ocurre en un relato en el que, a pesar de sus defectos narrativos, los hombres viven cosas como las que viven los personajes de El capitán Alatriste. Y, cuidado, porque con esto no le estamos atribuyendo valor a la película por el valor que tuvieran aquellos hombres de la que la película “nos habla”, ni por el valor que tenga o pueda tener la novela desde la que los adapta, porque si le estamos atribuyendo valor a esos hombres es gracias a que la película nos los moviliza, y los moviliza lo suficientemente bien como para que se refleje su valor (tanto el de la película como el de aquellos hombres).
No pretendemos quitarle razón al merecido chiste sobre la almodovariana caracterización de Blanca Portillo como gran inquisidor, ni a este ni a ningún otro que la cinta se merezca. Pero acaso antes de estas manidas deficiencias pueda una parar dos segundos a quedarse helada por aquello que moviliza la película, a enmudecer con hombres que morían harapientos, de honor, en batallas imposibles. No pretendemos salvar la valoración estética de la cinta, ni convencer a nadie para que la suba a su podium particular de grandes obras maestras, sino reclamar que más importante que sacar a la luz lo malo que tiene (puesto que algún valor positivo merece) algo cabe decir, de hecho, sobre lo bueno que tiene. Su valor no redime sus defectos, pero resulta ciertamente muy contaminado saber hablar sólo de lo malo, sobre todo cuando lo que no somos capaces de valorar es la puesta en obra de hombres que no entienden de ego personal y malviven por la dignidad. La película podrá no ser demasiado bella pero, cuando una se incorpora a sus ganas “pasivas” de recibir un relato de acción “eficaz”, entonces la película resulta algo verdadera, y de paso también, algo bella. Y ese mero “algo”, por algún motivo, quizá pone en crisis si no ya a la industria del cine quizá sí a la industria de nuestras vidas.
5. En una batalla, luchando con harapos, contra ejércitos invencibles (que ya no eran los españoles), el tercio de turno no acepta una “derrota honrosa”, porque no hay derrota honrosa posible salvo la de la muerte en la batalla en la que las que no fallecen son la fortaleza ni la dignidad, aunque lo haga la vida. O en la batalla de la vida, donde no hay amor digno, ni amistad auténtica, si no somos fieles a la Verdad, que nunca se separa del honor.
Reconózcase que al menos esto, aunque sólo sea esto, la película lo moviliza muy bien. Reconózcase esto auque no sea por “aumentar” el valor estético de la obra cuanto por no olvidar el valor de verdad de una vida así (de una vida que nos recrea la película). Aunque ese valor sólo lo recuerden vivo los bellos de punta ante un relato sobre la verdad de batallas cuerpo a cuerpo (sean las de la guerra o las de las relaciones personales). Vamos a asumirlo de una vez, ya no abundan vidas así. Nosotras, en gran medida, no vivimos así, quizá por eso hay que remitirse al siglo XVII (no sé si en concreto, quizá, al siglo XVII español de la caída de un imperio como lo fue aquel).
6. Ya no vivimos así. No vivimos en el día a día historias con esta densidad. No, hace mucho que sólo vivimos dramas (melodramas) y ya casi nadie recuerda en este primer mundo nuestro el sentido de una tragedia. Lamentar la pérdida de la tragedia no es lamentar la superación de un mundo en el que se vivía harapiento, ni de reclamar la pobreza material de hace cuatro siglos, claro, sino advertir que si algo consigue la película es señalar, poner en obra, la pobreza vital de los que si no fuera por relatos así (porque ya casi no quedan abuelas que nos cuenten historias al fuego) ya ni recordaríamos la diferencia entre el drama y la tragedia. Tragedia no significa aquí “episodio negativo“ sino “episodio cargado de sentido“. Y cuando falta el sentido, cuando falta la densidad de la vida, queda el hueco vacío al que llamamos lo psicológico y que solemos intentar redimir no rellenando el hueco sino regodeándonos con relatos que alimenten, con meros dramas, nuestra mera individualidad. Lamentar la pérdida de la tragedia no es lamentar que vivamos mejor. Lamentar la tragedia es lamentar la falta de sentido de nuestros relatos, falta de sentido que nunca faltaba en una tragedia (y que, constitutivamente, está ausente de los meros dramas, de los dramas que son en buena medida nuestras vidas “modernas”).
7. Como está todo dicho sobre cada una de las escenas de la película, y puesto que lo que pretendemos es llamar la atención sobre lo que no obstante no puede, por dignidad (tanto la de la Verdad como la de la Belleza), dejar de decirse sobre cada uno de los episodios de la película (sobre el amado que no entiende de amor si es a costa de traicionar a sus compañeros de batalla, sobre escapar por amor o renunciar a la vida por el bienestar de su estirpe, sobre si entregar los frutos por fin reservados en una vida entera con el sudor de la espada al bienestar personal o a salvar a un amigo, sobre quedarse en primera fila de batalla para estar con los tuyos a pesar de que pudieras ocupar tu puesto en retaguardia, sobre las bodas que ya jamás se celebrarán cuando se vive una vida que no entiende que las acciones y las decisiones no tengan consecuencias, acciones y decisiones que se inclinan a que el Mundo sea el filtro del valor de nuestra Vida, y no nuestra vida el filtro del valor del mundo, etc., etc., etc.). Y como ya está todo dicho sobre cada una de estas escenas, podemos decirlo a través de otra comparación, que es a la vez la comparación de dos tipos de vida y de dos tipos de relatos (por ello también, claro, de dos tipos de cine).
8. Todas recordamos esas historias “medievales” en las que la alondra cantaba el final de la noche de fusión entre dos amantes, cuando llegado el amanecer el caballero debía partir a la batalla y su amada le rogaba que no marchara. ¿Qué contestaba el caballero?: “¿cómo podrías amarme si me quedara?”. Es decir, cómo podría amarle si, al quedarse, estaría renunciando a la Verdad y a la Belleza del honor. Pura tragedia: ahí no se trataba de la historia de los vaivenes psicológicos de dos personajes indecisos a amar, ni sobre los vaivenes psicológicos de dos personajes con problemas de amor, ni sobre los vaivenes psicológicos de dos personajes con ansias de amor, porque ahí no se trata en absoluto de ningún asunto psicológico, ni de ningún vaivén individual que pueda contar cualquier drama (cualquier melodrama). Ahí el valor del individuo estaba en función del valor del Mundo que fuese capaz de movilizar ese individuo. Ahí se trata del Mundo, de las situaciones objetivas en las que nos sitúa la vida, de situaciones que cuando se asumen llevan (más allá de la voluntad de los personajes) a vivir la vida con la densidad que levantan la dignidad (y con ella el Amor, la Amistad, y “todo lo demás“, parafraseando invertidamente a Woody Allen).
9. Pues bien, sin necesidad de nostalgias falsamente “románticas” que añoren paraísos perdidos, ¿cuál es la densidad de los relatos que nos contamos hoy, día a día? En un blog de cinéfilas lo mejor será recurrir a una canción, para evitar terreno minado. En cualquier caso el ejemplo es lo de menos, y ya es cosa de cada cual analizar en qué proporción están inmersos en esta problemática los relatos que nos contamos y los relatos que nos cuentan, y cuál es la densidad de la Amistad, o del Amor, de la Verdad y de la Belleza, en cada uno de ellos. Por ejemplo, en un poema así, resonando en las emisoras de radio de medio planeta:
Que desaparezcan todos los vecinos,
Y se coman las sobras de mi inocencia.
Que se vayan uno a uno los amigos,
Y acribillen mi pedazo de conciencia.
Que se consuman las palabras en los labios,
Que contaminen todo el agua del planeta,
O que renuncien los filantropos y sabios,
Y que se muera hoy hasta el ultimo poeta.Pero que me quedes tu,
Y me quede tu abrazo,
Y el beso que inventas cada día.
Y que me quede aquí,
Despues del ocaso
Para siempre tu melancolia.
Porque yo, yo, si, si,
Que dependo de ti.
Y si me quedas tu,
Me queda la vida…
Alguien podrá sospechar que nuestro lamento es demasiado dogmático, que lo que lamentamos es otro de los versos de esta cancióin de Shakira, ese que está dispuesto a “que se supriman las doctrinas y deberes” con tal de “que me quedes tú”. Pero no se trata de eso, se trata más bien de en qué sentido en la mayoría de nuestros relatos (¿y quizá de nuestras vidas?) estamos dispuestas a “que se vuelvan anticuadas las sonrisas, y se extingan todas las puestas de sol”. No añoramos ninguna doctrina, más bien añoramos las puestas de sol (sean o no en batallas de Flandes).
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