Archive for Poniéndonos intensos

Mad Men sitcom

The Suitcase

(por Ibán Manzano)

Tras completar el visionado de The suitcase, el 4×07 de Mad Men, uno pasa a albergar una doble certeza en su interior, primero que ha visto un capítulo inmenso de una serie cada día más inmensa; segundo que tras agotar todas sus posibilidades con una arrolladora tercera temporada, la serie ha encontrado margen para la supervivencia. Matthew Weiner ha recurrido a extirpar la comedia de las fuentes en las que se inspira y la ha incorporado sin aparente esfuerzo al mundo de Don Draper. Este Mad Men parece más relajado, menos tenso, pero sigue siendo igual de profundo. No resultaría del todo desconcertante que la serie repitiera un cuarto Emmy como Mejor drama dentro de un año, tampoco que lo lograra en la categoría de Mejor comedia. The suitcase no es el primer capítulo de esta temporada en descubrir este nuevo tono. En el 4×04, The rejected, ya presenciábamos a través de un espejo semiplateado una divertidísima set piece, unas cuantas secretarias participaban en un estudio de consumo revelando sus ansiedades bajo la aparente ligereza de sus comentarios, una escena precisa en su timing y perfecta en su acidez. Un capítulo, además, rematado por un prodigioso golpe de humor absurdo y algo lynchiano -la aparición de los dos viejecitos en el pasillo del desolado apartamento de Don Draper discutiendo a propósito de unas peras-.

Para The suitcase, el 4×07, Weiner ha contado con una única localización espacio/temporal y una premisa de aliento buñeliano (o a lo Cortázar, si se prefiere), que sostiene los 40 minutos alrededor de la irreductible fuerza de atracción que ejerce la agencia de publicidad sobre sus empleados, especialmente sobre Peggy, la cual intenta reiteradamente zafarse de ella sin conseguirlo. La propia Peggy protagoniza en exclusiva este capítulo en compañía de Don, cruzándose ambos infinidad de veces por los pasillos de Starling, Cooper, Draper, Pryce & asociados, sin acabar de abandonarse el uno al otro y dejando a cada encuentro un poco más de sí mismos en los despachos. El capítulo maneja para ello infinidad de recursos cómicos, ágiles réplicas, líos y enredos de sociedad -el prometido celebrando el cumpleaños con la familia política- e incluso una salida de tono escatológica. En el último tramo, el espesor dramático se impone casi sin proponérselo, recuperando una línea argumental apuntada al principio de la temporada. Sin embargo, lo mejor resulta que está aún por llegar, la capacidad por encontrar en el insólito clímax de un combate de boxeo en off lugar para la declaración de amistad más auténtica (y ortopédica) que esta semana veremos en nuestro televisor.

Venecia blues

(por Ibán Manzano)

Una pieza delicada tan formalmente perfecta como coherente en su desarrollo. Larga, premiosa, exhaustiva, pero siempre tensa (Luis Martínez, Diario El Mundo)

Todo se reduce a falsa intensidad emocional, a discursos monótonos recitados por actores de gesto vacío, acompañado de una música tan abusiva como chirriante (…) Tiene vocación poética, pero no transmite nada. (Carlos Boyero, Diario El País)

cinemaniablog_norwegianwoodEstos extractos pertenecen a las primeras impresiones que ha despertado la proyección de hace unos días de Norwegian Wood (Tokio Blues) en la Mostra de Venecia. No desvelamos nada nuevo si recordamos que se trata de la adaptación para cine del best-seller de mayor expansión del Japón contemporáneo, un superventas de estirpe sentimental con millones y millones de ejemplares a sus espaldas.

Albergo cierta curiosidad por descubrir lo que ha hecho con este material Tran Anh Hung. No porque simpatice especialmente con el cineasta vietnamita-francés, ni tampoco porque pertenezca a la (amplia) parroquia de lectores que han caído hechizados por el encanto de Murakami. Por el contrario, las 400 páginas de Tokio blues y el director de El olor de la papaya verde, comparten, a mi juicio, un rasgo esencial, son igual de melifluos; es por tanto bastante probable que además de compartir créditos en el cartel promocional, Murakami y Tran Anh Hung hayan encontrado la oportunidad idónea para sincronizar sus discursos en una puesta al día de la nada. Lo que no deja de resultar paradójico, pues el tema de Tokio blues no es otro que la enfermedad de la nada que contagia al Japón de finales de los 60; el suicido a lo largo del texto es expulsado reiteradamente a la superficie cotidiana de unos personajes atrapados en un país convaleciente. Es sorprendente que con este material de partida, Murakami sólo alcanzara a ofrecer un equivalente nipón y reader’s digest de El guardián entre el centeno sin quitar nunca el ojo del público occidental -no en vano Murakami ha sido traductor de Carver, Fitzgerald o Irving entre otros-. Sin embargo, sería insensato negarle al conjunto algunos destellos de lucidez, los que lo hayáis leído recordaréis el monólogo de Watanabe, el protagonista, en el último tercio del libro, quizás el único momento en el que la prosa de Murakami cuaja al subrayar toda la enervante tristeza que acompaña el tránsito a la madurez.

Por suerte para todos nosotros, las promesas incumplidas de Haruki Murakami ya habían sido recogidas por Murakami, por otro Murakami, el más desconocido Ryu Murakami, que en 1976 publicó Azul casi transparente; un librito de apenas 100 páginas que estoy empeñado en recomendar encarecidamente a todo el que se cruza por mi camino -3 amigos ya han sucumbido- y que podría ser fácilmente calificado como el libro más sórdido más bellamente escrito nunca. No conviene desvelar nada más sobre esta pequeña joya de lirismo abrasador que sigue de cerca a unos jóvenes que pasan los días instalados cómodamente en una orgía de autodestrucción lindante con una base paramilitar norteamericana. Su trazo quirúrgico y distante no engaña a nadie, (Ruy) Murakami es capaz de extraer toneladas de poesía, nada autocomplaciente, de una juventud sin rumbo; hasta conseguir que una vez finalizada su lectura deseemos que no se haya equivocado cuando se responde a sí mismo eso de ¿No está el mundo todavía bajo tus pies?. No te asustes: El mundo está todavía debajo de ti.

Conocerás al hombre de tus sueños

Conocerás al hombre de tus sueños

(por Antonio Gandiaga)

El cine de Woody Allen tiene a estas alturas ya mucho de gesto. Cuarenta años intentando convertirse en la versión liviana y cómica de Ingmar Bergman, y el neoyorkino no ha sido capaz de restar al sueco ni un ápice de su negrura. Pero él lo sigue intentando cada año, porque no hay duda de que lo necesita, y empiezo a sospechar que al resto de los mortales tampoco nos viene mal.

En Conocerás al hombre de tus sueños es tan sencillo como siempre reconocer las constantes de su cine, hasta en esos planos de transición sazonados con añejo jazz. Como en una papilla bien batida, por aquí pasan los enamoramientos inevitables y desgraciados de Manhattan, la herencia de Dostoievsky en Delitos y faltas, las hierbas mágicas de Alice (solo que ya no funcionan), y el desencantado enredo de sociedad de Vicky Cristina Barcelona. Si hubiera un chico delgaducho disfrazado de espermatozoide, la fiesta ya sería completa.

Sayonara Satoshi

(por Ibán Manzano)

Interrumpo la programación estipulada para esta semana para comunicar una noticia que no me provoca ninguna alegría dar a conocer. Satoshi Kon ha sido encontrado muerto a la temprana edad de 47 años. Las causas de su muerte a estas horas se desconocen. Por desgracia, Kon no poseía el reconocimiento mediático que acompaña a otros grandes de la animación en su país -Otomo, Miyazaki- pero cuatro largometrajes, una película inacabada y una serie de televisión de culto bastan para confirmar dos cosas, la primera que estamos ante un titán del anime con pleno derecho a ser considerado como tal; la segunda, que acaso Satoshi Kon lleva haciendo la misma película desde los tiempos de su inaugural Perfect Blue.

Revisionar esta corta (y truncada) filmografía permite argumentar que el cineasta fue trasladando la misma obsesión de película en película: la inquietud por la entropía del universo. Sus tramas sumergieron a sus personajes en un mundo regido por desconcertantes lógicas oníricas, que como bien sabe el espectador que se haya dejado arrastrar por ellas son irreductibles a palabras; lo que atestigua su pleno manejo del medio. Es probable que su obra maestra sea Millennium Actress, si el espectador tiene la suerte de toparse con ella disfrutará de un viaje sólo de ida; después de ella, lo juro, no podréis mediros a vuestro día a día con la misma cara. Con todo, es posible, que su mejor carta de presentación sea la serie Paraonia Agent, bautizada en su país de origen como el Twin Peaks nipón, dejando aparte comparaciones fáciles, se trata del primer anime -o al menos del mejor- que analiza precisamente la problemática -enfermiza- relación entre el consumidor de anime y el anime mismo. Los 13 capítulos conforman un compendio inabarcable sobre las posibilidades de lo audiovisual, Kon aplica a cada uno de ellos un trazo diferente; el resultado, una heterodoxa propuesta que ratifica a la animación como arte total, amén de incluir los títulos de créditos, el opening, más desquiciadamente naïf que ha existido. Y lo habéis adivinado, es lo que acompaña a esta entrada.

Los cerdos también vuelan

(por Ibán Manzano)

Prefiero ser un cerdo que un fascista
(Porco Rosso)

Porco RossoTras 10 películas en su haber (la mayoría de ellas, obras maestras) y varias series de televisión, Hayao Miyazaki ha decidido afrontar su primera y rumoreada secuela. Porco Rosso: The last sortie contará las nuevas aventuras del piloto antes conocido como Marco Pagot, – convertido en cerdo por culpa de un maleficio y en cazarrecompensas que persigue a los piratas del Mar Adriático por culpa de la posguerra-, y quién ahora surcará los cielos de la península Ibérica en plena Guerra Civil española.

En realidad, Porco Rosso no se aleja un ápice de otros héroes crepusculares (y de ficción) que han atravesado la Europa de entreguerras, llevando sobre sus hombros una forma de moral en extinción, excluida a la fuerza del mundo que la II Guerra Mundial acabaría por perfilar. No hace falta bajar demasiado al detalle para encontrar similitudes evidentes con Max Fridman, el ex agente francés que Vittorio Giardino imaginó en varias novelas gráficas, las cuales os recomiendo encarecidamente leer, y cuya última aventura, No pasarán, también lo llevó hasta una Cataluña al borde de la derrota. Con esta nueva película, Miyazaki concluirá el ritual que transformará a Porco Rosso en unos de los grandes héroes románticos del Siglo XX, pues como la inmensa mayoría de ellos, habrá plantado cara al fascismo en nuestra contienda nacional. Puede que en gran medida se lo debamos a Hemingway y a otros intelectuales que escribieron sobre las Brigadas Internacionales, pero el influjo que la Guerra Civil española ejerce sobre el arte popular está fuera de toda duda, en ella parece manifestarse los últimos rescoldos de un idealismo irrecuperable sólo apto para perdedores. Para la película todavía habrá que esperar, pero seguro que merece la pena aunque sólo sea por volver a disfrutar de las más bellas batallas aéreas jamás filmadas, digo, dibujadas.

Amor bizarro

imhere(por Ibán Manzano)

En I’m here, el mediometraje de Spike Jonze que recientemente ha pasado por Sundance y Berlín, se incluye una imagen que podría posibilitar un salto evolutivo en el discurso del mito de Pigmalión, un robot hembra pierde el brazo en un concierto de un club underground de moda; su pareja, un robot macho de tamaño, complexión y etnia distinta, se arranca el suyo y se lo cede. El robot hembra se detiene unos segundos en reconocer desde la extrañeza un injerto que le resulta ajeno. En la cultura del simulacro, la imagen ballardiana del hombre del futuro, como un ser humano que abraza progresivamente su vida artificial ha quedado superada. El ser humano es casi un apunte, una rémora, un aparte en la era del plástico y el metal. Es posible que Spike Jonze no pretendiera más que dibujar una miniatura romántica, la versión mecánica de los amantes caníbales que los pintores surrealistas ilustraron, pero involuntariamente ha concentrado en esa secuencia -y en la posterior deriva del film- el principio de una nueva realidad sintética, el hombre del futuro camina paradójicamente hacia un futuro sin hombre.

I’m here es plenamente coherente consigo misma, sigue de cerca el melodrama sentimental de dos robots sometidos a un inclemente reajuste de identidad a consecuencia de un amor abrasivo, asimilando su estructura física como un collage de transplantes y mutilaciones del ser querido. No es, por supuesto, la primera obra protagonizada casi en exclusiva por androides, aunque probablemente sea la primera que los coloque en el centro de un romance de corte indie con todos sus tics. En la poderosa secuencia final, en la que el robot hembra descansa sobre la mesa de operaciones, con su cuerpo como un suma y sigue de pedazos de metal ensamblados, se nos presenta una nueva construcción frankesteiana, que no gira alrededor de la posibilidad de recrear una nueva humanidad, sino algo distinto, quizás superior. Visto así, en el plan de Dios, el ser humano sólo ha sido un mal necesario para llegar a algo más supremo. Algo con los ojos y la cara de C-3PO, por ejemplo.

Treme. Mardi Gras way of life

Davis

(Por Idir Mesian)

SPOILERS

Únicamente con los diez episodios que conforman la primera temporada, Treme se ha ganado holgadamente un hueco entre las mejores series de la televisión. Al contrario que en The wire, la anterior gran obra de David Simon, en la que los primeros capítulos parecían un máster acelerado de guión, dirección y montaje acerca de cómo fabricar una serie, aquí todo está perfectamente engarzado desde la magnífica secuencia inicial del desfile seguida de la tan sencilla como devastadora (en todos los sentidos) composición de los títulos de crédito con el fondo musical de John Boutté.

A partir de ahí, con el mismo planteamiento caleidoscópico a partir de escenas cotidianas que tan bien le funciona a Simon, se construye un relato de impotencia y superación en el que todos los personajes tratan de conciliar sus propias tragedias con lo que el Nueva Orleans post-Katrina representa para ellos mientras intentan incrementar la tolerancia a la frustración de toda una sociedad representada sobre todo por dos personajes: el Davis McAlary de Steve Zahn y el Creighton Bernette de John Goodman. No tanto por su carisma (que habrá quien lo discuta) ni por la importancia que pueden tener sus historias (tan relativas como las del resto), sino por cómo personifican una particular lucha del carpe diem contra el memento mori desde la visión que cada uno aporta de Nueva Orleans, tan opuesta como complementaria para entender el fracaso de un pueblo y su necesidad de sobrevivir.

Con casi 2000 muertos a sus espaldas, no puede haber nada tan esquizofrenógeno como acostumbrarse a escenas que mezclan camiones llenos de cadáveres hacinados de gente no identificada con la ilusión que despiertan los desfiles de carnaval por poder reencontrarse con vecinos y familiares que tuvieron que emigrar por las consecuencias del huracán. La Nueva Orleans de Creighton Bernette no lo pudo soportar y se acabó suicidando en uno de los momentos más duros que se han rodado desde aquellos episodios finales de Six feet under. Por su parte, la Nueva Orleans de Davis seguirá disfrutando de tantos bellos momentos de música y fiesta, aunque en el fondo sepa que por mucho que lo intente, esa suma de momentos serán sólo momentos, no una vida.

De regalo, el mítico vídeo del discurso para Youtube de Cray Bernette con su bluevelvetiana sentencia final:

Cultura popular

bp(por Ibán Manzano)

Hay ocasiones en que la cultura popular logra adelantarse a los acontecimientos. El Primer Ministro Cameron ha tardado casi 40 años en pedir disculpas por la fatídica jornada del Domingo Sangriento del 30 de enero. En cambio, en 2002, el británico Peter Greengrass somatizó ese sentimiento de culpabilidad colectiva en una enérgica, atroz y desafiante denuncia de lo que allí aconteció. Domingo sangriento es el mejor ejemplo que e me viene a la cabeza (tampoco son horas) de cine combativo, y en muchos aspectos la película más política de Greengrass. La cinta además aprovechaba la canción homónima de U2 como idóneo contrapunto musical, que por supuesto no es más que otro ejemplo de cultura popular respondiendo en vivo y en directo a su tiempo.

Saltando de aquella tragedia humana a otra de signo medioambiental, igual de presente en los periódicos internacionales, el derrame de crudo en el Golfo de México, amplificación y puesta al día del culebrón del Prestige, ya se sabe que los americanos lo hacen todo a lo grande, se puede rastrear otro ejemplo de cultura popular sensible a las preocupaciones sociales. ¿Que no?. Miremos si no la imagen que acompaña este post. Alguien ha imaginado a Aquaman, el héroe marino de la DC, emergiendo de su Atlantis natal, derrotado por una inmensa marea negra con nombres y apellidos, BP. A veces una portada de cómic vale más que 1000 titulares

Ready to be bitten again?

truebloodcartel

(por Ibán Manzano)

Parece que con la incorporación de los hombres lobo a su elenco, True Blood pasa a comportarse finalmente como la respuesta picajosa y ligera de cascos de Crepúsculo. Y oye, que me parece fantástico. Igual se le podría exigir a la tercera temporada que abrazara sin pudor el explotation más infame, pero eso probablemente conllevaría el cercenar parte de su inmensa eficacia como folletín post-teenager.

El 3×01 de True Blood tiene otros alicientes, el regreso de la cabecera con más carácter de la televisión actual –un paseo desquiciado por la American Gothic- y, sobre todo, una mayor cuota de pantalla para la Reina, una vamp encarnada con atroz lujuria por una Evan Rachel Wood que nunca lució más magnética. Si la segunda temporada hizo de la Hermandad del Sol una suerte de parodia del Klu Klux Klan actualizada a la sensibilidad chupasangres, sería divertido comprobar como en esta los problemas con el (narco)tráfico de sangre que implican precisamente al personaje de Rachel Wood se convierten en la versión libidinosa de The Wire. Aparte de eso, este 3×01, promete la liberación de toda las pulsiones homoeróticas más o menos disimuladas hasta la fecha. Puede que así la serie ataque a su público natural, que no es el homosexual, sino el que tiene ganas de carnaza y no siempre se atreve a pedirla.

I wanna do bad things with you, que dice su canción.

Fringe. Over There

fringepequeno(por Ibán Manzano)

Primera semana de la era PL (Post Lost). Tras entregamos a los anxiolíticos para superar la marcha (lo sentimos, pero el ojo de Jack se ha cerrado definitivamente y no tiene visos de volver a abrirse nunca, aunque bueno, espera, nada es irreversible, ¿verdad?) hemos de asumir que no queda más que mirar hacia delante. No hay mejor manera para ello que aproximándonos a su heredera natural.

Fringe del mismo padre, J.J. Abrams, lleva dos temporadas haciéndose a cada capítulo más grande. En muchos aspectos se asemeja más a otras producciones de J.J, aplica al esquema Alias un argumento tipo Expediente X. La realidad es por tanto una abstracción alejada de cualquier certeza. En este sentido Fringe conecta sin problemas con la sensibilidad de la era del acelerador de partículas. Desde el final de la primera temporada el argumento se sumergió en investigar los roces entre dos universos paralelos. Con Over there podemos dar por inaugurado el salto definitivo al otro lado del espejo tras algunos tímidos intentos. ¿Será la tercera temporada un ajetreado paseo a lomos de un potro desbocado entre estas dos realidades? Eso esperamos. De las dos posibilidades que se abren, o seguir a Olivia por un mundo bizarro irritantemente parecido al que conocemos o quedarnos en casa con su bad twin, ambas, he de reconocerlo, me parecen fascinantes. Sobre todo si las aderezan con máquinas de escribir que conectan universos paralelos, ejércitos trepana cerebelos y psicólogos con procedimientos de bowling coach. También está muy bien eso de emplear como epicentro cósmico un teatro abandonado: establece una conexión directa entre William Shakespeare y la hard sci-fiction. Y eso nos encanta.

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