Archive for The End
Ghost World
abril 15th, 2011 • 5 comments The End
Tags: David Lynch, Dragon Inn!, Good Bye, INLAND EMPIRE, La última película
(por Ibán Manzano)
Hudson Valley, Nueva York: 400 butacas. La imagen que acompaña a este entrada corresponde a un antiguo teatro reconvertido en sala de cine. A día de hoy, un cementerio de animales. La fotografía pertenece a una serie de instantáneas que los chicos de Filmin han recopilado en este enlace, un paisaje de la desolación fílmica. Como ellos mismos afirman, jamás algo tan triste resultó tan bello. Puede que la fascinación que ejercen sobre nosotros este tipo de escenarios esté intimamente ligada a la pulsión por la muerte que tan elocuentemente expresan los espacios abandonados o a ese concepto tan escurridizo que todos aspiran a definir y que nadie consigue atrapar conocido como aura. Las 75 fotografías recorren Estados Unidos de una costa a la otra y trazan un mapa de un ocaso cultural, el de la sesión de cine como auto sacramental desplazado por el centro comercial y la poética de multisalas. Bien es cierto que los centros comerciales, auténticas catedrales del entretenimiento -en el 2011 más bien parques temáticos de extrarradio-, también han cedido ante los portátiles y sus nuevos modelos de consumo en solitario.
Se nos suele recordar que pertenecemos a la generación que más ficciones ha tenido la oportunidad de consumir, pero el acto colectivo de disfrutarlas en comunión en la oscuridad de un pase de tarde -con todo lo que ello supone para modelar conductas sociales y molestar al vecino con el masticado de palomitas- ha ido diluyéndose hasta perder su razón de ser. Hace no mucho escribí un post sobre Good bye, Dragon Inn!, que por si aquellas palabras no fueron suficiente para abriros el apetito, vuelvo a insistir otra vez: VEDLA. En ella, Tsai Ming-Liang rinde tributo a los viejos cines de barrio, casi una tesis fílmica que documenta todos estos temas de los que estamos tratando. Por proximidad cultural, es posible sin embargo que estos teatros dejados de la mano de dios nos recuerden más a La última película de Peter Bogdanovich, que a través de una aproximación nostálgica y con olor a rancho texano habla de lo mismo, de fantasmas. Con todo, es mejor no llorar demasiado. Los nuevos modelos de consumo han puesto punto y final a una manera de entender el cine como hito cultural, pero también han abierto un horizonte de posibilidades a nuevas olas de cineastas dispuestos a escribir sus propias gramáticas de la imagen. Me refiero a eso de hacer una peli surcoreana de vampiros con un iPhone y tal (lloro desconsoladamente por la desaparición del mío). Probablemente esos cineastas por venir acaben reconociendo la deuda que tienen con David Lynch, que mientras los teóricos se perdían en disquisiciones improductivas sobre pautas de consumo, él ya intuyó el nuevo tablero de juego. Hablamos de un tipo que en Mulholland Drive pronosticó el fin del cine el uso, con su crimen en el corazón del sistema de estudios. Pero su gran contribución sigue siendo Inland Empire, una película nacida con vocación de experimentar con todas las ramas del lenguaje digital, y que no por nada desplazaba el misterio sobre el que se articulaba de Hollywood a su periferia, en concreto, de un remake a su original polaco, un viejo film de terror cuya versión americana se revelaba una tarea imposible.
Breve y última acotación, tuve la oportunidad de disfrutar Inland Empire en una vieja sala de Madrid que por entonces resistía. A día de hoy, me cuentan que es un Zara. Danza macabra.
Más sabe el diablo por viejo…
abril 10th, 2011 • 7 comments The End
Tags: Antes que el diablo sepa que has muerto, Marisa Tomei, Philip Seymour Hoffman, Sidney Lumet
(por Ibán Manzano)
Tengo especial cariño al prólogo que antecede a Antes que el diablo sepa que has muerto (2007, Before the devil knows you’re dead), el último largometraje de Sidney Lumet. Su tono es diametralmente opuesto al del resto de la película. Una cálida luz cenital acaricia a Marisa Tomei y a Philip Seymour Hoffman. Se escuchan pájaros de fondo. Quizás para recordarnos que, sin que sirva de precedente, por una vez estamos en el cielo. Lo que sigue es sencillo. Philip Seymour Hoffman echa un polvo salvaje a Marisa Tomei. Después hacen algo mejor, se ríen. ¿Crees que es por estar aquí?, le pregunta él. Sólo digo que aquí no me siento una mierda, replica ella. Si habéis visto la película (si no ya tenéis cómo acompañar la resaca del domingo), sabréis que las cosas no les van a salir precisamente a pedir de boca.
Antes que el diablo sepa que has muerto se estrenó un año antes de que los ejecutivos de Lehman Brothers pusieran en práctica su particular 11-s económico, pero resume en su feroz lucidez la desorientación existencial de una generación (o varias) atrapadas en un limbo de promesas sobre eso que algún optimista antropológico bautizó como un mañana mejor. Quien me conozca sabe que secuencias como estas me conquistan. Tanto que este blog, de no haber mediado Amor a quemarropa, podía llamarse fácilmente con algo que contuviera diablos, muertes y marisas tomeis. Son precisamente las últimas palabras de Marisa Tomei en ese diálogo, lo de aquí no me siento una mierda, las que permanecen en el ánimo del espectador durante el visionado. En cierto sentido, el resto del metraje se puede entender como la respuesta a las mismas de Seymour Hoffman, el cual decide pasar de las palabras a los hechos, rellenar los puntos suspensivos con la elaboración, planificación y ejecución de un atraco que al menos sobre el papel parecía perfecto. Nosotros, que escuchamos mañana y tarde a los telediarios y a los tertulianos de debates de desayuno repetir como un mantra la excusa de la economía cíclica, debemos sentirnos agradecidos si la crisis no nos ha mordido la libreta de ahorros o dejado sin margen para la acción. No creo que a ninguno se nos pase por la cabeza, a diferencia de a Seymour Hoffman, entregarnos a actividades criminales para eludir la miseria. De lo contrario, supongo, estaríamos hablando de un delito. Pero lo cierto es que no resulta nada difícil comprenderle cuando se propone pagar a su esposa el mejor de los viajes, una estancia para toda la vida en ese resort de lujo llamado paraíso. Después de todo, si ellos nos roban nuestro dinero, es lógico que pasemos a las armas. Se trata de una cuestión de supervivencia. También de una cuestión de amor.
Hasta la próxima, Sidney.
Envuelto en terciopelo
noviembre 19th, 2010 • 4 comments Lynchazos, The End
Tags: David Lynch, Dino De Laurentiis, Dune, Frank Herbert, La guerra de las galaxias, Terciopelo Azul
(por Ibán Manzano)
Luchó mucho, soñó en grande, y así veía al cine, en grande, (David Lynch sobre Dino De Laurentiis)

Es 1981, se está celebrando la ceremonia de entrega de los Oscar de 1980, Dino De Laurentiis se aproxima a David Lynch para establecer una primera toma de contacto: está convencido de que el responsable de El Hombre Elefante es la persona idónea para reemplazar a Ridley Scott al frente del siempre aplazado rodaje del Dune de Frank Herbert. La ocurrencia de encomendarse a David Lynch como tabla de salvación no es suya, sino de su hija Rafaella, que tras el visionado de El Hombre Elefante cree haber detectado en Lynch a un clásico contemporáneo. El cineasta acepta, pero impone una condición -quizás bajo la intuición de que no estará cómodo en una producción con más de 700 técnicos-, se le financiará una segunda película sobre la que, esta vez sí, poseerá control creativo pleno.
Sobra decir que ni De Laurentiis, ni tampoco su hija habían visto por aquel entonces Cabeza borradora, por lo que difícilmente podían comprender la salvaje personalidad artística de Lynch. El choque de modos de entender el cine no se hace esperar, eso y un rodaje que avanza entre contratiempos convierten la producción en una infernal travesía por el desierto. Dino De Laurentiis concentra todos sus medios, que no son pocos (47 millones, un holgado presupuesto para la época) en obtener la respuesta madura a la épica adolescente de La guerra de las galaxias. Sin embargo, fracasa. Ni la taquilla, ni la crítica responden como se esperaba, la cinta pasa a integrar la lista de los naufragios-más-sonados-de-la-historia-de-cine. Como contrapartida, Dune envejece como una joya de culto, con su poética de ciencia-ficción absolutamente desquiciada e intratable, un sugestivo maridaje entre la aventura de gran espectáculo que garantiza De Laurentiis y el genio bizarro que logra imprimir a duras penas Lynch a las imágenes. Un Lynch que es apartado de la edición final de la película, ninguneado hasta el punto de que rechaza incluir su nombre en los créditos del remontaje para televisión.
Pese a todo, David Lynch, que acudió el pasado lunes al funeral por Dino De Laurentiis, tuvo palabras de elogio para el productor. Es lógico. El prometido trabajo que rodó a continuación con el apoyo de De Laurentiis y que le compensó el desagravio fue Terciopelo Azul. Uno de esos largometrajes con el raro privilegio de transportarnos a otros mundos. Menudo regalazo.
Balas sobre Broadway
septiembre 30th, 2010 • 5 comments The End
Tags: Arthur Penn, Bonnie & Clyde, Faye Dunaway, Sally Menke, Warren Beatty
(por Ibán Manzano)
Según Moteros tranquilos, toros salvajes, esclarecedora carta de navegación chafardera -a medio camino entre el amarillismo de chismorreo y el retrato generacional- de los años que lo cambiaron todo para siempre, Bonnie & Clyde de Arthur Penn no fue una película fácil en ningún sentido. No fue fácil de rodar, tampoco de estrenar, ni mucho menos resultaba fácil de ver. No fue un éxito inmediato, pero ayudó a replantearse la estructura interna de una industria que había entrado en fase de desalojo. Arthur Penn abrió la senda por la que generación de Scorsese o Coppola transitaría atropelladamente durante la década de los 70. Tras varios intentos desesperados, el cine norteamericano, por fin, lograba materializar en un relato de gángsters el sentir romántico de la generación de la contracultura. En más de un sentido se pude afirmar que éste supuso el primer trabajo que demostró que la nouvelle vague era material exportable.
Arthur Penn falleció ayer en su casa a los 88 años con una muerte que sorprende por discreta. Penn no inventó la rueda, ni siquiera la violencia. La violencia existía, sólo había que ver películas europeas o japonesas, salir a la calle, allí esperaba a la vuelta del callejón, latente o en estallido sostenido. En realidad, Penn sí inventó algo, inventó la violencia en el cine americano de masas. El hecho de que Arthur Penn filmara la influyente secuencia final de Bonnie & Clyde con una manierista explosión de ruido, con un ralentí progresivo, deja bien claro que al director de La jauría humana no le interesaba tanto la violencia en su modalidad hiperrealista de telediario, como la violencia en clave estética, como mera superviviencia. Esta superviviencia es a la que se aferran los Bonnie & Clyde de Penn, enésima reconstrucción de las aventuras de los primeros criminales de la era moderna, protagonistas de un no-western que ocurre bajo el espíritu de la fatalidad, su amor es tan improbable que Warren Beatty encarnó a una versión de Clyde de gatillo rápido pero bragueta lenta, en otras palabras, impotente (algo que no le debió ser fácil al tipo de las más de 1.200 conquistas). No sé hasta que punto se trató de algo voluntario, pero los responsables de esta secuencia acuñaron las que serían las imágenes claves a la hora de entender la transformación cultural de la juventud de etapa en transición a destino autorrealizado. No en vano, Penn supo detectar lo mucho que esta pareja de atracadores compartía con las estrellas de rock de su época. Quedaba institucionalizada la figura del forajido como outsider del sistema, modelo a contracorriente y legendario a seguir por una generación que precisaba de cada vez más adrenalina para alcanzar una experiencia satisfactoria.
A partir de entonces, este final acribillaría con furia la historia posterior del thriller. Su ascendente se notó especialmente en Sally Menke, montadora de Quentin Tarantino, que debía tenerla en la cabeza a la hora de resolver los dilatados tiroteos que rodaba este último. Sally Menke, por cierto, también murió ayer a los 56 años de edad. Y, por supuesto, que de ella tampoco nos olvidamos.
Sayonara Satoshi
agosto 25th, 2010 • 3 comments The End
Tags: Millennium Actress, Paraonia Agent, Satoshi Kon
(por Ibán Manzano)
Interrumpo la programación estipulada para esta semana para comunicar una noticia que no me provoca ninguna alegría dar a conocer. Satoshi Kon ha sido encontrado muerto a la temprana edad de 47 años. Las causas de su muerte a estas horas se desconocen. Por desgracia, Kon no poseía el reconocimiento mediático que acompaña a otros grandes de la animación en su país -Otomo, Miyazaki- pero cuatro largometrajes, una película inacabada y una serie de televisión de culto bastan para confirmar dos cosas, la primera que estamos ante un titán del anime con pleno derecho a ser considerado como tal; la segunda, que acaso Satoshi Kon lleva haciendo la misma película desde los tiempos de su inaugural Perfect Blue.
Revisionar esta corta (y truncada) filmografía permite argumentar que el cineasta fue trasladando la misma obsesión de película en película: la inquietud por la entropía del universo. Sus tramas sumergieron a sus personajes en un mundo regido por desconcertantes lógicas oníricas, que como bien sabe el espectador que se haya dejado arrastrar por ellas son irreductibles a palabras; lo que atestigua su pleno manejo del medio. Es probable que su obra maestra sea Millennium Actress, si el espectador tiene la suerte de toparse con ella disfrutará de un viaje sólo de ida; después de ella, lo juro, no podréis mediros a vuestro día a día con la misma cara. Con todo, es posible, que su mejor carta de presentación sea la serie Paraonia Agent, bautizada en su país de origen como el Twin Peaks nipón, dejando aparte comparaciones fáciles, se trata del primer anime -o al menos del mejor- que analiza precisamente la problemática -enfermiza- relación entre el consumidor de anime y el anime mismo. Los 13 capítulos conforman un compendio inabarcable sobre las posibilidades de lo audiovisual, Kon aplica a cada uno de ellos un trazo diferente; el resultado, una heterodoxa propuesta que ratifica a la animación como arte total, amén de incluir los títulos de créditos, el opening, más desquiciadamente naïf que ha existido. Y lo habéis adivinado, es lo que acompaña a esta entrada.

Comentarios