Los Pilares de la T.V.

Los pilares de la Tierra

(Por Ibán Manzano)

Esta historia empieza con el ahorcamiento de un inocente y acaba con la humillación de un rey, estas palabras incluidas en la contraportada de la edición española de Los Pilares de la Tierra funcionaban como sinopsis incendiaria con capacidad para inflamar la imaginación del lector de manera asombrosa, era lógico que éste soñara con un relato libertario cargado de épica de principio a fin. Y lo cierto es que si se decidía a aventurarse por las páginas de Los Pilares… era eso y no otra cosa lo que encontraba, Ken Follet aplicaba las leyes del thriller con aspecto de bestseller de aeropuerto a las luchas intestinas por el poder de la Inglaterra medieval del siglo XII. El resultado era una novela monumental, discutible en muchos aspectos, pero artera a la hora de manejar sus armas narrativas, su ritmo in crescendo arrastraba al lector hasta la última página donde le soltaba extenuado, casi sin aliento. La catedral del priorato de Kingsbride emergía como zona cero de la historia, su evolución del románico tardío al gótico la convertía en una figura central en permanente mutación, sometida a las inercias de una época acelerada, reflejo pétreo de de un tiempo atroz en el que empezaba a enraizar los pilares de la modernidad.

Los Pilares…. anticipó un cierto modelo de novela histórica que algunos referentes televisivos tomaron como modelo, los cuales paradójicamente parece despreciar su versión catódica, el acercamiento a la Historia como un esperpéntico vodevil repleto de intrigas y pasiones de bajo vientre. En este sentido Los Pilares…, novela, era generosa en su ración de sexo y violencia, la Edad Media de Follet era todo menos idílica, al contrario se presentaba como un lodazal de barro y estiércol, sobre el que los Estados con la religión como coartada espiritual buscan asentarse. Pero Los Pilares…, adaptación televisiva, no puede ser más rancia. Los 3 primeros capítulos no pasan de ser una versión al uso, exageradamente parca que renuncia los pasajes más sórdidos de la novela y, por tanto, a su grandeza: nada llega a alcanzar el furor desatado de la novela, pero el que supone su verdadero crimen es la negativa a no llevar hasta las últimas consecuencias la máxima de la novela, que no es otra que la afirmación de que los reinos se deciden no ya en el campo de batalla, sino, sobre todo, en el interior de las alcobas.

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