Crítica: Tercer cuerpo. Socios de la soledad

tercer


Ya apuntaba muy buenas maneras con La omisión de la familia Coleman. Ahora, con Tercer cuerpo no ha hecho más que confirmar lo que se intuía: Claudio Tolcachir es un gran dramaturgo y un gran director.

Con la misma base hiperrealista y de humor negro – pero más depurada – con la que trabajaba en los Coleman, se nos presenta aquí la historia de cinco personajes que comparten sin ser conscientes de ello los mismos anhelos y necesidades de ser amados. Planean también sobre ellos las sombras de un espíritu entre la monotonía y el inconformismo que los subyuga a todos y los entronca con las raíces de Hamlet para acabar construyendo un relato del vacío sin principio ni final y en el que apenas existe argumento impuesto salvo el que van marcando sus propias vidas, movidas en un único y marchito espacio escenográfico que usan como metáfora y que contribuye a hiperbolizar sus sentimientos.

La historia de un intento absurdo, subtitula Tolcachir su obra. Y de forma irónica puede ser incluso que fuera lo que pensara mientras empezaba a escribir el libreto de este Tercer cuerpo, ya que en manos de la mayoría de directores es un texto abocado al fracaso, pues no permite el mínimo fallo: toda la verdad que transmite la obra se convertiría en impostura y todo el trabajo realizado no sería más que la historia de otro intento absurdo. Y sin embargo, en manos de Tolcachir – y todo su equipo técnico y artístico –, todos los escollos que pueden surgir son aprovechados para imprimir al montaje toda la carga dramática necesaria. Algunos lo llaman universo personal. Otros prefieren llamarlo intimismo. Mienten. Simplemente se llama talento.

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