Falling Skies (Preparando la Quinta de Mad Men)
febrero 9th, 2012 • General
(por Ibán Manzano)
Es posible que os lo hayáis cruzado de camino a vuestra panadería favorita de Park Avenue y que a estas alturas ya sepáis que el cartel de la quinta de Mad Men lleva un par de semanas en boca de todos. Algunos blogs especializados consideran legítimo interpretarlo como un remake encubierto de The Falling Man, la fotografía epítome del 11S con la que Richard Drew inmortalizó a un hombre ¿cayendo? ¿arrojándose? desde la Torre Norte tras el impacto del Boeing 757 de American Airlines. Otros, como los habituales viajeros del metro de Nueva York, lo han convertido en un mural colectivo, graffiteando sus propuestas sobre el blanco grisáceo de la imagen (en esta galería, Don Draper sobrevuela los mundos de Mario Bros, juega a la rayuela y es rescatado por Superman). Es sólo otra forma más de matar el tiempo entre tren y tren. Si bien todo esto no pasa de tuitpolémicas de rápida combustión para psicólogos de cabecera (o blogeros con aspiraciones a), al menos arroja una conclusión positiva: no lo deben de haber hecho tan mal los chicos de Matthew Weiner cuando de una simple silueta negra han conseguido sacar una mancha de Roschard para el neoyorquino de a pie. Claro, que es posible que la explicación sea mucho más sencilla: la quinta temporada está al caer y andamos que nos subimos por las paredes. Esta es la primera de una serie de entradas que de hecho buscan allanar el camino al 25 de marzo. Y ya que estamos metidos en materia, empecemos por el susodicho hombre-que-cae. ¡Siguiente párrafo!
El cartel, prodigio de síntesis constructivista, corresponde, como todo devoto bien sabe, a un extracto del opening que cada episodio nos introduce en los despachos de Sterling & Cooper. Los créditos, celebrados y reimaginados hasta la extenuación (por ejemplo en Los Simpson) fueron concebidos por la agencia Imaginary Forces como una destilación en rojo y negro de la pesadilla de Scottie en Vértigo (1958, Alfred Hitckcock). No hay espacio suficiente en este blog (puede que tampoco en toda la blogosfera junta) para descifrar el sentido último de esa pesadilla enfermiza que es Vértigo con tantos niveles de lectura como los anillos del árbol milenario ante el que oficializan su amor fou Scottie y Madeleine. Sin embargo, hay un detalle en el que merece la pena fijarse. Slavoj Žižek, en su imprescindible The pervert’s guide to cinema (2006), nos hace caer en la cuenta (llega a colarse literalmente en la imagen para explicárnoslo mejor) que cuando Scottie modela a Judy Barton a la imagen y semejanza del recuerdo de Madeleine, antiguo amor caído en desgracia desde lo alto de un campanario, este parece más atento a los detalles que a la propia Judy/Madeleine. Como si su objetivo final no fuera recuperar a Madeleine sino invocar de entre los muertos la imagen lejana de una felicidad ya del todo inalcanzable. Y no hace falta que os recuerde el papel esencial que la imagen desempeña en el universo de Don Draper. Trabaja en una agencia de publicidad, es director creativo y bueno, lleva años representando el anuncio más costoso que se me ocurre: su biografía.
En una interpretación quizás no tan arriesgada podríamos afirmar que la Nueva York de la serie es casi un producto de laboratorio, una cuidadosa alquimia de utopías envenenadas y ecosistemas hedonistas. Y Don Draper es el mad doctor que se oculta tras ella. Al igual que Scottie, Draper sufre la condena de vivir para construir un sucedáneo de la felicidad. Draper es un Scottie de uso público, un fabricante de fantasías para todos, un artífice de sueños de consumo masivo. Esa Nueva York a la que ayuda a modelar con sus infinitas lonas de Lucky Strike se comporta como una ciudad de ciencia-ficción que ha perdido todo contacto con la realidad. De ahí que las convulsiones sociales que azotaron la década queden limitadas a ruido de noticiario radiofónico. De ahí también el choque entre la atención al detalle histórico y el papel pintado de sus decorados interiores (la falta de exteriores es alarmante). De ahí por último que el deseo, motor absoluto del 99,9% de las tramas, se mueva bajo la lógica de consumo. Mad Men transcurre no por casualidad en unos años bulliciosos, aquellos en los que la imagen comenzaba a desplazar a los productos materiales como bienes esenciales. Y eso es lo de que tan brillantemente dan cuenta los créditos, de ese vértigo que en el cuadro clínico de Don hemos visto aflorar como ataques de ansiedad y de pánico. Fijémonos si no en lo que nos cuentan, la arquitectura se derrumba y un hombre cae (en un recorrido que por cierto resumen las polémicas de estos días, del rascacielos al inframundo suburbano) entre pin-ups. Cuidado con el matiz, entre anuncios de pin-ups. El suelo cede, nosotros con él y Nueva York con su mejor sonrisa nos anuncia largas piernas de mujer. Existen por supuesto brotes de autenticidad en medio de esa tormenta perfecta, pero son los justos. ¿Mi favorito? Esa mano que acaricia el césped sobre el que una profesora juega al corro con sus alumnos.
Próxima entrega, ¿es Mad Men una serie porno disfrazada? También, ¿es Mad Men porno en serie para snobs?
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