Hawaii-Bombay

(por Ibán Manzano)

Siete interminables años hemos tenido que esperar para tener de vuelta a Alexander Payne. Una larga ausencia interrumpida por fogonazos de luz como el cortometraje que cierra Paris je t’aime (2006) y en la cual el cineasta se ha dedicado en cuerpo y alma a levantar su proyecto más ambicioso, Downsize, una comedia de ciencia-ficción acerca de una pareja en apuros económicos que opta por reducir su tamaño para combatirlos y cuyo imparable presupuesto acabó por enterrar cualquier posibilidad de verla en pantalla, dejando sus cimientos a medio construir como nuevo y esclarecedor documento de la precariedad. Volviendo a los siete años, uno de los paquetes postales que Alexander Payne recibió (probablemente su agente) durante ese tiempo contenía un ejemplar de la primera novela de Kaui Hart Hemmings. Toda una suerte, pues en ella el cineasta ha encontrado la base apropiada para materializar la última parte de ese trayecto que acaso empezó tímidamente con A propósito de Schmidt (2002) y que ha terminado por obligar al cínico chico listo de Election (1999) a mancharse los zapatos, a embarrarlos.

En Los descendientes (2011), su último largo, Alexander Payne aborda la definición moral de la herencia colocando a un padre de familia, un desvalido George Clooney con el semblante cubierto por el salitre, frente a una tormenta de verano a punto de estallar. Es satisfactorio comprobar que no siempre es necesario recurrir a las facciones gastadas de Jack Nicholson ni a las poco agraciadas de Paul Giamatti, Clooney se las apaña solo para dotar de aplomo a lo patético en un nuevo paso en su inteligente y medida carrera. Pese a sus miserias, o quizás gracias a ellas, Clooney resulta ser la elección natural para ejercer de tesorero de un pedazo de tierra virgen con profundas resonancias. Si Entre Copas (2004) encaraba el trago amargo del fracaso desde la acaramelada luz que baña los viñedos de Santa Bárbara, Los descendientes radicaliza la apuesta meteorológica, sus personajes acaban por confundirse con una Hawai que se diría pintada por un Paul Gauguin en un atardecer borrascoso. Alexander Payne, como bien ha repetido estos días gente mucho más lista que yo, parece encontrarse cómodo combinando la tradición de cierto Billy Wilder con ese pintoresquismo propio de la Cicely de Doctor en Alaska (1990-1995). Se me ocurre también compararle con un guionista tan a priori poco próximo a su obra como Aaron Sorkin, pero si me lanzo a la piscina es porque ambos parecen obsesionados por encontrar lo mejor en cada uno de nosotros.

Con todo, quizás, las mayores conquistas de Los descendientes se escondan tras el extrañísimo tono que maneja y del cual saca especial rédito cada vez que se acerca al hospital, auténtica zona cero del conflicto, con especial mención a la bronca que George Clooney le dirige a su mujer en coma. Imposible saber si reír o llorar. Tal es el riesgo, que la única impronta de felicidad, una instantánea móvil sobre una lancha motora, es descontextualizada, extirpada, como un punto de no retorno, de este relato de tropicalidad apagada, de chanclas paseando sobre la arena mojada. Ya tenéis plan para este fin de semana, sacad del armario las camisas hawaianas que Jude Law puso de moda en My blueberry nights (2007) y llevad a vuestra chica al cine. Mucho aloha para todos.

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One Response (Add Your Comment)

  1. Muy buena! La vi ayer y me gustó. Transmite ese momento de auténtica incomprensión (WF) cuando va hilando cabos, música y fotografía en buena línea y localización…cojonuda!

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