La noche. Total eclipse of the heart
agosto 16th, 2009 • Sin categoría
(Algunos spoilers)
Sin distinguir unas horas de las otras, como mucho el día de la noche –y si eso-, Jeanne Moreau pasea en La noche (La notte, 1961), sonámbula, con cara de acelga –y muy bien que lo hace – por una Milán opulenta, cuyos ostentosos rascacielos -¿alguien se imagina la vida tras ellos?- la empequeñecen y oprimen sistemáticamente, mientras se pregunta cómo ha llegado hasta allí. Tan sólo fugazmente parece reencontrar en los 120 minutos de metraje algo que creía perdido, al volver al barrio en el que dio sus primeros pasos en pareja, un apartado de la ciudad que resiste virgen, donde los chiquillos se pelean y los chiringuitos ponen música hasta altas horas. Pero la felicidad sólo dura un momento. Al día le sigue la citada noche. Con sus bacanales. En concreto, una que Antonioni prácticamente toma prestada de La Dolce Vita, que nada le tiene que envidiar al pecaminoso Jardín del Edén de El Bosco, y en la que sus habitantes participan de juegos de infancia –la Rayuela, por ejemplo- y contorsiones del amor –la bailarina negra marca los malabares a los que están sometidos Mastroianni y esposa-.
Lo alarmante de la fiesta, en la que el clímax de la película estalla en paralelo al descubrimiento de la miseria del matrimonio de M&M, no es la presunta vacuidad de la burguesía que los rodea y cuya forma de vida asesina cualquier sentimiento auténtico, incluido su amor, sino la de Mastroianni, procedente de una casta más baja, novelista de éxito que ha sacrificado su inspiración por sumarse a los mediocres que le jalean, desechando su responsabilidad, empleando, como mucho, su talento en seducir a las jóvenes con bellos requiebros. Por eso, Moreau, ante la negativa de su marido por hablar ninguna lengua común, encontrándose uno en Marte y el otro en Plutón, recurre, en una secuencia dolorosísima, a leer una carta para confesarse. Y es que La noche acaba por ser la película de una revelación. Ni siquiera estoy celosa, no siento nada. Eso es lo terrorífico. La revelación, por supuesto, no es otra que la de que Morau ha dejado de quererle. Su marido ha resultado ser un bluff. Como diría Nacho Vegas, la pena o la nada. Y por desgracia, en el aire que respira, me temo que sólo le queda la nada.

Antonioni siempre ha sido una debilidad personal, y “La noche” concretamente, una de las pocas películas que jamás se borra de mis retinas estupefactas ante la contemplación de la fiesta que tan bien capta tu descripción. En los próximos días tengo pensado ver “Zabriskie Point”, una vieja deuda pendiente.