La república independiente de nuestra casa
diciembre 22nd, 2011 • Sin categoría
(por Ibán Manzano)
Wes Craven tiene una anécdota curiosa.Obsesionado como estaba por las casas abandonadas, le rogó a Bonnie, su mujer, que se instalaran en una de ellas. Bonnie, tal como se relata en en el recientemente publicado Sesión sangrienta, aceptó de primeras pero empezó a pensárselo cuando descubrió un enorme agujero en el suelo de la cocina y grifos de los que no salía ni una gota de agua. En los planes para sus hijos contemplaba una buena escuela pública no una infancia en un caserón destartalado. Con todo, Wes Craven hizo lo que le dio la gana y se instaló allí durante una semana. La anécdota, aparte de insistir en uno de los puntos sensibles del matrimonio, sirve para entender eso que hace tan aterrador al subgénero de casas encantadas. Podemos soportarlo todo a lo largo del día, TO-DO. Un vagón de metro tomado por el mal olor o al inepto de nuestro jefe leyéndonos la cartilla. Pero otra cosa bien distinta es que vengan a tocarnos las narices a nuestro hogar.
Como bien apunta Stephen King en su monumental Danza macabra, la discutible adaptación de Terror en Aimityville cosechó un éxito sin par sencillamente porque sirvió de caja de resonancia de las ansiedades socioeconómicas de la audiencia. En realidad la vuelta al primer plano del subgénero (Insidious, Paranormal Activity 3, Emergo) más que una respuesta a las alarmas disparadas por la crisis parece consecuencia de decisiones de despacho. Ey, chicos, ya hemos fusilado el american gothic de los 70, a ver si le sacamos la misma rentabilidad a eso de las casas encantadas. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, la televisión vuelve a hacer gala de un oído más fino que el cine, por eso no sorprende que la aportación más interesante a la materia haya sido la catódica American Horror Story. Es cierto que la serie de F/X no parece reflejar de manera directa ningún tipo de inquietud económica pero dispara a mansalva sobre colchón que nos protege en tiempos de zozobra: la familia. En esta entrada que publiqué hace unas semanas ya señalaba que las cuatro paredes de la Casa habían contemplado un desfile de los diferentes modelos de la familia americana… y de sus respectivos fracasos. El aborto es el nuevo pecado original. Hemos llegado a la season finale con al menos dos hallazgos que refuerzan este planteamiento. El más evidente tiene que ver con convertir a un bebé (o dos) en objeto de caza y captura. Muertos y vivos zurrándose por un recién nacido es una deliciosa perversión a considerar. El segundo corresponde a un pasaje secundario aunque sumamente revelador. Elizabeth Short, el cadáver que obsesionó al público del 1947, persiguió a Orson Welles de por vida, ocupó lugar privilegiado entre los fantasmas de James Ellroy y se proyectó sobre en los últimos Lynch, aparece oculta en uno de los recovecos de la trama.
El último capítulo me espera calentito, calentito. Lo veré con la mujer más guapa (y tatuada) del mundo. En un rato os cuento.
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Tamara diciembre 25, 2011at 22:03
Me encanta entrar a leerte poniendo ‘Alabama’ en google y verte en la primera página. ¿Qué te ha parecido el final?