Lo que vale el Oscar (I)

Heath Ledger OscarEste blog, como demostró la recopilación durante la semana pasada de críticas apresuradas (esperamos también que reveladoras) sobre los diez títulos candidatos a mejor cinta, no pudo evitar caer bajo el hechizo de los Oscar, unos premios a los que nunca hay que tomar demasiado en serio, ningún premio se lo merece. Pero tampoco conviene infravalorar a uno de los brazos armados más eficaces de ideología que se precien. La elección del mejor título del año, consciente o inconscientemente, suele revelar mucho más que el asentamiento (e imposición) de un clásico venidero.

2001. La aparición por sorpresa de Woody Allen sobre el Kodak Theatre, a lo Almodóvar, además de una tregua en la larga lista de desplantes casi anuales que Allen regalaba a la Académica, supuró, al menos para Hollywood, la cicatriz que los ataques del 11-s habían abierto en el imaginario colectivo americano. Nada impredecible fue la victoria de la más convencional de las candidatas, una cinta que modulaba la biografía de John Nash como modélica trayectoria de ascensión de una figura sin mácula.

2002. La meteórica reformulación del musical había tocado techo un año antes con Moulin Rouge de Baz Luhrmann, la cual pese a su genuino sentido del exceso se aproximaba demasiado a un producto de digestión fast food con una love story de manual. Chicago era, si cabe una opción con menos aristas, para el académico miope. En ella el cadáver bobfossiano era devuelto a la vida a través de la energía propia de un videoclip de la MTV que oficiaba de médium.

2003. Hollywood quiso recompensar en la tercera parte los más de 2000 millones de dólares ingresados por la trilogía de Tolkien en todo el mundo. El Retorno del Rey ganó 11 Oscar como corolario dorado. No sólo se premiaba a la(s) película(s)-evento de la temporada, sino se que se reclamaba la vuelta del relato bigger than life que nadie había conseguido plantear en proporciones tamañas (y exitosas) desde Titanic.

2004. Million dollar baby ganó porque… bueno, ganó sencillamente porque era la mejor. Y porque El aviador era muy rara. Una aparatosa reproducción de un Hollywood para la que el cineasta Howard Hughes abarcaba dos variantes complementarias (y opuestas), la del visionario facturador de blockbusters (para su época) y la del autor incomprendido naufragando en grandes megaproducciones.

2005. No fue por homofobia, aunque algunos académicos como Tony Curtis manifestaran su negativa a visionar Brokeback Mountain (y por ende a votar por ella), sino más bien la ejecución milimétrica de una campaña de marketing orquestada con mano de hierro por Focus la que condujo a Crash a una de las victorias más sorprendentes que se recuerdan. Aunque sería estúpido quedarnos en la superficie. Crash era la cinta que mejor hablaba el lenguaje académico, no sólo por localismo, Los Ángeles era el escenario que limitaba una tragedia urbana, sino también por sintaxis, su brutal reflexión sobre el odio (nosotros somos el otro) acababa diluida en en un mensaje (exageradamente) esperanzador que la hacía asequible para todo público con ganas de mirar hacia otro lado.

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4 Responses (Add Your Comment)

  1. Muy buen análisis, a ver cómo continua, que estoy en ascuas :)

    Estoy completamente de acuerdo con lo de “Crash”, me pareció bastante americanada, por eso ganó aquel año.

  2. Buena retrospectiva.

  3. Muy acertadas estas reflexiones. A la espera de la continuación. La ilustración del Joker: una amenaza cumplida, pero merecida.
    No me acordaba de lo de Woody Allen.
    Saludos.

  4. Los oscars son… trascendentes, no importantes. Se queda cada año en cantidad de aciertos/decepciones para cada cual, lo que pasa es que hay años que dejan a la mayoría anonadados. Ver cara de Jack Nicholson al abrir el sobre de Crash.

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