Modas y modos

Maryta y la laca NellyLa moda es esa cosa absurda que te obliga a enfundarte en unos pitillos sin tener una talla 36, por lo que, en lugar de parecer una moderna, pareces una morcilla de Burgos metida en un condón. Poderosa imagen visual esta. La moda, esa señora con más años que la Duquesa de Alba (aunque con menos bótox, por cierto, ¿nadie ve lo mucho que se parece a Babe, el cerdito valiente?) dice que se llevan los cuadros, y cual pequeñas leñadoras lésbicas, nos compramos camisas y vestidos de tartán con los que parecemos extras de Médico de Familia (serie que, según mis estudios -algún día verán la luz -fue la precursora de esta tendencia).

Encima, va Lindsay Lohan y se hace bollera, y justo cuando la sorpresa te invade, descubres que Elena Anaya también lo es. Entonces… ¿está de moda el lesbianismo? Total, yo casi que me apunto, pues se me ocurren pocos hombres más guapos que la Anaya… y de ellos, el 90% son gays. Así que me digo a mí misma: ¡A partir de hoy soy lesbiana! Y yo lo llevo fatal, sobre todo cuando me entero de que están de moda… los anillos de pureza. Yo creía que eran un nuevo método anticonceptivo, o un anillo en el que los cocainómanos medían el nivel de pureza de su mercancía, pero resulta que son joyas que indican que, el que lo lleva, permanecerá virgen hasta el matrimonio. Paso de ser la Señora de los Anillos y decido que esto de seguir las modas es ciertamente absurdo.

Pero es entonces cuando vuelvo a caer en los dictados del fashionismo: las romanas. Este simpático gentilicio ha sido el que ha reinado en nuestro calzado este verano. Como a muchos nos pasara, el principio me parecían el horror hecho cuero (en el mejor de los casos). A base de vérselas llevar hasta a Teté Delgado (aunque el efecto de su carne saliendo a través de las tiras de las sandalias me hizo pensar, irremediablemente, en la máquina trituradora de carne del carnicero) me acabaron por gustar. Hasta que se llevaron las romanas altas: las gladiadoras. Me empeñé en que me gustaban, pero al probármelas me dí cuenta de que parecía Forrest Gump cuando le ponen los hierros. ¡Corre, Vageena, Corre! Imaginé que gritaba el zapatero. Cuando me quise dar cuenta, estaba en una joyería eligiendo mi anillo de pureza. Me sentí como Nuria Bermúdez al casarse de blanco. Vamos, que algo no encajaba. Me fui de la joyería (digamos de Tiffanys, aunque probablemente se llamara Compro Oro) dispuesta a crear mi propia moda. Pero, por más que lo intento, no hay nada que no se haya puesto ya de moda.

En mi oficina, sin ir más lejos, la moda es pasar frío. Sí, el aire acondicionado roza los menos 23 grados, por lo que parezco un personaje de Showgirls debido al estado de alteración constante de mis pezones. Y tras observar de cerca (de la pantalla) las semanas de la moda internacionales, parece que va a estar de moda enseñar el ombligo. Claro, con el microclima del polo norte en la que he de trabajar, no está la cosa como para ir vestida de mamachicho, que cuando me subo en el ascensor tengo miedo de que alguien pulse un pezón creyendo que se trata del botón del tercer piso.

Por el momento, yo sólo le soy fiel a una moda: la laca Nelly

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