Balas sobre Broadway

BonnieClyde5

(por Ibán Manzano)

Según Moteros tranquilos, toros salvajes, esclarecedora carta de navegación chafardera -a medio camino entre el amarillismo de chismorreo y el retrato generacional- de los años que lo cambiaron todo para siempre, Bonnie & Clyde de Arthur Penn no fue una película fácil en ningún sentido. No fue fácil de rodar, tampoco de estrenar, ni mucho menos resultaba fácil de ver. No fue un éxito inmediato, pero ayudó a replantearse la estructura interna de una industria que había entrado en fase de desalojo. Arthur Penn abrió la senda por la que generación de Scorsese o Coppola transitaría atropelladamente durante la década de los 70. Tras varios intentos desesperados, el cine norteamericano, por fin, lograba materializar en un relato de gángsters el sentir romántico de la generación de la contracultura. En más de un sentido se pude afirmar que éste supuso el primer trabajo que demostró que la nouvelle vague era material exportable.

Arthur Penn falleció ayer en su casa a los 88 años con una muerte que sorprende por discreta. Penn no inventó la rueda, ni siquiera la violencia. La violencia existía, sólo había que ver películas europeas o japonesas, salir a la calle, allí esperaba a la vuelta del callejón, latente o en estallido sostenido. En realidad, Penn sí inventó algo, inventó la violencia en el cine americano de masas. El hecho de que Arthur Penn filmara la influyente secuencia final de Bonnie & Clyde con una manierista explosión de ruido, con un ralentí progresivo, deja bien claro que al director de La jauría humana no le interesaba tanto la violencia en su modalidad hiperrealista de telediario, como la violencia en clave estética, como mera superviviencia. Esta superviviencia es a la que se aferran los Bonnie & Clyde de Penn, enésima reconstrucción de las aventuras de los primeros criminales de la era moderna, protagonistas de un no-western que ocurre bajo el espíritu de la fatalidad, su amor es tan improbable que Warren Beatty encarnó a una versión de Clyde de gatillo rápido pero bragueta lenta, en otras palabras, impotente (algo que no le debió ser fácil al tipo de las más de 1.200 conquistas). No sé hasta que punto se trató de algo voluntario, pero los responsables de esta secuencia acuñaron las que serían las imágenes claves a la hora de entender la transformación cultural de la juventud de  etapa en transición a destino autorrealizado. No en vano, Penn supo detectar lo mucho que esta pareja de atracadores compartía con las estrellas de rock de su época. Quedaba institucionalizada la figura del forajido como outsider del sistema, modelo a contracorriente y legendario a seguir por una generación que precisaba de cada vez más adrenalina para alcanzar una experiencia satisfactoria.

A partir de entonces, este final acribillaría con furia la historia posterior del thriller. Su ascendente se notó especialmente en Sally Menke, montadora de Quentin Tarantino, que debía tenerla en la cabeza a la hora de resolver los dilatados tiroteos que rodaba este último. Sally Menke, por cierto, también murió ayer a los 56 años de edad. Y, por supuesto, que de ella tampoco nos olvidamos.

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5 Responses (Add Your Comment)

  1. La verdad es que vaya semana llevamos, Arthur Penn, Sally Menke, Tony Curtis y Gloria Stuart ..

  2. Gente como Penn hacen avanzar el cine.

  3. Buena caracterización del film y del director. Saludos.

  4. Si hubiera que elegir una película que cambió el cine americano ¿por qué no elegir esta? Merecimientos artísticos tiene y creo que además fue un taquillazo.
    Y si “Moteros…” te pareció amarilla, no leas “Sexo, mentiras y Hollywood”, que ya es de vergüenza ajena el nivel de sensacionalismo alcanzado.
    Adiós a un gran director.
    Saludos.

  5. Una de las mejores escenas (finales) de la Historia del Cine.

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