La república independiente de nuestra casa
diciembre 22nd, 2011 • Sin categoría • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Wes Craven tiene una anécdota curiosa.Obsesionado como estaba por las casas abandonadas, le rogó a Bonnie, su mujer, que se instalaran en una de ellas. Bonnie, tal como se relata en en el recientemente publicado Sesión sangrienta, aceptó de primeras pero empezó a pensárselo cuando descubrió un enorme agujero en el suelo de la cocina y grifos de los que no salía ni una gota de agua. En los planes para sus hijos contemplaba una buena escuela pública no una infancia en un caserón destartalado. Con todo, Wes Craven hizo lo que le dio la gana y se instaló allí durante una semana. La anécdota, aparte de insistir en uno de los puntos sensibles del matrimonio, sirve para entender eso que hace tan aterrador al subgénero de casas encantadas. Podemos soportarlo todo a lo largo del día, TO-DO. Un vagón de metro tomado por el mal olor o al inepto de nuestro jefe leyéndonos la cartilla. Pero otra cosa bien distinta es que vengan a tocarnos las narices a nuestro hogar.
Como bien apunta Stephen King en su monumental Danza macabra, la discutible adaptación de Terror en Aimityville cosechó un éxito sin par sencillamente porque sirvió de caja de resonancia de las ansiedades socioeconómicas de la audiencia. En realidad la vuelta al primer plano del subgénero (Insidious, Paranormal Activity 3, Emergo) más que una respuesta a las alarmas disparadas por la crisis parece consecuencia de decisiones de despacho. Ey, chicos, ya hemos fusilado el american gothic de los 70, a ver si le sacamos la misma rentabilidad a eso de las casas encantadas. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, la televisión vuelve a hacer gala de un oído más fino que el cine, por eso no sorprende que la aportación más interesante a la materia haya sido la catódica American Horror Story. Es cierto que la serie de F/X no parece reflejar de manera directa ningún tipo de inquietud económica pero dispara a mansalva sobre colchón que nos protege en tiempos de zozobra: la familia. En esta entrada que publiqué hace unas semanas ya señalaba que las cuatro paredes de la Casa habían contemplado un desfile de los diferentes modelos de la familia americana… y de sus respectivos fracasos. El aborto es el nuevo pecado original. Hemos llegado a la season finale con al menos dos hallazgos que refuerzan este planteamiento. El más evidente tiene que ver con convertir a un bebé (o dos) en objeto de caza y captura. Muertos y vivos zurrándose por un recién nacido es una deliciosa perversión a considerar. El segundo corresponde a un pasaje secundario aunque sumamente revelador. Elizabeth Short, el cadáver que obsesionó al público del 1947, persiguió a Orson Welles de por vida, ocupó lugar privilegiado entre los fantasmas de James Ellroy y se proyectó sobre en los últimos Lynch, aparece oculta en uno de los recovecos de la trama.
El último capítulo me espera calentito, calentito. Lo veré con la mujer más guapa (y tatuada) del mundo. En un rato os cuento.
Se la llevó. El tiburón, el tiburón…
diciembre 17th, 2011 • Sin categoría • No comments
(por Ibán Manzano)
Un escualo mecánico espera, sumergido en un recodo del tour por los Estudios Universal, a que el desprevenido visitante se acerque lo suficiente como para arrancarle medio brazo de un mordisco. Réplica autómata para una atracción que transforma en amable material de parque temático una de las cimas del terror de los setenta. Concretamente del verano de 1975. Muchos hitos se concentraron alrededor del estreno de Tiburon de Steven Spielberg. Por primera vez una película era exhibida de manera simultánea en las salas de todo el país, los rasgos que definirían al blockbuster quedaban configurados y al mismo tiempo las playas se vaciaron ante un ataque colectivo de selacofobia (palabra que según Internet designa el miedo irracional a los tiburones).
Phenomena -esa iniciativa consagrada a la recuperación de la sesión doble palomitera- incluye en su programa de esta semana una combinación letal de (¡menudos animalillos!) Tiburón y Alien. En el fondo dos variantes distintas de pesadilla zoofílica. Para ser honestos la segunda es mucho más repugnante: Alien sigue siendo a día de hoy uno de los cuentos de horror que mejor conjura los temores sobre la reproducción. Como bien sabe el selacófilo (palabra que según mi invención describe el amor irracional a los tiburones), Tiburón tampoco se queda atrás. El gran tiburón blanco que busca aguarles el verano a los habitantes de Amity Island fue una puesta al día de los sangrientos sucesos que sacudieron las costas de Nueva Jersey en 1916. La clave estuvo en pulsar (tras multiples idas y venidas con la novela original) los resortes adecuados que hicieron del tiburón protagonista una amenaza perpetua a la civilización. La imagen, casi apocalíptica, del tiburón moribundo, en el extremo de la balsa, rodeado de tablones, barrotes de jaula y demás utensilios, como si de en un vertedero se tratara, frente a tres hombres en caza melvelliana (el universitario, el viejo lobo de mar y el agente de la ley) evoca con mucha precisión el fin de todo-lo-conocido. Aparte de la conexión directa vía banda sonora, no son pocas las secuencias que podrían haber sido planificadas por el mejor Hithcok, como la de la broma acuática o la del primer ataque del tiburón. Psicosis, otra película sobre el fin de las certezas, no queda demasiado lejos.
Volver a ver Tiburón por xx vez (rellene según el caso) es mucho mejor idea que perder el tiempo con esa tontería que todavía se encuentra en algunos de nuestros cines llamada Tiburon 3D: La presa, que de mala que es parece existir sólo para hacer (aún) más divertida por comparación a Piraña 3D, la cual por cierto estrena secuela el verano que viene y previsiblemente contendrá más pirañas, más tetas y más genitales masculinos desgajados. Pero quizás el acontecimiento más importante de la galaxia tiburón este año haya sido la publicación de Memories from Martha’s Vinayard, un exhaustivo recorrido por el rodaje de la localidad en la que se filmó la película. Anécdotas, fotos, entrevistas. Uno de esos imprescindibles que alegran nuestras estanterías.
La sesión de Phenomena guardó una sorpresa más. Entre el público, a apenas tres asientos de mí, estaba sentada la experta sentimental número uno del mundo en el tema tiburones. Ella también a la caza de su ballena blanca.
Eso sí, mi tiburón favorito de todos los tiempos sigue siendo el de The Life Aquatic. Espero que él se acuerde de mí tanto como lo hago yo.
Las Brontë
noviembre 26th, 2011 • Sin categoría • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Apreciemos el gesto. Con la Fnac tomada por monstruos marinos que les tienen ganas a las hermanas Dashwood y con las principales listas de ventas copadas por plagas zombies invadiendo la Mancha de Alonso Quijano, que Cary Fukunaga haya puesto en pie una, otra, versión totalmente respetuosa, como la que se estrena este viernes, de Jane Eyre tiene mucho de arriesgado. Fukunaga no busca nadar a contracorriente, pero no hay duda de que el cineasta se siente cómodo insuflando vigencia a un texto que en boca del reparto adecuado suena más actual que nunca. Hace unos años, Joe Wright le sacudió el polvo a Orgullo y prejuicio con una deliciosa revisión repleta de vitalidad. La operación Jane Eyre 2011 está planteada en un registro más melancólico, pero responde a la misma lógica, incluso cuenta también entre sus filas con Judi Dench, no vaya a ser que nos perdamos. El entusiasta de los amores fou tiene aquí nueva excusa para sacar kleenex y echar unas cuantas lágrimas con las idas y venidas de Jane y el avinagrado Rochester. Y al menos una escena, la de su primer encuentro, que merecerá ser rescatada en futuras monografías sobre el tema: amor y horror paseando de la mano en un lúgubre páramo. Como buen romántico que es, Fukunaga apuesta por el paisaje como la clave de todo. En complicidad con el director de fotografía Adriano Goldman, ha filmado este gran amor en atmósfera prerrafaelista y sombría temperatura emocional. Su película funciona mejor en la primera hora, cuando es más desatada, menos consciente de su material de partida. Ahí lo sublime se esconde dentro de cada árbol, en cada rayo, tras cada puerta cerrada en lo alto de una mansión abandonada repleta de secretos y sobre todo en la cabeza de Jane Eyre.
Resulta curioso, y posiblemente no sea indicativo de absolutamente nada, que casi simultáneamente nuestras pantallas vayan a recibir otra adaptación de las hermanas Brontë, concretamente el Cumbres borrascosas de Emily. Esta vez con la menos ortodoxa Andrea Arnold a los mandos y con al menos dos infidelidades de primer orden: 1) la más mediática y también la que menos me interesa, Heathcliff es ahora negro (el único aporte son ciertos matices colonialistas al argumento) y 2) la osadía de coger EL MELODRAMA, así en mayúsculas, y despojarlo de artificios. Y ya sabemos que un melodrama sin artificios es como Nicolas Cage sin peluquín. Y esto sí me interesa mucho más. Para ser sinceros, la jugada les ha salido algo fallida. Andrea Arnold marca tanto su estilo que lo antepone a sus personajes, con lo que resulta imposible empatizar con ellos. Por el camino queda un trabajo visual impresionante, superior incluso al de la película de Fukunaga. Esta vez su habitual Robbie Ryan, premio a la mejor fotografía en Venencia, pinta un lienzo impresionista sobre los tormentos del corazón, con una paleta visual inspirada en unos elementos (agua, fuego, tierra, aire) que poseen la pureza del primer beso. Apreciemos también el gesto.
Mientras veía la segunda de ellas, tuve una revelación. Pensé que la adaptación definitiva de las Brontë podía surgir del cruce de caminos de las películas de Fukunaga y de la de Arnold, de lo mejor de cada una de ellas. La primera comprende mejor a los personajes. La segunda, al paisaje. Si algún proyeccionista está leyendo esto y se ofrece a hacer un mix entre ambas cintas, créeme, le estaré eternamente agradecido.
El jefe de todo esto
noviembre 12th, 2011 • Sin categoría • No comments
(por Ibán Manzano)
El primer plano de Boss (una silla vacía en medio de un hangar, una bandera norteamericana desenfocada al fondo) conecta, probablemente de una manera inconsciente, con esa larga tradición que reinterpreta El Mago de Oz de Frank L. Baum como un texto político capaz de explicar el zeitgeist desde la Norteamérica post secesionista hasta la de hoy día. Los historiadores han querido ver en las desventuras de Dorothy una alegoría del enfrentamiento entre partidarios de oro y del bimetalismo a finales del siglo XIX. Existe otra interpretación más transparente que hace de eso que se conoce como sueño americano su nucleo duro. Como bien es sabido, el cuento relata la audiencia que el misterioso Mago concede a 4 personajes (Dorothy y amigos) que llegan desde distintas partes de Oz (y Kansas) a reclamarle un don. Pero el hombre tras la cortina resulta ser un farsante, la tramoya que sostiene la representación, una silla vacía. El Mago para salvar su crédito recurre a un truco de alto riesgo, enseñar a cada personaje que basta con echar un vistazo a su cabeza de paja o a su piel de hojalata para encontrar el cerebro o el corazón (que cada uno escoja) que tanto ansían. He ahí la paradoja. El Mago no hace ningún número de magia, carece de poderes verdaderos, pero su presencia es necesaria para el autoaprendizaje. Una impostura que ha alimentado el sentir del país de baldosas amarillas (ahora me refiero a Estados Unidos) durante los últimos ciento y pico años.
Volvamos a esa silla vacía. Será ocupada por el Mago de Oz de Chicago. El alcalde Tom Kane. Un político en desahucio, una presencia borrosa tanto por la manera en la que ha conducido su gobierno (en claroscuro) como por el anuncio de que padece una variante poco común de una enfermedad degenerativa. El cuadro clínico, en esa primeras escena, que constituye uno de los grandes alumbramientos televisivos de la última generación, es desgranado en una jerga médica nada amigable por la doctora Elle Harris. Kelsey Grammer, en un reciclaje interpretativo de una intensidad poco habitual, lucha por dotar en plano fijo a ese monólogo deshumanizado de alma. Algunos críticos han apuntado al parecido entre esta premisa y la de Breaking Bad. A mí me viene a la cabeza otra ficción catódica de índole político, El Ala Oeste de la Casa Blanca. Uno de sus arcos argumentales principales, y que fusilaba parcialmente Tempestad sobre Washington, jugaba en la misma liga.
Pero sigamos con la silla. Porque esta es también una imagen recurrente dentro de la filmografía del director del episodio piloto, Gus Van Sant. Un cineasta especializado en cargar de semántica el vacío. Como ya se ha señalado, Boss parece prolongar parte del discurso del Van Sant de Mi nombre es Harvey Milk. Estamos ante otra lección de política en vivo. Una recreación extenuante de la conquista de los espacios urbanos por parte de los poderes fácticos que articulan la, en este caso, ciudad de Chicaco: las asociaciones de padres, el lobby de la construcción, la ubicuidad de la prensa. Los cuatro capítulos emitidos hasta la fecha tejen un tapiz de influencias, corruptelas y sonrisas a cámara que tiene pinta de que seguirá extendiéndose.
Con Tom Kane, el canal Starz ha puesto la última baldosa amarilla en ese pavimento de malditos hijos de puta que deciden sobre el precio de pan y que no te gustaría se cruzaran con tu hija en un aparcamiento abandonado. Una línea directa, casi siempre vinculada a la cadena HBO, que arranca en 1999 con Tony Soprano y progresa con Will Bil Hickcok y Nucky Thompson. Su última parada, por el momento, son las lustrosas alfombras del consistorio de la ciudad del viento. Todos estos hombres, aparte de ejercer el poder en diferentes grados de disimulo, comparten su condición de fin de raza. Se los desprecia, pero se los necesita. Hay cierto aroma de déja vu en la construcción de Kane, precisamente porque otras series ya han trabajado sobre este material. Es quizás el único pero que se me ocurre (aunque tengo una teoría loca sobre la necesidad de la cámara de moverse mucho más) para el estreno del año. Resumen, Kelsey Grammer ya no ríe y un silla vacía da mucho juego.
La geometría del amor
noviembre 7th, 2011 • Sin categoría • 2 comments
(por Ibán Manzano)
Pero ya en serio, ¿qué diablos fue lo que ocurrió en el interior de las oficinas del 745 de la 7ª avenida durante esos días en los que, como repiten las cabeceras económica cual mantra, la fiesta tocó a su fin? Hasta la fecha apenas Los últimos días de Lehman Brothers y Too big to fail, telefilmes respectivos del sello BBC y de la HBO, habían aceptado el reto de dramatizar el 11-S de la economía. Margin Call, recibida con buenas palabras en Sundance y Berlín, es la última parada en ficciones sobre la Crisis. Cierto es que J.C. Chandor no menciona en ningún momento ni a Lehman ni a Brother ni a ningún otro banco de inversión o agencia fiduciaria implicada en el mayor atraco de la historia. Tampoco hace falta. Esta vez, cualquier parecido con la realidad SÍ es algo más que una coincidencia. Margin Call, decíamos, es nueva parada en el recorrido por el Apocalipsis financiero, pero pese al notable interés, sus graves problemas de dramaturgia la alejan de ser la estación término que nos hubiera gustado.
El plano inicial de Margin Call, una acelerada vista aérea de Wall Street, ahonda en esa idea que ya latía disimulada en Inside Job. La de la arquitectura, en este caso el skyline neoyorquino, trazada por la mano acerada del liberalismo. Se echa en falta más poso, pero no hay duda de que los mayores aciertos de de Margin Call recaen sobre la construcción del espacio. El jefe que tras 34 años lucha por mantener a raya un despacho despersonalizado mediante el retrato de una perra moribunda, el tiburón financiero que desciende de los cielos cual demiurgo a punto de soltar la espada de Damocles sobre nuestras inocentes cabezas de corderitos o esas escaleras mecánicas como expresión máxima de la alienación. No estamos en los niveles de degradación del Rascacielos de Ballard (eso requeriría mucho estiércol), pero la sola sugerencia de Wall Street como un decorado trazado por el innombrable capitalista, un telón de fondo en el que siempre se representa la misma e incomprensible tragedia, resulta ya de por sí perturbadora. En esa lucha entre lo vertical (el rascacielos, ellos) contra lo horizontal (nosotros, los de abajo) era donde precisamente operaba el párrafo de despedida de El club de la lucha, tan de actualidad hoy día.
Claro que es simplista reducir la lucha de clases a una dialéctica de ángulos rectos, pero forma parte de nuestra legítima búsqueda de un relato que nos explique lo que de verdad está ocurriendo. No en vano, hay quien estos días recurre a los mitos para aclarar por qué Grecia se comporta como el Edipo de la Zona Euro o quienes vemos en el discurso de nuestro presidente y sus 7 años de gobierno las mismas estrategias que las de un guionista de Lost (cliffhangers, jump the shark). Todo esto no es más que pura literatura. Simple geometría variable. Pomada para las heridas. Pero no por ello deja de ser necesario. En From Hell, Alan Ball puso en boca de William Gull toda una geografía subterránea y masónica del Londres finisicular. Bajo ese prisma, podríamos afirmar que hubiera bastado con echar un ojo al mapa del perímetro de Nueva York para anticipar la que se nos venía encima. En el alzado, la planta y el perfil estaba resumido eso que desde hace un tiempo no nos deja conciliar el sueño por las noches.
American Horror Story X
noviembre 1st, 2011 • Sin categoría • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Está siendo una temporada de decepciones televisivas. Entre lo poco que se salva destaca American Horror Story, hiperkinético psicodrama sexual construido a partir de escombros de diversas producciones, especialmente de la tradición de casa encantadas. Las casas encantadas por cierto parecen haber regresado para quedarse, si no fijémonos en la concurrencia de Insidious, Paranormal Activity 3 o incluso Emergo (vista en Sitges). Cuando se le pregunta a Ryan Murphy (y a su cómplice habitual, Brad Falchuck) por la inspiración tras sus obsesiones temáticas, las cuales funcionan muchísimo mejor cuando no se toman demasiado en serio a sí mismas, el creador de Glee cita sin pudor referentes más clásicos como los de El resplandor, La semilla del diablo y… el café. La cafeína es clave para entender el proceso de escritura de una serie que levanta a toda velocidad los felpudos de los Harmon y de su debacle conyugal, cuyo último acto transcurre en el interior de una singular morada, casi un parque temático del horror que aporta a la historia americana una desquiciada cronología del fracaso de su institución familiar en el último siglo. Los pioneros abortos clandestinos del doctor Charles Montgomery de 1922, fecha en la que se edificó la mansión, quedan conectados con los brotes psicóticos de los pacientes del no por nada también doctor Ben Harmon en una línea tan poco casual como bizarra y de la que se seguiremos desvelando secretos en próximas entregas.
American Horror Story supone además la consolidación de un modelo catódico que probablemente empezó a fraguarse en las últimas temporadas de Lost (sobre todo la cuarta y la quinta) y al que la actual edad de plata de la televisión (que arrancó en 2007 con Mad Men, como réplica a la edad de oro que abarca de 1999 a 2004) y caracterizada por el manierismo argumental lleva aspirando desde entonces. Me refiero a un tipo de ficción en la que la trama (a poder ser chifladísima) adquiere una relevancia que ya quisiera para sí cualquiera de los personajes que la sustentan. Algunos secundarios son trazados con un par de pinceladas y, si le han pillado a Murphy en un buen día, despachados con una réplica aguda. Después de todo, ¿a quién le importa los cargantes y tediosos pacientes del Doctor Harmon cuando hay un hombre de látex escondido en los pasillos? El capítulo de Halloween, cuya segunda parte se emitirá mañana, nos sirve como baremo para medir la temperatura narrativa de la serie y descubrir hasta qué punto eso llamado coherencia puede flexibilizarse. De momento parece que es más elástica de lo que apostábamos. Feliz Día de Todos los Santos.
Semana Tintín. Crítica de El secreto del unicornio
octubre 30th, 2011 • Tintinazos • No comments
(por Ibán Manzano)
Establecimos contacto visual con el Capitán Haddock por primera vez en las páginas de El cangrejo de las pinzas de oro, noveno álbum de la colección y aportación esencial a la familia Tintín. Robaescenas nato, con su incorporación, Las aventuras de Tintín evolucionaron a una buddy story en la que él ejercía de contrapeso adulto (y paradójicamente inmaduro) del reportero francobelga. Con tan sólo un par de recursos cómicos (alocholismo + disposición al insulto fácil) monopolizó ya en aquella temprana historieta casi todos los gags y eclipsó a cualquiera que se atreviera a compartir viñeta. Ser el alivio cómico de Tintín fue tan sólo la primera de las pieles que adoptaría el viejo marino de mar y no necesariamente la mejor, esa vendría con el tiempo cuando acabara reciclado en padre adoptivo del aventurero de bombachos.
Quizás así quede claro algo, lo de Spielberg con Tintín no se limita a unas cuantas deudas impagadas (las simultaneidades con En busca del arca perdida), sino a una misma experiencia compartida (la imposible búsqueda del padre). Por eso tampoco sorprende que los tomos escogidos para El Secreto del Unicornio, primera de las tes partes de esta nueva saga, hayan sido aquellos que reconstruyen las raíces del Capitán (El cangrejo de las pinzas de oro, El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el rojo). Puede que como apunta Jordi Costa la adaptación más estimulante de Tintín siga siendo Life aquatic (2004) y puede también que la definitiva, cuando llegue, acabe por parecerse demasiado a la pirueta que Hugo Pratt ejecutó en El último vuelo, panegírico a la figura doble e indisociable el Principito/Antoine de Saint-Exupéry. Pero Spielberg no es Wes Anderson. Su versión es, pese a las muchas infidelidades en letra y fondo, todo lo ortodoxa que cabría espera. Spielberg ha preferido respetar el original, inflamándolo de asombro, con un mecanismo de ingeniería que sintetiza con precisión las tres historietas y cuyo funcionamiento interno algún día nos debería explicar su equipo de guionistas.
Para que mi alegría fuera completa, mi relación con la motion capture debería estar pasando por una etapa menos complicada (que diría Facebook). No sé si el problema es mío (no controlo estos códigos) o que sospecho que a esta clase de animación la carga el diablo (pienso en la teoría del valle inquietante), pero no conecté como me gustaría con un trabajo por lo demás 100% estimulante. Porque el nivel es altísimo, el gusto por el detalle exquisito y la ambientación una gozada (se me ocurre pensar en las aventuras 3 y 4 de Broken Sword). Y qué decir de una planificación sin margen para el error que lo mismo nos deja con la boca abierta con una set piece a bordo de una avioneta amarilla que convierte la ficticia Bagghar en tablero de juego con Bianca Castafiore como reina de corazones. Este es un universo de coordenadas masculinas, colonialistas y de alguna manera desencantadas. Quizás el mismo que habita Indiana Jones, eslabón entre Tintín y Haddock, y en el que nos cruzaríamos con Porco Rosso, Corto Maltese, Max Friedman y por supuesto el Principito. Y me gusta pensar que ese universo es también el legado que Hergé le dejó a Paul Remi, su hermano 5 años menor, cuyos gestos copió para Tintín y congeló en una adolescencia eterna. Es cierto que esta vez no he entrado en este océano de maravillas, pero ¡mil rayos y centellas! que me aspen si piensan que voy a dejar de intentarlo en las dos siguientes entregas.
Semana Tintín. El affaire Lost
octubre 27th, 2011 • Tintinazos • 1 comment
(por Ibán Manzano)
Vuelo 714 para Sidney, que apareció en las páginas del seminario Tintín en septiembre de 1966, fue saludado como una vuelta al canón tras las anteriores paradas, de carácter mucho más experimental, de Tintín en el Tibet (una aventura intimista) y Las joyas de la Castafiore (una aventura íntima). Para cuando terminó su publicación, en noviembre del 67, el tintinófilo de pedigree ya había detectado que Vuelo 714 para Sidney sólo se podía tomar como un regreso a lo conocido en las apariencias. Bajo la superficie (deslumbrante, con peripecias prodigiosas y con la recuperación de Rastapopoulos para la primera división) se encontraba un nuevo trabajo en el que Hergé sacaba réditos de tensar en la medida de lo posible la línea clara. Si en Las joyas de la Castafiore se servía de las estrategias de un mago que sacaba de la chistera un conejo, en Vuelo 714 para Sidney optó por el ilusionismo y por suspender la incredulidad del lector (y de los personajes) con un final que llevaba de vuelta a la casilla de salida. Es posible que esta sea una de las razones por las que se trate de uno de los álbumes más discutidos de la colección, además de porque se deja sentir en sus páginas el gusto por lo paranormal que profesaba su autor (y tan presente en los medios en aquellos años), lo que lo convierte en uno de las escasos tomos que aceptaron elementos de ciencia-ficción (quizás junto a La estrella misteriosa el puente más directo con Blake & Mortimer), así como en una temprana manifestación, una década antes, del término jump the shark.
El amante de Lost es, sin lugar a dudas, de las personas sobre la faz de la tierra que mejor saben de qué va eso de saltar el tiburón. Fue su pan de cada día durante 6 años. En el amplio muestario de pistas ocultas que los guionistas de la serie fueron esparciendo a lo largo de los episodios y que comprenden a Homero, la Biblia, Alicia en el País de las Maravillas, Borges, episodios puntuales de La dimensión desconocida y la dramaturgia superheroíca no debería faltar en ningún caso Vuelo 714 para Sidney. Aparte de la conexión directa con el titulo (el vuelo 815 partía hacia Sidney), comparten razones argumentales (el avión que se estrella, la isla desierta que no lo está, las escotillas, el volcán, ruinas de antiguas civilizaciones, electromagnetismo) y un hallazgo similar (el juego con el olvido). Mejor miraos esta entrada, que lo explica con muchísima más gracia. Pero es que además, si afinamos un poco la vista sobre las andanzas del reportero con bombachos, es posible que nos demos cuenta de que hay un vínculo menos obvio pero más profundo, al sintetizar el encuentro secreto entre un hijo ( Tintín) y su padre adoptivo (Haddock) en unos términos llenos de encanto y melancolía. El Castillo de Moulinsart es el único refugio que le queda a tipos como Christian Shephard y Anthony Cooper. Porque supongo que no hace falta que os recuerde que de otra cosa no, pero de conflictivos amores padre-hijo está llena la isla de Perdidos. ¿Verdad Jack?
Semana Tintín. Carta de amor a la Castafiore
octubre 25th, 2011 • Tintinazos • No comments
(por Ibán Manzano)
De niño. El primer cómic del que me enamoré fue La estrella misteriosa. Me gustó tanto que mi padre me regaló por mi cumpleaños Las joyas de la Castafiore. ¡Qué enorme decepción! Me explico. Las joyas de la Castafiore es una de las joyas de la corona, valga la redundancia, de Hergé, pero para un crío de, no sé, ¿7 ó 8 años? es todo un bajón, un cómic antipático. El propio Hergé reconoce su carácter experimental y que no buscaba otra cosa que explorar “hasta donde alcanzaba el arte de narrar”. La acción transcurre en exclusiva en el Castillo de Moulinsart. El capitán Haddock se tropieza con un escalón rebelde y queda postrado por un esguince. Es la antiaventura por definición, el anticlimax.
De adulto. Luego crecí, lo releí y cambié de idea. Las joyas de la Castafiore es una delicia. Un Tintín crepuscular. Una comedia de enredo de ejecución cronométrica, un vodevil satírico sin pausa, una sucesión de golpes de ingenio con espacio tanto para el chiste verbal, el malentendido argumental o el gag físico. Es una obra además fertil en interpretaciones. Albert Ullibarri ha reconocido en su estructura la misma que la de una “pieza musical”. Álex de la Iglesia, que relacionó (acertadamente) a Hergé con Hitchcock, la considera su Pero, ¿quién mató a Harry? (aunque la salvaje expresión en tecnicolor de la pesadilla doméstica del Capitán Haddock me recuerda más a su heredero natural, David Lynch). Para otros expertos se trata de la obra en la que Hergé mejor puedo expresar su entusiasmo por las vanguardias del siglo XX. El belga se comporta aquí como un pintor abstracto, únicamente interesado por el ritmo. La colección de traspieses y réplicas es sólo eso, pura velocidad. Si nos fijamos, nada ocurre realmente (un robo que no es un robo), pero el movimiento es incesante.
De viejo. Las joyas de la Castafiore es como el descanso del guerrero. Ua celebración de lo cotidiano. La aventura más difícil es la del hogar. Hergé estableció contacto corporal con sus criaturas como nunca antes lo había hecho. La intimidad de Tintín hechizado por los cantos gitanos, el gusto por el cultivo de flores blancas del Profesor Tornasol y sobre todo el Capitán Haddock. Haddock se afianza en esta historieta como el verdadero protagonista de Las aventuras de Tintín. Su mirada azufrosa, su gesto abrupto, incluso su desacuerdo sentimental con el Ruiseñor de Milán con maneras de screwball comedy revelan al Titán de toda esta historia y puede que de paso al autor. Bianca Castafiore da en el clavo cuando dice de él “bajo esta ruda corteza oculta a un alma inocente”. Bianca canta bien y además es muy lista.
Semana Tintín
octubre 24th, 2011 • Tintinazos • 1 comment
(por Ibán Manzano)
En la crítica que Jordi Costa acaba de publicar en Fotogramas.es no todo son elogios para Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio, pero casi. El affaire Tintin-Spielberg se remonta, como gusta explicar al Rey, al estreno en Francia de En busca del arca perdida. Spielberg se topó con una reseña escrita en la lengua de María Antonieta de la que únicamente fue capaz de distinguir un término que, como el estribillo de una mala canción popular, se repetía sin tregua: Tintín. Spielberg le pidió a su de entonces secretario que le comprase los álbumes de ese reportero franco-belga de nombre tan peculiarmente tonto. La secuencia es fácil. Spierberg los lee (al parecer empezó con Las 7 bolas de cristal). Su cerebro hace “click”. Su corazón, “boom”. Y se siente iluminado por una revelación mesiánica: él es El Elegido para hacer que Tintín “eche a andar”. 30 años han sido los que ha tardado en dar caza al reportero de tupé imposible con el único alivio de algún homenaje por el camino (como este que la semana pasada me recordó El Emperador de los Helados).
Para mí esta es una semana importante. Me considero un tintinófilo. Entre Tintín y Astérix yo me quedaba de pequeño con Tintín (y mira que a mí lo de la marmita mágica me ha hecho siempre mucha gracia). No sé si soy el más listo de la clase en la materia, pero daría mi brazo derecho por compartir mis melopeas (estoy en medio de una) con un viejo lobo de mar como el Cappitán Haddock (la Wikipedia lo define asombrosamente como una mezcla de granjero y marino). Puede que incluso mis problemas con las mujeres empezaran con Bianca Castafiore. Y como es una semana importante pienso dedicarla a cosas importantes: releer las aventuras claves de Tintín (ya lo estoy haciendo de hecho), revisar las películas de acción en vivo (una naranja valenciana mutante es el inquietante macguffin en una de ellas), o escucharme esta lista de reproducción que imagina la música que llevaría Tintín en su iPod.
También está la portada de la revista Time. Volviendo a Jordi Costa, os decía que le pone algún pero a El secreto del Unicornio. Sobre todo en lo que tiene que ver con la complicada relación entre la motion capture en 3D y la línea clara. La portada de Time parece decirlo todo sobre este dilema que probablemente haga que los más talibanes dejen la butaca llena de arañazos y que el resto se entreguen a un debate apasionante sobre el vocabulario de dos expresiones de la animación empujadas a un choque de trenes a alta velocidad. Hay una anécdota, que a saber si es verdad, que tiene que ver con el momento en el que Spielberg se enfrentó a la lectura de Tintín acompañado de una buena pipa (detalle inventado). El cineasta que se había propuesto conquistar el mundo (¿o ese era James Cameron?) seguía sin tener ni papa de francés, pero esta vez, no se le escapó nada. Entendió cada viñeta a la perfección. Y es que es lo que tiene la línea clara: es universal.
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