Pilotos: Luck + Alcatraz

(por Ibán Manzano)

1) LUCK. Prometo no hacer ningún chiste malo que incluya carreras de hípica y apuestas deportivas sobre Luck, el caballo ganador (ya he caído) de la HBO para el primer tercio del año. El hipódromo de Santa Anita, con todo el tráfico de dinero y sueños rotos, que suelen mover este tipo de competiciones, será el nuevo laboratorio (como antes lo fue Nueva Jersey, Baltimore, el Oeste fronterizo, la antigua Roma, los casinos de Atlantic City y Poniente) desde el que la cadena por cable estudiará las relaciones que estructuran el Poder. En una estrategia curiosa, el episodio piloto fue emitido el pasado diciembre pese a que Luck no arranca oficialmente hasta este domingo. Digo en una estrategia curiosa, porque el piloto de Luck resulta voluntariamente informe. No interpretéis esto como un reproche, al contrario: como muchas de sus hermanas Luck asume que la serie televisiva es el equivalente a la novela decimonónica.

Los primeros 60 minutos de lo nuevo de David Milch (al que le estaremos eternamente agradecidos por Deadwood) no son más que la primera piedra de una nueva catedral gótica que se irá edificando semanalmente en nuestra pantalla. El capítulo tiene además varios motivos para el regocijo: unos personajes con potencial para evolucionar corruptamente, primeras espadas en su reparto (Dustin Hoffman, Nick Nolte), una selección musical de aúpa y a Michael Mann tras la cámara. Michael Mann es para este que firma uno de los grandes. Algún día acabaré esa entrada en la que argumento que Inland Empire (David Lynch, 2006) es la otra cara de la moneda de Enemigos públicos (2009), por cierto una de las obras maestras de la pasada década. En esta ocasión, Mann está algo más comedido de lo habitual, por lo menos hasta que se lanza a filmar carreras de caballos en un digital de alta definición que deja sin habla.

2) ALCATRAZ. Vuestros tímpanos deben de estar reventados de tanto escuchar que Alcatraz es la nueva Lost o la nueva Fringe. Para ser sinceros la comparación no carece de base. El parecido es especialmente notable con la segunda. Lo cierto es que Fringe ya tenía algo de puesta al día (un día con cambiaformas, armas bacteriológicas y portales interdimensionales; un día de esos) de lo ensayado en Alias. El gran problema de Alcatraz es que uno no puede librarse de la molesta sensación de que a base de tanto fotocopiar los colores han acabado por diluirse. Todavía es pronto para llevarse las manos a la cabeza. La serie tiene una premisa de las que no se ven todos los días y sus responsables merecen que les concedamos un poco de paciencia. Ahora no nos acordemos demasiado, pero Fringe no tuvo exactamente una acogida calurosa cuando llegó a las pantallas hace cuatro años y, en cambio, mírala ahora, qué salud de hierro. Entre lo positivo a rescatar no sólo está el sugerente enigma central, sino un guiño hitchcockiano que demuestra conocimiento de causa y la agradable confirmación de que J.J. Abrams cada vez siente menos necesidad de justificar su abrazo a lo fantástico.

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