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La extraña historia de la Isla Panorama. El jardín de El Bosco
septiembre 17th, 2009 • 1 comment Sin categoría
Tags: Arnold Böcklin, La extraña historia de la isla panorama, Ranpo Edogawa, Suehiro Maruo
Si pensáis acercaros a vuestra librería y comprar ticket para La extraña historia de la Isla Panorama, os daréis cuenta enseguida: aquí el argumento es lo de menos. Suehiro Maruo se comporta antes que nada como ilustrador, como uno que aloja la certeza de que ese es el único camino para adaptar con justicia el original de Edogawa. Maruo liquida la trama abruptamente, de un plumazo, con la entrada del recurrente Detective Akechi, como si esta fuera una molestia, una rémora. El embrujo que hechiza a Maruo tiene el mismo encanto que el que envuelve a Hitomi, su protagonista, ambos recurrirán a una felonía para dar forma a su obsesión, por definición imposible. Hitomi se adueñará de la identidad de Komodo, un millonario con el que comparte un asombroso parecido, para utilizar su inmensa fortuna, mientras que Maruo hará lo propio con Hitomi, del que se valerá como excusa, para llevar a cabo su fantasía, que en realidad es la misma para los 2: proponer al visitante, si no al lector, un dionisiaco recorrido por la mitología occidental en clave pagana, erigir un poema sensorial a mayor gloria del placer, al pecado como epítome de belleza.
Hitomi recurre a un artilugio, un engranaje de infinitas perspectivas, para contener un Edén terrenal en los límites de la Isla Komodo, y Maruo, por su parte, recurre a otro, un cómic en el que glosar la iconografía cultural en unas ilustraciones que se derraman en su búsqueda del deseo. Ornamental y barroca, de detallismo perturbador, la Isla Panorama -o los dibujos de Maruo- siempre parece esconder un algo inquietante. A más hermosa, más perversa. Como si el Paraíso, de existir, fuera finito. Como si lo hermoso, cual Dorian Grey, fuera un monstruo maloliente que se arrastra en su descomposición. En el corazón de la Isla Panorama, Maruo e Hitomi ocultan un asesinato en un túmulo funerario, tomado directamente de La isla de los muertos de Böcklin. Lo que nos recuerda algo: que no hay parque de atracciones sin su tren de la bruja.

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