Posts Tagged ‘Brad Pitt’

Nostalg(h)ia

(por Ibán Manzano)

Este mediodía (a las 14.40 para ser más exactos) Jennifer Lawrence y un viejo verde que había-a-su-lado el presidente de la Academia han dado a conocer a los candidatos de la 84º edición de los premios Oscar. Sí, ya, lo sé. Os la sudan los Oscar. Lo peor es que os entiendo. Está lo de Crash en 2004 y bueno lo de Sandra Bullock. Pero los concursos de popularidad siempre han merecido mi atención y no iba a ser menos uno que tiene lugar bajo tal cantidad de focos. Después de todo, es durante la entrega de sus máximos galardones cuando Hollywood pone su maquinaria de comunicación a trabajar a pleno rendimiento. Vamos a hacer recuento. La invención de Hugo y The Artist lideran con 11 y 10 nominaciones respectivamente. La primera, cinta familiar en 3D, es un homenaje al cine mudo. La segunda, además de la última sensación de la temporada, es otro homenaje al cine mudo. Sigamos, en Midnight in Paris, Woody Allen se apunta a los viajes en el tiempo y transporta a Owen Wilson al París de 1920, época de efervescencia cultural que coincide con, lo habéis adivinado, los días de vino y rosas del cine mudo. De hecho, en un chiste memorable, Wilson le hace un Inception a un despistado Buñuel y le sugiere el argumento de la que será El ángel exterminador. Pero la cosa no acaba aquí. Todavía no he podido ver War Horse, pero los que ya han tenido la oportunidad confirman que este drama bélico con caballo es una epístola escrita desde lo más hondo del corazón spielbergiano a dos de sus antepasados (John Ford y David Lean). Como no hay que dejar puntada sin hilo, será Billy Crystal, embajador de los Oscar en los 90, el que nos dé la bienvenida el próximo 26 de febrero.

Al sociólogo de salón no le cabe duda de que no por casualidad el granjero de la Iowa de 1931 gastaba gran parte de su escasa asignación semanal en un novedoso espectáculo cinematográfico que acabaría por definir a la década. Estoy hablando de las películas de horror. Y es que los colmillos de Bela Lugosi daban miedo, pero ni la mitad que otra sangría mucho más común por aquel entonces, la de la cuenta corriente. La Gran Depresión había entrado en escena y América no estaba para fiestas. Esta mañana, El País llevaba en su portada uno de esos titulares a los que estamos ya tan acostumbrados que ni nos estremecemos, y eso que no es agradable descubrir  que están proyectando la película que arrasó en 1929 y que vuelven a contar con nosotros como cabezas de cartel. Podemos encontrar muchas similitudes entre lo que ocurrió con el Crack del 29 y lo que está ocurriendo ahora, pero también más de una diferencia. ¿La más clara? La industria audiovisual ha cambiado de remedio. Ahora su receta contiene exclusivamente altas dosis de morriña en píldoras. Cine prepúber, con dientes de leche, que no duela.

Reconozco que este análisis puede resultar tendencioso, pero incluso una cinta como Midnight in Paris, donde la nostalgia es cargada por el diablo, refuerza el diagnóstico: ante las turbulencias, Hollywood opta por aparcar (casi) cualquier discurso combativo y replegarse sobre sí misma. Las caracterizaciones de Tilda Swinton y Michael Fassbender han resultado demasiado turbias para los académicos, mientras que dos personajes que por diferentes motivos podían haber dado lugar a creaciones oscuras se han colado en la lista tras limar sus contornos (Margaret Thatcher y Marilyn Monroe). El muppet por delante del man. Quizás sólo sea parte de ese movimiento por recuperar el pasado que muchos analistas detectan y no haya que llevarse las manos a la cabeza, pero es que hasta Moneyball, una de mis favoritas y de las pocas nominadas que conecta con el presente, tiene algo de evolución optimista de La red social, de confianza ciega en el sistema. Me encanta la película, pero reconozco que me aterra que el general manager al que da vida Brad Pitt logre doblegar un deporte como el beisbol, fundamentado en músculo y tesón, a través de una lógica mercantilista. No sé, quizás me estoy volviendo paranoico y todo esto no sea más que una locura. Sólo quizás.

Por eso los Red Sox jamás ganarán la liga

(por Ibán Manzano)

Teddy Wayne ha conseguido con su primera novela algo por lo que muchos autores estarían dispuestos a matar, que se diga de ella que es la obra definitiva para explicar el 11-s y el actual crack financiero. Es posible que los expertos en la materia se lleven las manos a la cabeza y que tras la etiqueta sólo se esconda una calculada estrategia de marketing editorial, pero en esa carrera por encontrar la ficción-guía de nuestra debacle, Kapitoil merece ser considerada como una firme candidata al título. La primera sorpresa que se llevará el lector es que la novela no está ambientada ni en septiembre de 2001 (11-s real) ni en septiembre de 2008 (11-s de la economía), sino en las postrimerías de 1999. Karim Issar, experto qatarí en el efecto 2000 es destinado a las oficinas americanas de la firma Schrub para poner a punto sus sistemas informáticos antes de que finalice el año. Como el trabajo se le queda pequeño, Karim mata sus horas libres desarrollando un complejo programa que permite predecir las fluctuaciones de la Bolsa. Lo habéis adivinado, se trata del Kapitoil del título. Un programa de suma cero que transforma las desgracias ajenas en beneficios sobre el capital (verbigracia, los atentados en suelo árabe). El éxito del programa radica en (1) el matemático análisis que lleva acabo la mente de Karim sobre cualquier variable -el petróleo, el sexo o los cuadros de Pollock- y (2) su condición de extranjero que le concede ventaja a la hora de valorar aspectos que a los americanos de cepa les pasan desapercibidos.

La contraportada de Kapitoil define a Karim como un genio de las matemáticas y un incompetente social. No creo que a ningún ejecutivo de Hollywood se le pase por alto que el guionista más capacitado para entender los mecanismo mentales (y emocionales) de un personaje tan singular como Karim es Aaron Sorkin. En una feliz coincidencia, dentro de apenas unas semanas se estrenará en nuestras pantallas el último guión de Sorkin (escrito a cuatro mano con Steve Zallian), Moneyball, basada en la historia real de Billy Bane, el entrenador de un equipo de beisbol de Oakland que aplicó tácticas revolucionarias para compensar su escaso presupuesto en el traspaso de fichajes. Podríamos pasar horas analizando las semejanzas y puntos de encuentro entre Kapitoil y Moneyball (y por extensión también La Red Social). Una de las convergencias más evidentes radica en la reducción del beisbol a variaciones de mercado, pero también es una de las más superficiales. Merece mucho más la pena fijarse en otros aspectos. Por ejemplo, mientras leía la novela, convenientemente presentada como un diario que recoge los pensamientos del protagonista, tenía la impresión de que Karim Issar podía ejercer de puente entre el shakesperiano Zuckerberg de La Red Social y el Billy Bane de Moneyball. Una suerte de redención del primero que anticipa al héroe del segundo. Moneyball, por cierto, se abre con la siguiente cita: Es increíble lo poco que llegamos a saber del juego al que dedicamos nuestras vidas. No sé que pensáis vosotros de esta cita, pero no es de extrañar que Sorkin la haya escogido: le sienta como un guante a Moneyball, explica a la perfección la raíz del resto de su obra (y también la de Kapitoil) y de paso nos enseña que en la liga de la economía estamos condenados por ignorancia a ser jugadores de segunda.

La vida del árbol

(por Ibán Manzano)

Para ser sinceros, no hay nada nuevo. La historia es conocida. Una explosión espaciotemporal, formaciones de rocas conglomeradas dando lugar a Planetas, una bacteria replicante que desde una charca primordial expulsa sustancias químicas en lo que Eduardo Punset califica del primer acto de amor de la Historia. Y después, lo de siempre: el minúsculo pie de un recién nacido y, también, la muerte. Siempre ella. Durante este ciclo sin pausa es inevitable levantar la cabeza hacia las ramas y encomendarse a un Padre de muchos rostros. Puede tratarse del dios de una religión con libro o del balanceo de un océano de hojas. O en el caso de El árbol de la vida, de un cabeza de familia sureño de los días de Eisenhower, como en el de Perdidos lo era de Christian Shephard. No sé en qué lado de la ecuación os encontráis mientras leéis esto, si en el de los hijos o habéis ingresado ya al círculo de los padres. Yo sólo puedo hablar por el primer equipo, pero aunque no haga falta ser un lince para saber que la cosa cambia mucho de un extremo a otro, es posible que todos estemos de acuerdo en que hay según qué fracasos que nos preceden, los mismos que se reconocen por igual en Brad Pitt y Christian Shephard. Como padres, su error esencial es querer explicar a sus hijos cómo deben afrontar su futuro. Sólo hay un legado posible, enseñarles que la única certeza es la muerte. El árbol de la vida y la serie de J.J. Abrams, Damon Lindelof y Carlton Cuse (en especial su sexta temporada) están construidas como dos misterios de diferente timbre (el folletín de aventuras, el melodrama místico) que comparten la misma reivindicación de base de lo inescrutable.

Cuando John Cheever escribió La geometría del amor no creo que llegase a anticipar (o puede que fuera brujo) que su obra culminaría en cierta manera en un poema pantagruélico como El árbol de la vida. El angst de suburbio que comúnmente se caracteriza por recrear un sufrimiento localista (América, los 50) probablemente conectara ya en la literatura de Cheever con los misterios más profundos a partir de esa arquitectura secreta que la cámara flotante de Malick aspira a esculpir en el tiempo. Una misión casi suicida puesto que aquí el espacio y los días no son unidades tangibles, sino espectros que caminan por la cuarta dimensión que los surrealistas abrazaron como verdadera medida. La casa-fantasma que Malick filma desde la posición de un habitante incierto adquiere el aspecto del lienzo de un sueño. Lo natural entra por la ventana del comedor con tarkovskiana contundencia. Como bien han detectado algunos críticos, esta cronología de recuerdos al azar tiene una gran deuda que pagar no tanto con el cine narrativo, como con la tradición experimental de Jonas Menkas, radical empeñado en capturar, es todo un valiente, la felicidad en estado puro.

Desde su pase en el último Festival de Cannes, El árbol de la vida ha ido acompañada por un éxtasis crítico que amenaza con no dejarnos ver el resto del bosque. Como ocurre con la reciente La piel que habito, la crítica express (a la que me temo contribuyo) no puede hacer justicia (ni para bien ni para mal) a obras tan complejas. En parte porque las armas de reflexión no han sido suficientemente afiladas. ¿Poema new age, viaje astral kubrickiano u obra magna? Puede que las tres. Sin embargo, lo que está claro es que la belleza es una cuestión que no debe discutirse. No os hacéis una idea de lo que me ha costado escoger un único fotograma para esta entrada (el trabajo de Lubezki es de arrodillarse). Como tampoco lo que he sufrido para elegir sobre los demás un solo fragmento de la película. La tentación de quedarme con los dinosaurios está ahí, pero mi yo cursi siente especial predilección por la celebración del amor como tabla de salvación puesta en boca de Jessica Chastain. Hay que remontarse a Malas Tierras para convencernos de que Malick empezó a contarnos la misma historia, ya en 1972, que después se iría filtrando por cada recoveco de su filmografía: conocer, explorar, conquistar el Nuevo Mundo.

De Oscar (I). Minicrítica: Malditos Bastardos

Diane Kruger en Malditos Bastardos(por Iban Manzano)

¿Posibilidades de Oscar?: Más de lo que parece. El voto preferencial es su aliado.

Ya tiene ganado…: El galardón para Christopher Waltz. Y merecidamente, añado. Aunque se eche de menos la presencia de una Mélanie Laurent umarthurmanizada y de una gozosa Diane Kruger (¡maldita sea!, ¿de verdad hay alguien que se lo haya pasado mejor este año con su personaje?)

Minicrítica: Aunque en una onda bien distinta, cuando Francis Fukuyama anunció eso de El Fin de la Historia, ni harto de vino se hubiera imaginado una inminente forma de terrorismo por llegar, el cinematográfico, capaz de sacudir dicha Historia y, de paso, finiquitar a Hitler mediante un what if (tan de boga en Perdidos) urdido por un gamberro kamikaze conocido como Tarantino y por sus Malditos Bastardos, licenciados dinamiteros audiovisuales. Wilde hablaba de reescribir la Historia. Aristóteles apuntaba que la poesía es lo que esta no fue y, en cambio, debió ser. Y esta cinta, no quepa duda, es revanchista lírica. De la de la lira de Nerón.

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