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PER-TUR-BA-DOS!

Audition (Takashi Miike)(Por Ibán Manzano)

Los responsables del portal británico Total Film han elaborado una lista que contiene las que, siempre bajo su criterio, son las películas más perturbadoras que se han rodado nunca; un conjunto heterogéneo que alberga propuestas inquietantes de diversas latitudes -España incluida- y que revela a Takashi Miike y a David Lynch -los únicos que repiten- como los dos cineastas en activo más dotados para provocarnos náuseas. Nada que no supiéramos. La selección incluye Audition y Visitor Q del primero, y Cabeza borradora y Terciopelo azul del segundo, pero bien podrían haberse intercambiado por cualquier otra inquietante joya de la filmografía de ambos. Si algo comparten los dos cineastas es su potente capacidad expresiva para las atmósferas escalofriantes, Miike a partir de materiales ajenos se ha movido como un camaleón a lo largo de su dilatada trayectoria marcada por los cambios de piel pero también por el mínimo común múltiplo exigido a sus trabajos, una intensa carga de desasosiego ante la que el espectador no logra practicar el arte de la indiferencia. De David Lynch podríamos afirmar que se trata del director de terror no acreditado más terrorífico que existe. Si alguien no nos cree que apague las luces, baje las persianas y se revise los primeros 20 minutos de Carretera Perdida. Me juego el brazo a que no encuentra una snuff movie comparable.

El artículo también incluye una selección de sickest scenes repletas de canibalismo, bebés deformes, sexo entre criaturas y otras lindezas a las que merece la pena echar un ojo. La más sórdida, por supuesto, corresponde a Antichrist. Charlotte Gainsbourg ataca a los genitales de su marido Willem Dafoe y se masturba mientras este eyacula sangre. Sí, parece que Lars Von Trier no tenía lo que se llama un buen día.

(Vía Universo David Lynch// La lista completa)

1. “El exorcista” (“The Exorcist”, 1973), de William Friedkin
2. “Threads” (“Threads”, 1984), de Mick Jackson
3. “Audition” (“Ôdishon”, 1999), de Takashi Miike
4. “Eraserhead” (1977), de David Lynch
5. “Tras el cristal” (1987), de Agustí Villaronga
6. “Holocausto caníbal” (“Cannibal Holocaust”, 1980), de Ruggiero Deodato
7. “Saló, o los 120 días de Sodoma” (“Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975), de Pier Paolo Pasolini
8. “Visitor Q” (“Bizita Q”, 2001), de Takashi Miike
9. “Funny Games” (“Funny Games”, 1997), de Michael Haneke
10. “Felicidad” (“Happiness”, 1998), de Todd Solondz
11. “I Spit On Your Grave” (1978), de Meir Zarchi
12. “Men Behind The Sun” (“Hei tai yang 731″, 1988), de Tun Fei Mou
13. “Nekromantik” (1987), de Jörg Buttgereit
14. “Irréversible” (2002), de Gaspar Noé
15. “La última casa a la izquierda” (“The Last House On The Left”, 1972), de Wes Craven
16. “Flowers Of Flesh And Blood” (“Ginî piggu 2: Chiniku no hana”, 1985), de Hideshi Hino
17. “La naranja mecánica” (“A Clockwork Orange”, 1971), de Stanley Kubrick
18. “The Human Centipede” (2010), de Tom Six
19. “Aftermath” (1994), de Nacho Cerdà
20. “Begotten” (1991), de E. Elias Merhige
21. “Sucedió cerca de su casa” (“C’est arrivé près de chez vous”, 1992), de Rémy Belvaux y André Bonzel
22. “Martyrs” (2008), de Pascal Laugier
23. “Shivers” (1975), de David Cronenberg
24. “Terciopelo azul” (“Blue Velvet”, 1986), de David Lynch
25. “Anticristo” (“Antichrist”, 2009), de Lars von Trier

Crítica: Anticristo (Antichrist)

Willem Dafoe & Charlotte Gainsbourg en Antichristo (Antichrist)

Valoración ****

Que la Gainsbourg acabe como acaba en Anticristo (Antichrist, 2009) no sorprende demasiado, tal como se las gasta su personaje, otra cosa es el grado de radicalidad que alcanza. Anticristo es una metafórica, freudiana y simbólica relectura del Génesis en un Edén retorcido de cuyas ásperas ramas surge una Eva demoniaca que busca arrancarse el clítoris a bocados. Con estructura de cuento, en este caso, cuento de horror, y Bergman como material en el que hundir sus manos, Von Trier recorre caminos más físicos y dolorosos, y vaya si duelen, de la mano de un matrimonio atormentado por la pérdida nada casual de un hijo, y acaba por exponer una alegoría sobre la naturaleza del pecado, del pecado original: el raciocinio masculino, el orden, en definitiva, intenta someter con su lógica paternalista las pulsiones de la tierra madre, la naturaleza intratable que se revela de 1000 y 1 maneras, escapando por los uterinos enraizados del caos que se concitan en la profundidad del sexo de una mujer. O en la pesadilla de un bambi siniestro con su cría a cuestas.  Lo que empieza con el fin de una vida desemboca en la negación plena de cualquier posibilidad de otra, la anulación del origen, un agujero vital que se vuelve agujero negro a medida que se cercena. La única convivencia real pasa por la ablación.

Nada sería Anticristo sin Gainsbourg, liberada en el tour de force de la que, desde ya, es LA escena y Defoe, que no la da tregua en esta casquería sin fin.  Hay mucha tela que cortar en Anticristo, el tiempo dirá hasta que punto es o no una gran película. Por supuesto, hay peros, el festival de sordidez temprana no deja asideros para la empatía con sus personajes, algo que no ocurría en Dogville, donde el danés se tomaba muy en serio hacernos querer a Grace antes de pasar a la acción. Aparte de algunas discutibles ínfulas de más, Anticristo es un tratamiento de choque, una narración hipnótica ininteligible sin el acercamiento digital, un tren de la bruja sexual, además de una posesión infernal sin Raimi. Es también la perfecta sesión doble para aquella cinta de Rebecca de Mornay. El tagline bien podría ser el mismo: La mano que mece la cuna… es la mano que mece el mundo.

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