Posts Tagged ‘Christian Bale’

Tito Oscar’10: The Fighter

(por Ibán Manzano)

El hecho de que Christian Bale esté acaparando todos los parabienes en la categoría de actor de reparto de esta larga temporada de premios no debería llevarnos a engaño, The Fighter (2010, David O. Russell) es su película, la de Dicky Ecklund, juguete roto y antigua estrella del pugilato, que se ve forzado a reformularse en entrenador personal de Micky Ward, su hermano pequeño y nueva promesa en ciernes del boxeo. Ward, al que da músculo un sobrio Mark Wahlberg, no sólo soporta la pesada carga de colmar toda la sed de éxito de un Ecklund que contempla sus viejos días de vino y rosas desde la barrera, sino también la de una barriada de extrarradio tomada por la delincuencia, la droga y sin posibilidad de escape. De alguna manera, cada punch de Ward en el cuadrilátero sirve para descargar la rabia contenida de una comunidad que celebra sus victorias como si fueran propias, genuina exaltación del orgullo obrero de Massachussets. El problema aparece cuando su carrera se ve obligada a elegir entre el derechazo de toda la vida -el tóxico ambiente familiar comandado por el propio Ecklund- y el gancho izquierdo del boxeo reglado. El corazón y el cerebro, en definitiva, incapaces de encontrarse. Si algo cabría reprocharle a Russell es precisamente haber tirado por la calle de en medio, forzando una solución salomónica en la que al instinto sólo le deja la única salida de profesionalizarse.

Es posible que O. Russell pensara que con este trabajo estaba haciendo su particular Toro Salvaje (1980, Martin Scorsese). Méritos no le faltan, un montaje fiero y unos actores con garra entre los que destacan un Christian Bale del que es imposible apartar los ojos y una Melissa Leo que parece haberse estudiado de cabo a rabo el manual de cómo convertirse en Carmela Soprano en 5 cómodos pasos (sin conseguir ponerse a la altura de la gran Edie Falco). Sin embargo, para su desgracia y la nuestra  The Fighter no es Toro Salvaje, pero lo cierto es que ni siquiera llega a ser El Luchador (2008, Darren Aronofsky).

Veredicto: Se defiende, pero le falta el empaque de los grandes

Peso pesado: Christian Bale no tiene quien le tosa.

Peso pluma: La categoría a mejor actriz de reparto es habitualmente la más impredecible, si no que se lo digan a Marcia Gay Harden. No sería raro ver finalmente morder el polvo a Melissa Leo.

Momento WTF!: Mark Wahlberg lleva a su chica a ver… ¡¡¡Belle epoque!!! Él sí que sabe lo que necesita una pelirroja.

Crítica: Enemigos públicos. Se busca Mirlo Blanco

Marion Cotillard y Johnny Depp en Enemigos públicos

Valoración: *****

En Collateral (2004), Michael Mann hizo suya la extrema sensibilidad a la oscuridad de la alta definición para trazar un laberinto nocturno, en cuyo interior un asesino a sueldo buscaba a tientas la redención de su arquetipo. Aquella lección magistral ha encontrado su necesaria amplificación en Enemigos públicos (Public enemies, 2009), otra película que explora las posibilidades dramáticas del cine digital, a partir, esta vez, de la revisión de un género tan codificado como el de gángsters, dentro del cual Mann recrea con el hiperrealismo de una cámara HD la vida y obra de John Dillinger, atracador de bancos que, en su caso, potenció el arquetipo para acreditarse en leyenda.

Enemigos públicos empieza su ofensiva en el límite de la textura, pero desliza su alcance hasta el centro de una narración que centrifuga la liturgia propia de este tipo de cine, se despoja de cualquier clímax al uso y reduce a sus protagonistas a reflejos románticos de quienes realmente fueron. El relato, al servicio de la épica de unos colosos con pies de barro en la época de la imagen moderna. Se trata de Dillinger, Purvis, Frechette, pero también de Depp, Bale, Cotillard. El resultado, por tanto, poco tiene que ver con desmontar el mito, al contrario, con reformularlo, como ocurría en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, desde la deconstrucción de la modernidad. La cosa en Mann es más formal, pero también por ello más radical. Dicho en otras palabras, Enemigos públicos es la hoja de ruta sobre la forja de los héroes–y la consiguiente muerte de las personas que están tras ellos- en este milenio. La elección de Dillinger difícilmente podía resultar  más apropiada, un ladrón con aureola Robin Hood, que acreditó su fama a través de una autoconsciencia mediática, alimentada por un idealismo incendiario y anacrónico, una bala condenada a un destino trágico –por el impacable tiro del funcionariado-. Son varios los hallazgos en el film, los inflamados diálogos entre Johnny y Billie, el aliento en la nuca que se percibe en los tiroteos, Dillinger deleitándose con su imagen especular, Clark Gable, en una sesión premonitoria, el juego de ratón y gato al que se entrega con Purvis  y que conlleva la abolición de una forma de moral, o esa secuencia en la que un noticiero recomienda a los espectadores que giren la cabeza -Dillinger puede estar sentado a su lado- y que resume las tensiones entre la imagen fotoquímica y la digital. La segunda es el enemigo a batir.

Sin embargo, la auténtica aportación de la cinta aparece cuando Dillinger se cuela en comisaría, dispuesto a medirse con su propia obra, en una búsqueda de su tiempo mítico ante la intuición de que el tiempo real se acaba. Dillinger se delecta en su triunfo, una oficina vacía –los policías están buscándole en otro sitio, curiosamente en una sala de cine, allí donde literal y metafóricamente terminará sus días, también donde se consagrará como parte de la Historia- en la que se desplaza como presencia espectral, un fantasma al que ni un disparo en la sien lograría apagar. Enemigos públicos es, de momento, la última manifestación fílmica de Dillinger, parte de su premeditado legado. Se podría concluir que el alcance de esta obra colosal es el de filmar, para ello, hasta los poros del rostro de Johnny Depp. Y justo ahí anda. Mann, como Dillinger, sabe que, al final, de las leyendas no perduran los hechos. Perduran sus imágenes.

About us