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Tito Oscar’10: Valor de ley

(Por Ibán Manzano)

¡¡SPOILERS!! En su más que recomendable monográfico sobre Valor de ley, los colaboradores de Cahiers du cinema se preguntan por los ecos que retumban en la última película de los Coen. Aunque coinciden en que las resonancias más evidentes proceden de La noche del cazador (1955, Charles Laughton) no dejan de constatar las diferencias y parecidos con la primera versión de la novela de Charles Portis, con la que se asemeja tanto como inquietantemente se distancia. Los cambios más evidentes se aprecian en el prólogo y el epílogo, es decir, en todo aquello que da sentido al relato y también en algo tan estúpido como que de una película a otra el parche de Cogburn (allí John Wayne, aquí el bueno de El Nota) se mueve del ojo izquierdo al derecho. Sí, no deja de ser una tontería más, pero esta tontería más trasciende su condición de anécdota hasta iluminar la razón de ser de esta Valor de ley. Los Hermanos Coen han colocado un espejo de falso fondo delante del western (ya sabéis, el género fundacional, el viejo testamento con vaqueros e indios) y, como si se de las dos caras de una misma moneda se tratara, esta fábula sobre la madurez se materializa ante nuestros ojos a un tiempo como un western rodado con todas las de la ley – con sus planos amplios que dejan respirar, su poética roma y su amistad casi hawkasiana a tres bandas- y como todo lo contrario, un antiwestern -la leyenda queda relegada al ámbito de lo privado, a una arisca solterona que no tiene amigos con los que recordar los buenos días-. Algo parecido ocurría ya en El asesinato de Jasse James por el cobarde Robert Ford. Y si me apuráis casi también en El hombre que mató a Liberty Valance.

No por nada, los Coen han potenciado la ambientación de Valor de ley en un bosque fronterizo: Mattie Ross, la adolescente respondona que busca vengar el asesinato a su padre, tendrá que iniciar un viaje al lado salvaje de la vida para ajusticiar a Chaney, el criminal que se lo robó. Otra forma de denominar a la madurez. Será un viaje de ida y vuelta (como el de un género que no se puede contar ya en las míticas ciudades del oeste, como el de un país cuya moral sólo se perpetua como espectáculo de circo) y puntuado por la extrañeza (el humor de los Coen). Y es que en este cuento crecer es algo tan improbable (y bello) como la visión de un cazador cubierto por la piel de un oso, pero también es algo tan aterrador como un ogro de voraz codicia y cicatriz cruzándole el rostro. Valor de ley consigue hablarnos del desencanto de hacerse mayor a partir de un relato saturado de mutilaciones (el ojo del sheriff, la lengua del marshall y finalmente el brazo de Mattie) pero cuyo colofón, una epifanía nocturna, apunta a la esperanza. Como si toda la película se hubiera preparado para llegar hasta allí, los Coen hacen estallar en el último tramo una galopada (donde, ahí sí, se nota a Charles Laughton), en medio de un paraje irreal y mágico que funciona como espacio simbólico de la renuncia. Poco importa la fama que los Coen se han ganado de cínicos o que le concedan a Mattie un destino parcialmente amargo (me refiero al brazo y tal), porque no es suficiente para ocultar la fe ciega con la que los directores han montado esa gran secuencia, en ella crecer no es únicamente desencanto, es también confiar en los demás, y si no es en los demás que al menos sea en un sheriff borrachuzo y en su corcel asmático.

Veredicto: La crítica americana se ha apresurado a aplaudir Valor de ley como el regreso de los Coen a la buena senda tras Quemar después de leer o Un tipo serio. Sólo que para mí esas dos ya eran obras maestras. Así que imaginaos.

Peso pesado: Roger Deakins ha sido nominado 8 veces al Oscar a Mejor fotografía. Probablemente mereció ganar, como poco, en las 8.

Peso pluma: Jeff Bridges hace de Jeff Bridges, pero, carajo, ¡qué bien hace el tipejo de sí mismo!

Momento WTF!: Las últimas palabras (ya me entendéis) de Lengua-de-serpiente antes de ser ahorcado.

De Oscar (X). Minicrítica: Un tipo serio

Un tipo serio de Los Coen(por Ibán Manzano)

¿Posibilidades de Oscar? Ninguna. Pero los Coen tienen mano en la industria, no hay duda.

Ya tienen ganado… Los Oscar de No es país para viejos. Y los de Fargo. Este año, su presencia es testimonial.

Minicrítica: Un tipo serio, la película menos generosa de los Coen, abre con un epílogo a lo Bulgakov (¿alguien dijo El maestro y Margarita?), localiza su genio en una secuencia onírica con la-vecinita-sexy-de-al-lado en el inconsciente (sexual) del imaginario Norman Rockwell (¿alguien dijo La tentación vive arriba?) y cierra, en un falso clímax, con la irrupción de un tornado (¿alguien dijo Vidas Cruzadas?) para destapar la única ley que rige la lógica de la vida, lo impredecible. Y lo que consecuentemente condena al fracaso a todo relato, llámase religión o película. Eso sí, una canción pop no nos salvará del Infierno, pero ¡qué bello es escuchar en bucle a Jefferson Airplane con su Somebody to love! Voy a ello, de hecho.

- Ver crítica al completo.

Un tipo serio. El viento comenzó a gritar

serio

(por Idir Mesian)

Si intentamos dejar a un lado los lugares comunes que se han generado con esta película (sí, todo gira en torno al principio de incertidumbre de Heisenberg), la mejor comparación a modo de resumen que se puede hacer de Un tipo serio surge con All along the watchtower, de Bob Dylan. En los dos casos se cuenta la misma historia de fracaso e inexorable impotencia y del mismo modo, viéndose la ironía formal que emplean superada por toda la desolación que encierran en su mensaje.

La película, para la que los Coen han buscado un reparto totalmente desconocido y a la que ya se ha colgado la incomprensible etiqueta de obra menor dentro de su filmografía, se mueve en cierto sentido en un terreno similar a Deconstructing Harry, aunque tomando otras perspectivas. Su protagonista, Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), se nos muestra a través de sus relaciones personales, llenas de patetismo y frustración, buscando respuestas que nunca le serán dadas en vez de encarar sus problemas. Como suele ser habitual en el cine de los Coen, aquí hay una amalgama de secundarios de personalidades muy marcadas, entre los que adquiere gran relevancia el hijo de Gopnik, cuya actitud nihilista provocará el contraste con la inútil búsqueda de respuestas de Larry y, sin embargo, con un futuro igual de incierto que el de su padre.

Y es que sin contar el cuento yiddish a modo de prólogo, la película puede resumirse con el certero montaje en paralelo entre las pequeñas circunstancias de Larry Gopnik y su hijo al principio y al final de la cinta. Incluso exagerando, bastaría con el primer y el último plano del hijo de Gopnik para saber lo que quieren contar los Coen, igual que basta con el primer y el último verso de la canción de Dylan antes citada; último verso que además, quizás no de forma casual, les hace compartir el mismo final abierto y abrupto (the wind began to howl) que refuerza el sentido de insignificancia del ser humano de la película.

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