Posts Tagged ‘J.D. Salinger’

Somewhere over Sofia

somewhere(por Ibán Manzano)

En Monstruos Modernos, Jordi Costa calificó a Sofia Coppola de reina fashion que parece pedir a gritos que le corten la cabeza. Es posible que no se equivoque. Este colaborador tiene que reconocer que el universo de la hijísima le fascina y repele a partes iguales. La aparición del trailer de su próximo trabajo, Somewhere, nos trae una palabra a la cabeza, dèja vu. O por el contrario, si somos generosos, otra bien distinta, autoría. Si uno sustrajera el factor romántico de Lost in translation, es probable que la ecuación resultara similar a Somewhere, un dilatado tiempo muerto por el que dos almas desplazadas acaban encontrándose, otra relación paterno filial con hotel de lujo como telón de fondo.

El problema esencial de Sofia Coppola parece seguir siendo el mismo, su cine está protagonizado por niñas bien que lloran porque les han robado su barbie favorita y que se encierran a cal y canto en sus fortalezas, el suburbial barrio de Las vírgenes suicidas, el Tokyo marciano de Lost in translation y, desde luego, la Versalles cool de Maria Antonieta. En realidad personajes no tan distintos, fragilísimos adultos-niños, pueblan algunos cuentos de Salinger o el cine de Wes Anderson, pero allí donde estos dos últimos evitan la autoindulgencia a la hora de seguir a sus juguetes rotos, Sofia Coppola cae de lleno. Algo que ya aventuraba el fragmento que protagonizó para Historias de Nueva York de la mano de papá. Pero al César lo que es del César. El trailer mola. Y mucho. Es más de lo mismo. Pero seduce. Julian Casablancas pone la música con Once (versión de You only live once de The Strokes). Y Harris Savide, recogiendo el guante al hipnótico Lance Accord, sirve las imágenes. Porque otra cosa no sé. Pero Sofía Coppola, gusto lo que se dice gusto, tiene para dar y regalar. A ver si no a qué viene esa genialidad de casting. Me refiero a Stephen Dorff. Por supuesto.

Trailer for Sofia Coppola’s ‘Somewhere’ from TwentyFourBit.com on Vimeo.

2010, el año de ser guapos

The Pains of being pure at heart

De cotillón atragantado, eyeliner corrido y Belén Esteban dando las campanadas, reconozcámoslo, este 2010 no ha podido empezar mejor. Recupero para la ocasión Young adult friction de The pains of being pure at heart, que no son novedad por nada, si acaso por figurar entre lo mejor del año (aquí y aquí) o por su no tan lejano concierto en la sala Bikini (aquí), pero ciertamente el tema, el grupo, su música, su filosofía y su -buen- rollo, que es como si Parchís hiciera la güija, o como si Halloween fuera una fiesta de risas con fantasmas de golosina (Michel Myers no sería otro que los padres) encajan a la perfección con 2009.

Por ejemplo, muchas han sido las películas-para-niños que nos han dado… ¡miedo!, madurar según Donde viven los monstruos o Los Mundos de Coraline es sinónimo de renuncia, de desencanto. También las comedias -especialmente las de Judd Apatow- coincidieron en apuntar algo que venía de años atrás, la inmadurez como lacra esencial de nuestra generación.  Adventureland o Resacón en Las Vegas se hacían eco de la ansiedad que supone hacerse mayor, incluso si ya se es mayor. En la música más de lo mismo con grupos como el citado hoy, cuyo nombre es una declaración de principios, y el de la semana pasada. Además este ha sido el año de la muerte del rey del pop, un gigante con corazón de niño que se encerró en un parque de atracciones con la ambición de proteger la ingenuidad como si se tratase del juguete más caro -y frágil- del mundo. El asunto no es nuevo, es inherente a nuestra modernidad, ahí está el Peter Pan de J.M. Barrie o ese librito sin el que no se entiende nada, El guardián entre el centeno, con sus variados covers resueltos con más o menos fortuna (Las vírgenes suicidas, Tokyo Blues, Menos que cero y Lunar Park, estos dos, de Bret Easton Ellis). Salinger, ahora que lo mencionáis, dijo, mientras escribía acerca de futuros suicidas, eso tan importante de pocos de estos niños magníficos, saludables y a veces muy guapos, madurarán. La mayoría -doy mi desgarradora opinión- se limitará a envejecer. Promesa para 2010, no envejezcáis, manteneos guapos por siempre.

Lunar Park. El guardián entre cráteres

Lunar Park de Bret Easton Ellis

Bret Easton Ellis, que no es precisamente un recolector de premios Pullitzer, arrancó su carrera con una novela repleta de ansiedad, su versión –sí, otra más- de El guardián entre el centeno para la generación X, y continuó, más tarde, como francotirador literario con serios problemas de autoindulgencia. Hasta que llegó Lunar Park, en la que Easton Ellis se recicla como personaje de su ficción. Ya lo hicieron antes Unamuno, Mailer y con mejores resultados. En el primer tercio del libro, Easton Ellis se comporta como otro de los niños perdidos de sus historias, un juerguista que se pone de ácido hasta las cejas mientras se tira alguna neumática modelo con las Ray-Ban encima. Sólo las Ray-Ban, of course.

Pero el libro, en realidad, a medida que avanza, se desvela como curioso ejercicio de autoindagación. Por coger un símil cinematográfico, Easton Ellis se marca un 81/2, un harakiri con el que poner a cero el contador. Una autoinmolación en plena regla. Easton Ellis, como personaje, busca poner fin a sus días de vino y rosas, aceptando su responsabilidad como padre, intentando formar algo que se parece a una familia. Pero madurar sin perder la ingenuidad no es cosa fácil. Y para que vuelva a caer varios sucesos le cercan, un asesino que imita al de American Psycho, un pájaro de juguete con muy malas pulgas, el fantasma paterno y el más chungo de todos, la desaparición de los niños del vecindario, que es la pesadilla de todo padre. El giro final -cuidado, que vienen spoilers- revela que son estos críos los que huyen por sí mismos a Lunar Park, para que nos entendamos, están mejor sin sus progenitores. Resuenan más que nunca los ecos de Salinger. Celebramos 40 años de la llegada a la Luna. No sé si Amstrong fue el primero en poner el pie en su superficie, pero sospecho como Easton Ellis, que los niños llegaron mucho antes. Llevan ahí desde siempre.

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