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Crítica: La tortuga de Darwin. Adaptarse y morir

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Juan Mayorga es, con todo merecimiento, el autor español de moda. En las últimas temporadas ha copado la cartelera con textos propios y versiones de obras clásicas que le han situado en lugar de privilegio dentro de la dramaturgia nacional. En la mayoría de las ocasiones el resultado ha sido más que sobresaliente, pero no sucede esto en La tortuga de Darwin, una obra menor dentro de su trayectoria.

El planteamiento es tan sencillo como pretencioso: Harriet, una de las tortugas que acompañó a Darwin en su viaje de vuelta al Reino Unido, nos va enseñando paso a paso la historia reciente de la humanidad a través de sus 175 años de vida.

Es en este intento de abarcar de manera tan meticulosa un periodo tan amplio donde la obra acaba naufragando y haciéndose redundante, provocando que las disertaciones sobre las guerras, las crisis y las revoluciones se conviertan en una sucesión de lugares comunes y el conjunto acabe siendo más un ejercicio didáctico que un ejercicio teatral en el que parece incluso costoso ponerle el punto y final.

En el lado positivo no se debería dejar de manifestar una vez más la capacidad del autor por reformular la esencia de las fábulas a los requerimientos de un texto dramático, sin duda lo que mejor funciona del montaje.

La tortuga de Darwin se sustenta en una ampliamente elogiada (y premiada) interpretación de Carmen Machi que, aunque bien elaborada, no llega a lograr las hechuras que requiere esta Harriet, dando la impresión, al igual que pasaba en el Platonov de Gerardo Vera y versión del mismo Mayorga, de estar fuera de tono y no dominar el personaje como sí hacía, citando un trabajo igual de reciente, en La concejala antropófaga.

Los actores secundarios, accesorios a Machi pero no prescindibles para el desarrollo de la historia, ofrecen unas interpretaciones sustancialmente mejoradas con respecto a sus muy flojos predecesores, a pesar de lo cual la actriz principal tampoco consigue ayudarse de ello para darle el empaque que necesita su personaje.

Crítica: Fedra. La inevitable levedad del ser

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Fedra, como algunos de los más grandes personajes, tiene todo para ser detestada, y sin embargo, por mucho que se esfuerza en que así sea, no puedes dejar de empatizar con ella. Y es que al ver a Fedra no ves a la mujer que vende a su hijastro Hipólito al odio de su padre después de rechazar haberse acostado con ella. Al ver a Fedra ves siempre a la mujer abandonada por un marido más preocupado por sus guerras que por su matrimonio. Esa soledad no resuelta de Fedra provoca una rebelión interna que transforma de forma insensata en una venganza que se acabará volviendo contra ella misma y la conducirá al suicidio, que en realidad no es más que la materialización definitiva de la asunción de una forma de vida de la que no podía escapar.

Sin duda si el espectáculo destaca por algo es por el consistente texto de Juan Mayorga, que no se propone actualizar la tragedia griega trayéndola al siglo XXI, sino reescribirla para que el viaje sea más fácil. Todo gira en torno a un libreto en el que madrileño ha sabido equilibrar las dosis necesarias de delicadeza y desgarro sin perder su esencia de clásico. Incluso parecen haberse sacrificado ciertos aspectos de dirección y puesta en escena para hacer mucho más patente la fuerza de las palabras de Mayorga.

Y esta es quizás la principal pega del montaje, pues aunque se agradece la escenografía minimalista alejada de cualquier tipo de grandilocuencia – que por otra parte el texto ya se había encargado de desterrar –, la sensación una vez acabada la representación es que la belleza del escenario queda lastrada por la obviedad de su planteamiento (un impactante fondo rojo con una gran grieta que Fedra hace suya en los momentos de máxima desesperación) y uno se queda con las ganas de que se hubieran tomado ciertos riesgos formales para mostrar toda la angustia que encierra la protagonista.

En cuanto a los actores, aquí sí se nota la mano del director José Carlos Plaza, sobresaliendo las grandes interpretaciones de Ana Belén y Alicia Hermida y reafirmándose como un Hipólito con pocas fisuras un Fran Perea que sorprende. El resto, aunque correctos, se limitan a no desentonar con las figuras principales.

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