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Pilotos: Luck + Alcatraz
enero 25th, 2012 • Pilotos
Tags: Alcatraz, David Milch, J.J. Abrams, Luck, Michael Mann
(por Ibán Manzano)
1) LUCK. Prometo no hacer ningún chiste malo que incluya carreras de hípica y apuestas deportivas sobre Luck, el caballo ganador (ya he caído) de la HBO para el primer tercio del año. El hipódromo de Santa Anita, con todo el tráfico de dinero y sueños rotos, que suelen mover este tipo de competiciones, será el nuevo laboratorio (como antes lo fue Nueva Jersey, Baltimore, el Oeste fronterizo, la antigua Roma, los casinos de Atlantic City y Poniente) desde el que la cadena por cable estudiará las relaciones que estructuran el Poder. En una estrategia curiosa, el episodio piloto fue emitido el pasado diciembre pese a que Luck no arranca oficialmente hasta este domingo. Digo en una estrategia curiosa, porque el piloto de Luck resulta voluntariamente informe. No interpretéis esto como un reproche, al contrario: como muchas de sus hermanas Luck asume que la serie televisiva es el equivalente a la novela decimonónica.
Los primeros 60 minutos de lo nuevo de David Milch (al que le estaremos eternamente agradecidos por Deadwood) no son más que la primera piedra de una nueva catedral gótica que se irá edificando semanalmente en nuestra pantalla. El capítulo tiene además varios motivos para el regocijo: unos personajes con potencial para evolucionar corruptamente, primeras espadas en su reparto (Dustin Hoffman, Nick Nolte), una selección musical de aúpa y a Michael Mann tras la cámara. Michael Mann es para este que firma uno de los grandes. Algún día acabaré esa entrada en la que argumento que Inland Empire (David Lynch, 2006) es la otra cara de la moneda de Enemigos públicos (2009), por cierto una de las obras maestras de la pasada década. En esta ocasión, Mann está algo más comedido de lo habitual, por lo menos hasta que se lanza a filmar carreras de caballos en un digital de alta definición que deja sin habla.
2) ALCATRAZ. Vuestros tímpanos deben de estar reventados de tanto escuchar que Alcatraz es la nueva Lost o la nueva Fringe. Para ser sinceros la comparación no carece de base. El parecido es especialmente notable con la segunda. Lo cierto es que Fringe ya tenía algo de puesta al día (un día con cambiaformas, armas bacteriológicas y portales interdimensionales; un día de esos) de lo ensayado en Alias. El gran problema de Alcatraz es que uno no puede librarse de la molesta sensación de que a base de tanto fotocopiar los colores han acabado por diluirse. Todavía es pronto para llevarse las manos a la cabeza. La serie tiene una premisa de las que no se ven todos los días y sus responsables merecen que les concedamos un poco de paciencia. Ahora no nos acordemos demasiado, pero Fringe no tuvo exactamente una acogida calurosa cuando llegó a las pantallas hace cuatro años y, en cambio, mírala ahora, qué salud de hierro. Entre lo positivo a rescatar no sólo está el sugerente enigma central, sino un guiño hitchcockiano que demuestra conocimiento de causa y la agradable confirmación de que J.J. Abrams cada vez siente menos necesidad de justificar su abrazo a lo fantástico.
Crítica: Enemigos públicos. Se busca Mirlo Blanco
agosto 17th, 2009 • 16 comments Sin categoría
Tags: Christian Bale, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Enemigos públicos, John Dillinger, Johnny Depp, Marion Cotillard, Michael Mann
Valoración: *****
En Collateral (2004), Michael Mann hizo suya la extrema sensibilidad a la oscuridad de la alta definición para trazar un laberinto nocturno, en cuyo interior un asesino a sueldo buscaba a tientas la redención de su arquetipo. Aquella lección magistral ha encontrado su necesaria amplificación en Enemigos públicos (Public enemies, 2009), otra película que explora las posibilidades dramáticas del cine digital, a partir, esta vez, de la revisión de un género tan codificado como el de gángsters, dentro del cual Mann recrea con el hiperrealismo de una cámara HD la vida y obra de John Dillinger, atracador de bancos que, en su caso, potenció el arquetipo para acreditarse en leyenda.
Enemigos públicos empieza su ofensiva en el límite de la textura, pero desliza su alcance hasta el centro de una narración que centrifuga la liturgia propia de este tipo de cine, se despoja de cualquier clímax al uso y reduce a sus protagonistas a reflejos románticos de quienes realmente fueron. El relato, al servicio de la épica de unos colosos con pies de barro en la época de la imagen moderna. Se trata de Dillinger, Purvis, Frechette, pero también de Depp, Bale, Cotillard. El resultado, por tanto, poco tiene que ver con desmontar el mito, al contrario, con reformularlo, como ocurría en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, desde la deconstrucción de la modernidad. La cosa en Mann es más formal, pero también por ello más radical. Dicho en otras palabras, Enemigos públicos es la hoja de ruta sobre la forja de los héroes–y la consiguiente muerte de las personas que están tras ellos- en este milenio. La elección de Dillinger difícilmente podía resultar más apropiada, un ladrón con aureola Robin Hood, que acreditó su fama a través de una autoconsciencia mediática, alimentada por un idealismo incendiario y anacrónico, una bala condenada a un destino trágico –por el impacable tiro del funcionariado-. Son varios los hallazgos en el film, los inflamados diálogos entre Johnny y Billie, el aliento en la nuca que se percibe en los tiroteos, Dillinger deleitándose con su imagen especular, Clark Gable, en una sesión premonitoria, el juego de ratón y gato al que se entrega con Purvis y que conlleva la abolición de una forma de moral, o esa secuencia en la que un noticiero recomienda a los espectadores que giren la cabeza -Dillinger puede estar sentado a su lado- y que resume las tensiones entre la imagen fotoquímica y la digital. La segunda es el enemigo a batir.
Sin embargo, la auténtica aportación de la cinta aparece cuando Dillinger se cuela en comisaría, dispuesto a medirse con su propia obra, en una búsqueda de su tiempo mítico ante la intuición de que el tiempo real se acaba. Dillinger se delecta en su triunfo, una oficina vacía –los policías están buscándole en otro sitio, curiosamente en una sala de cine, allí donde literal y metafóricamente terminará sus días, también donde se consagrará como parte de la Historia- en la que se desplaza como presencia espectral, un fantasma al que ni un disparo en la sien lograría apagar. Enemigos públicos es, de momento, la última manifestación fílmica de Dillinger, parte de su premeditado legado. Se podría concluir que el alcance de esta obra colosal es el de filmar, para ello, hasta los poros del rostro de Johnny Depp. Y justo ahí anda. Mann, como Dillinger, sabe que, al final, de las leyendas no perduran los hechos. Perduran sus imágenes.

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