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Las Vegas

(por Ibán Manzano)

La zona sucia (Nacho vegas, 2010) será, con certeza matemática, otro mausoleo consagrado a honrar los ritos del desamparo emocional propio de su autor. Escuchando (aquí podéis hacerlo) los dos singles de adelanto, Perplejidad y La gran broma final, he tenido la impresión de recuperar al Nacho Vegas más crooner, al que desgrana con voz de grajo una letanía extenuante de lamentos y tristezas. Se aleja de El manifiesto desastre, aquel disco que corporativizó el sufrimiento y que al menos en la superficie era su trabajo más luminoso. La gran broma final, en concreto, apunta a ser uno de los temas que más escucharemos en bucle del disco y es otra de esas canciones-rio que elevan la pataleta a la categoría de arte, dignifican el lloriqueo y con las que tan cómodo parece sentirse Vegas. El asturiano tan habituado a recorrer con sus ritmos los espectros más ásperos de las relaciones humanas (en sus letras las chicas mandan a los chicos a tomar viento fresco y lo de vivieron felices y comieron perdices no acaba de cuajar), recurre ahora para su nuevo tránsito a un símil deportivo, La zona sucia es la parte de la pista por la que los coches no siguen la trazada y que por tanto tiene restos de goma y otras impurezas que ralentizan la velocidad. Es la que a mí me interesa al hacer canciones.

Intento imaginarme lo que debe ser viajar en hora punta en un metro atestado de sudor mientras se lee La broma infinita de Foster Wallace y se pone en el iPod a todo volumen La gran broma final: algo así como la vida.

Nacho Vegas. Erizo bobo

Nacho Vegas

Escribió el poeta Luis Cernuda que los hombres un día conocieron el sufrimiento y quisieron compartirlo. Por eso se inventaron el amor y el resultado fue como en los erizos. Algo parecido contó Schopenhauer, con aquellos puercoespines que se juntaban mucho entre ellos cuando tenían frío y acababan como el rosario de la Aurora.

Con este bellísimo punto de partida y una inquietante introducción, Nacho Vegas ha levantado El género bobo, el sexto EP de su carrera si no llevo mal la cuenta. El objetivo es evidente: hablar de la dificultad de las relaciones humanas y más concretamente de las suyas, tan tormentosas y complicadas como escalar el Angliru una tarde lluviosa.

Ahí situamos Las inmensas preguntas, pseudo-secuela de Seronda y mejor cómposición de esta entrega. El tema encabeza un estimable retorno el origen, al mismísimo Actos Inexplicables (mejor olvidarse de rancheras y arrebatos flamenco-glam). ¿Por qué si no volvería el recuerdo de la dísloca figura paterna en Penúltimo anhelo, ocho años después de Simón? Aunque rara vez escribió el asturiano algo tan optimista como la trotona Pesadilla genérica.

Al final te estaré esperando, y asumiendo el inevitable final, algo que ya hizo Vegas en La noche más larga del año, el tema con el que cerró el capital Desaparezca aquí. Un toque góspel, una extraña presencia infantil, y a seguir aguardando nuevas canciones.

[El otro día vi una película estúpida en la que uno de los personajes decía que nos morimos porque tenemos asumida la muerte. Será verdad.]

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