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Sayonara Satoshi

(por Ibán Manzano)

Interrumpo la programación estipulada para esta semana para comunicar una noticia que no me provoca ninguna alegría dar a conocer. Satoshi Kon ha sido encontrado muerto a la temprana edad de 47 años. Las causas de su muerte a estas horas se desconocen. Por desgracia, Kon no poseía el reconocimiento mediático que acompaña a otros grandes de la animación en su país -Otomo, Miyazaki- pero cuatro largometrajes, una película inacabada y una serie de televisión de culto bastan para confirmar dos cosas, la primera que estamos ante un titán del anime con pleno derecho a ser considerado como tal; la segunda, que acaso Satoshi Kon lleva haciendo la misma película desde los tiempos de su inaugural Perfect Blue.

Revisionar esta corta (y truncada) filmografía permite argumentar que el cineasta fue trasladando la misma obsesión de película en película: la inquietud por la entropía del universo. Sus tramas sumergieron a sus personajes en un mundo regido por desconcertantes lógicas oníricas, que como bien sabe el espectador que se haya dejado arrastrar por ellas son irreductibles a palabras; lo que atestigua su pleno manejo del medio. Es probable que su obra maestra sea Millennium Actress, si el espectador tiene la suerte de toparse con ella disfrutará de un viaje sólo de ida; después de ella, lo juro, no podréis mediros a vuestro día a día con la misma cara. Con todo, es posible, que su mejor carta de presentación sea la serie Paraonia Agent, bautizada en su país de origen como el Twin Peaks nipón, dejando aparte comparaciones fáciles, se trata del primer anime -o al menos del mejor- que analiza precisamente la problemática -enfermiza- relación entre el consumidor de anime y el anime mismo. Los 13 capítulos conforman un compendio inabarcable sobre las posibilidades de lo audiovisual, Kon aplica a cada uno de ellos un trazo diferente; el resultado, una heterodoxa propuesta que ratifica a la animación como arte total, amén de incluir los títulos de créditos, el opening, más desquiciadamente naïf que ha existido. Y lo habéis adivinado, es lo que acompaña a esta entrada.

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