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A contracorriente con Vicky Cristina Barcelona

Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona

Entiendo a la perfección que cualquier defensa de Vicky Cristina Barcelona está, por varios motivos, condenada al fracaso de antemano, ¿qué me vais a decir a mí que he hecho sangre de ella en diversos cinefórums?, pero resulta que el estreno de Si la cosa funciona (aquí más info), me ha llevado a lanzar una aventurada hipótesis (¿qué queréis? es Sábado). Vicky Cristina Barcelona es, para casi todos, una cinta tópica: su tratamiento, su historia, sus personajes, en especial las 2 protagonistas, la Vicky y la Cristina del título, cuya actitud ante el amor es, en efecto, tópica. La primera es la chica-que-busca-marido, la segunda la-chica-que-busca-emociones/sexo (si me apuráis, lo mismo ocurría con las hermanas Dashwood en Sentido y sensibilidad) y ambas matizarán sus posturas, acercándolas, tras algunos desengaños sentimentales. No ayuda, para seguir con lo tópico, que Allen haga de guía por una Ciudad Condal de postal. Pero, ¿y si la clave fuera justo esa?

En una secuencia del film, un poeta, el padre de Bardem, asegura estar cabreado con la humanidad por no haber certificado tras miles de años de civilización que la solución es el amor. Puede que esa Barcelona de agencia de viajes sea la alegoría más precisa para una humanidad que practica, y cada vez en mayor grado, el turismo del amor. Como si enamorarse fuera lo mismo que subirse a un Bus Turistic. Va a ser cierto que ya no quedan románticos y, de quedar, estos son japoneses con nikkons al cuello que compran miniaturas de cariño a 1 euro el beso en kioscos de souvenirs.

Crítica: Si la cosa funciona. Interiores

Evan Rachel Wood y Larry David en Si la cosa funciona

Valoración ****

En el monográfico Cine y terrorismo incluido en el nº 18 de Cahiers du Cinema España, Carlos Losilla aventuraba una sugestiva especulación hecha por la premura política, ¿son acaso las últimas cintas de Woody Allen consecuencia involuntaria del exilio de una Nueva York que tras el 11-S no logra ser la misma? Una evasión que habría escrito su punto y final con la balsámica irrupción de Barack Obama. Si la cosa funciona (Whatever works, 2009) es, en todo caso, una afortunada vuelta al hogar, metiéndose para ello bajo la piel de un genuino cómico americano, el creador de Seinfied, Larry David, gemelo televisivo de Allen y poseedor de una feroz misantropía, que legitima el regreso a casa por otra vía: David recuerda al Isaac Davis de Manhattan, un genio superdotado que arremete contra la humanidad, hasta que una jovencita de grado inferior le recuerda que eso no es inteligencia sino resentido desencanto.

Manhattan, la ciudad, bien por el 11-s, o por Bush, o por lo que sea, en efecto, ya no es la misma. Woody Allen tampoco, su cinta carece de la sutileza de mejores tiempos, y los interiores desplazan a la reconocible impronta que él inmortalizó en blanco y negro (y que también contrasta con la Barcelona de postal de Vicky Cristina Barcelona). Quizás por el apremio de la muerte, Allen nos ha regalado esta liberada celebración del amor, cuya hondura sería un error menospreciar, y que sigue fascinada porque todo se reduzca a como un espermatozoide de entre millones fertilizó a un óvulo, como si el origen de las especies fuera una cuestión de azar y puede que de amor. No se equivoca, yo caería rendido ante Evan Rachel Wood (o ante la magnética Patricia Clarkson), y no soy un genio, sino un gusano, que precisa de alguien con el que no tenga nada que ver, pero le haga (son)reir mientras la cosa funcione. Es como Manhattan de 1979, pero algo agotada, aunque Manhattan al fin al cabo y sin exteriores, es decir, también es Interiores de 1978, pero ahora el responsable es un interiorista gay al que se conoce como Dios.

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