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El peligroso método de David Cronenberg

(por Ibán Manzano)

En cuanto se estrene en nuestro país A dangerous method tendré que repetir visionado con subtítulos en español. No es fácil seguirle la pista con el texto en italiano a una película como esta, que hace del choque de trenes entre el psicoanálisis oficial y la contrarreforma jungiana el tema central de sus diálogos. Especialmente cuando aplica sobre la relación Freud-Jung los esquemas que caracterizan al conflicto padre e hijo (Jung en la tesitura de “matar al padre”) y enfrenta a Jung por otro lado a una relación de perfiles neuróticos con una paciente que dinamitará en su encuentro sexual cualquier certeza teórica acumulada en la experiencia. En este sentido, no debemos sorprendernos lo más mínimo de que Freud y Jung (sobre todo este) encajen a las mil maravillas en el Planeta Cronenbeg. Hablamos por un lado de David Cronenberg, y por el otro, de los tipos que ampliaron ese campo de batalla que es la mente humana. Estaban condenados a encontrarse. Y a entenderse. Lo raro es que no haya sido antes.

Carl Jung ejerce aquí de perfecto vehículo para que todas las obsesiones de Cronenberg tomen cuerpo en una película cuyo vigilado clasicismo puede despistar incluso al seguidor más entusiasta. Esa es su gran apuesta (su gran riesgo), barnizar la cara visible de la tragedia personal de Carl Jung, una historia repleta de corrientes soterradas de turbiedad y de aristas, y no cargar jamás las tintas. El descubrimiento sexual y la madurez intelectual se plantean como los dos niveles esenciales del texto (de su obra) del gran Christopher Hampton en un trabajo al que habrá que volver en repetidas ocasiones para atender a todas sus lecturas, que son cuantiosas. No hay mejor traducción para sus palabras que las imágenes contenidas de una Austria de salón, de conductas intachables, de escuadra y cartabón. Una puesta en escena hermética, metódica y recta. Como un escalpelo. Y pese a todo una cinta en la que se sigue detectando a Cronenberg: de los créditos iniciales al sexo malsano –hablamos del cineasta que ha filmado uno de los polvos más incómodos de la historia del cine, ¿eh, María Bello?-, de la violencia cáustica –que irrumpe sin preaviso- a esa innegable madurez de la que puede presumir con una filmografía poderosa a sus espaldas –la secuencia que mide los tiempos de respuesta de la mujer de Jung es todo un prodigio-.

El psicoanálisis para Cronenberg es mucho más que una práctica terapéutica con las que sanar las heridas del alma, es otra manera más (también fracasada) de descifrar los trazos ilegibles con los que el ser humano escribe su biografía y que ni los mejores grafólogos del mundo alcanzan a leer en la dirección correcta.

Crítica: La Carretera (The Road)

Vigo Mortensen en La Carretera (The Road)

(por Ibán Manzano)

Valoración ***

Con La Carretera (The Road, 2007), Cormac McCarthy logró lo más parecido a una abstracción del Apocalipsis . Su depurada prosa no limitaba a los personajes a sus acciones, más bien, servía para potenciar la polisemia de estas hasta presentar una alegoría exacta sobre el estado terminal de toda realidad. El principal problema de la adaptación por parte de John Hillcoat es su renuncia a intoxicarse de cualquiera de los múltiples subtextos sugeridos en el original. Pegado a la letra, Hillcoat es tan preciso como McCarthy, pero donde la novela admitía todas las lecturas posibles, la cinta, al no entender la mutación de lenguaje, acaba sólo por reducir. Incluso Viggo Mortensen parece fuera de lugar, aun cuando el actor, espléndido, sostiene el temple sereno de quién ansía preservar con todas sus fuerzas una forma de moral ante el ocaso.

No es que no se reconozcan los diversos estratos religiosos, políticos, familiares, pero Hillcoat sólo logra aportar valor a la hora de ilustrar, en connivencia con Javier Aguirresarobe, ese no-lugar, la Carretera, zona de tránsito de latente horror impreciso, y desplazado de cualquier diégesis temporal, páramo yermo postapocalíptico de monocromática paleta gris licuado. Quizás hubiera sido mejor que Hillcoat se lo hubiera planteado en otros términos, como el viaje de un Antoine Doinel por los escenarios de western crepuscular (algo hay de ello) bajo la textura de una zombie movie filmada cámara en mano con el hiperrealismo de una HD. Su cinta se hubiera parecido menos a McCarthy, y de paso le hubiera hecho más justicia. Pero es sólo una sugerencia, que conste.

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