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New York is loving Paris

(Por Idir Mesian)

Si hay una fecha marcada cada año en rojo en mi calendario es sin duda el estreno de la nueva película de Woody Allen; una especie de Viernes Santo pagano que sirve para aliviar la cuaresma en la que normalmente vive instalada la cartelera. Emulando a John Huston – aunque con un gusto más refinado a la hora de escoger destino vacacional para rodar sus películas – y habiendo ya pasado por Londres y Barcelona (y parece que este próximo verano por Roma), le iba tocando su turno a París; así que allí se fue, Soon-Yi incluida, para desempolvar una historia que ya había amagado rodar anteriormente: la Midnight in Barcelona que todo el mundo daba por hecho ha acabado transmutada en Midnight in Paris. Bastante más coherente con el cine de Woody Allen teniendo en cuenta que gran parte de la historia se desarrolla en los felices y parisinos años 20… Aunque haciendo un poco de cine-ficción no habría estado mal ver cómo Allen mostraba la dictadura de Primo de Rivera.

A la vez que Woody y a pocos distritos de él, Scorsese rodaba (¡sin Leonardo DiCaprio!) parte de su adaptación del recomendabilísimo libro La invención de Hugo Cabret, un gran homenaje a Méliès a través del cual se cataliza toda la fuerza del cine para luchar por nuestros sueños. Con esta premisa parece a priori clara la elección de un estudioso del séptimo arte como Scorsese para una historia que en manos de otro quizás se habría decantado por resaltar únicamente el aspecto juvenil del libro. Si le añadimos que está ambientado en el París de los años 30 post-gran depresión y pre-segunda guerra mundial, la elección parece más clara aún.

Más allá de la mera anécdota, lo interesante de esta coincidencia es comprobar una vez más lo complementarias que son las carreras de estos dos neoyorquinos para crear un mosaico casi completo en las temáticas que tratan… y un gran abanico de posibilidades para los programadores de sesiones dobles. Muchas de las películas del judío tienen su contrapunto perfecto de mano del italoamericano, y viceversa. Así, aparte de las manidas comparaciones entre Manhattan y Taxi driver, podemos enfrentar la particular bajada a los infiernos de cada uno en Desmontando a Harry y After hours, el retrato musical en torno a la II Guerra Mundial de Días de radio vs. New York, New York o la exploración de la personalidad a través de Zelig vs. El aviador o Shutter Island. Incluso cuando deciden mirar hacia Nueva Jersey coinciden en época para ambientar sus obras (La rosa púrpura de El Cairo o Acordes y desacuerdos vs. Boardwalk Empire). Hasta en obras no tan conocidas se puede establecer la analogía (Broadway Danny Rose vs. El rey de la comedia).

A estas alturas ya nadie discute que pensar en Allen o Scorsese es pensar en Nueva York – Sidney Lumet me perdone –, lo que no sabíamos es que también se iban a atrever a retratar el París de principios del siglo XX. Los franceses, por supuesto, están encantados. Palabra de Gilles Jacob.

Conocerás al hombre de tus sueños

Conocerás al hombre de tus sueños

(por Antonio Gandiaga)

El cine de Woody Allen tiene a estas alturas ya mucho de gesto. Cuarenta años intentando convertirse en la versión liviana y cómica de Ingmar Bergman, y el neoyorkino no ha sido capaz de restar al sueco ni un ápice de su negrura. Pero él lo sigue intentando cada año, porque no hay duda de que lo necesita, y empiezo a sospechar que al resto de los mortales tampoco nos viene mal.

En Conocerás al hombre de tus sueños es tan sencillo como siempre reconocer las constantes de su cine, hasta en esos planos de transición sazonados con añejo jazz. Como en una papilla bien batida, por aquí pasan los enamoramientos inevitables y desgraciados de Manhattan, la herencia de Dostoievsky en Delitos y faltas, las hierbas mágicas de Alice (solo que ya no funcionan), y el desencantado enredo de sociedad de Vicky Cristina Barcelona. Si hubiera un chico delgaducho disfrazado de espermatozoide, la fiesta ya sería completa.

A contracorriente con Vicky Cristina Barcelona

Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona

Entiendo a la perfección que cualquier defensa de Vicky Cristina Barcelona está, por varios motivos, condenada al fracaso de antemano, ¿qué me vais a decir a mí que he hecho sangre de ella en diversos cinefórums?, pero resulta que el estreno de Si la cosa funciona (aquí más info), me ha llevado a lanzar una aventurada hipótesis (¿qué queréis? es Sábado). Vicky Cristina Barcelona es, para casi todos, una cinta tópica: su tratamiento, su historia, sus personajes, en especial las 2 protagonistas, la Vicky y la Cristina del título, cuya actitud ante el amor es, en efecto, tópica. La primera es la chica-que-busca-marido, la segunda la-chica-que-busca-emociones/sexo (si me apuráis, lo mismo ocurría con las hermanas Dashwood en Sentido y sensibilidad) y ambas matizarán sus posturas, acercándolas, tras algunos desengaños sentimentales. No ayuda, para seguir con lo tópico, que Allen haga de guía por una Ciudad Condal de postal. Pero, ¿y si la clave fuera justo esa?

En una secuencia del film, un poeta, el padre de Bardem, asegura estar cabreado con la humanidad por no haber certificado tras miles de años de civilización que la solución es el amor. Puede que esa Barcelona de agencia de viajes sea la alegoría más precisa para una humanidad que practica, y cada vez en mayor grado, el turismo del amor. Como si enamorarse fuera lo mismo que subirse a un Bus Turistic. Va a ser cierto que ya no quedan románticos y, de quedar, estos son japoneses con nikkons al cuello que compran miniaturas de cariño a 1 euro el beso en kioscos de souvenirs.

Crítica: Si la cosa funciona. Interiores

Evan Rachel Wood y Larry David en Si la cosa funciona

Valoración ****

En el monográfico Cine y terrorismo incluido en el nº 18 de Cahiers du Cinema España, Carlos Losilla aventuraba una sugestiva especulación hecha por la premura política, ¿son acaso las últimas cintas de Woody Allen consecuencia involuntaria del exilio de una Nueva York que tras el 11-S no logra ser la misma? Una evasión que habría escrito su punto y final con la balsámica irrupción de Barack Obama. Si la cosa funciona (Whatever works, 2009) es, en todo caso, una afortunada vuelta al hogar, metiéndose para ello bajo la piel de un genuino cómico americano, el creador de Seinfied, Larry David, gemelo televisivo de Allen y poseedor de una feroz misantropía, que legitima el regreso a casa por otra vía: David recuerda al Isaac Davis de Manhattan, un genio superdotado que arremete contra la humanidad, hasta que una jovencita de grado inferior le recuerda que eso no es inteligencia sino resentido desencanto.

Manhattan, la ciudad, bien por el 11-s, o por Bush, o por lo que sea, en efecto, ya no es la misma. Woody Allen tampoco, su cinta carece de la sutileza de mejores tiempos, y los interiores desplazan a la reconocible impronta que él inmortalizó en blanco y negro (y que también contrasta con la Barcelona de postal de Vicky Cristina Barcelona). Quizás por el apremio de la muerte, Allen nos ha regalado esta liberada celebración del amor, cuya hondura sería un error menospreciar, y que sigue fascinada porque todo se reduzca a como un espermatozoide de entre millones fertilizó a un óvulo, como si el origen de las especies fuera una cuestión de azar y puede que de amor. No se equivoca, yo caería rendido ante Evan Rachel Wood (o ante la magnética Patricia Clarkson), y no soy un genio, sino un gusano, que precisa de alguien con el que no tenga nada que ver, pero le haga (son)reir mientras la cosa funcione. Es como Manhattan de 1979, pero algo agotada, aunque Manhattan al fin al cabo y sin exteriores, es decir, también es Interiores de 1978, pero ahora el responsable es un interiorista gay al que se conoce como Dios.

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