You only live thrice

(por Ibán Manzano)

Casino Royale (2006) y Quantum Solace (2008), las dos entregas de la saga que han aterrizado en nuestro cines desde que Daniel Craig aceptara prestar su rocoso rostro al agente 007, se preguntaban con más o menos fortuna qué quedaba de eso que hasta hace no mucho conocíamos como Lo Masculino -y de lo que James Bond es hipérbole concentrada y acelerada-. Ha tenido que llegar el equipo de Skyfall (2012) para dar una respuesta a la altura y calmar las ansiedades de la platea -las del macho old school que temía que su principal referente se desplazara hacia la irrelevancia bajo la sombra del legado de Bourne-. Y es que el primer Bond de Sam Mendes se enfrenta a una tarea nada fácil, de la que además sale victorioso: proponer un nuevo modelo de agente 007 desde las ruinas y que encima este regrese sacando pecho. Mendes y sus guionistas (Purvis, Wade y Lohan) demuestran mucho olfato al dar con la clave del asunto: para obtener el Bond del presente hay que aceptar el Bond del pasado. Dejar de mirarle por encima del hombro. No tenerle miedo (o al menos no ese tipo de miedo). El último lote de aventuras del más devoto agente secreto al servicio de Su Majestad se convierte en un elogio de las viejas formas: del Bond antiguo, del cuerpo a cuerpo, del machete sobre la pistola de última generación. Sus reponsables han modelado este thriller en permanente tensión metalingüïstica y autorrefencial como un pulso entre lo nuevo y lo viejo. Y no hace falta que os diga quien es el que lo gana. Puede parecer una comparación algo chiflada, pero la estrategia me recuerda por otras vías a la que llevó a cabo J.J. Abrams en su reboot de Star Trek (2009).

Dentro de la espiral de guiños y homenajes a anteriores entregas que resulta inevitable encontrar en una película con la vista tan puesta en el pasado destaca ese prólogo construido a la imagen y semejanza del de You live twice (1967). En el arranque del que fue el quinto Bond -y no seguir leyendo los más sensibles con los spoilers lo que queda de párrafo- el agente 007 simulaba su muerte como parte de un infalible plan. Aquel desconcertante inicio, sumado a la omnipresente voz rasgada de Nancy Sinatra que puntuaba casi todas las escenas y a un Japón alucinado, un personaje más, concedía a You live twice una extraña atmósfera, onírica por momentos. De alguna manera uno tenía la impresión -o al menos yo la tuve la primera vez que la vi, que vete tú a saber- de que no estábamos tanto ante una película de Bond, como ante una película que ocurría en la cabeza de Bond. Skyfall está construída sobre esa misma idea de la muerte en simulacro y de la resurrección. Resurrección que, como apuntábamos, no sirve para presentar a Daniel Craig como nuevo recambio, sino para que luzca con orgullo la vieja piel del lobo. Bond tiene que morir para seguir siendo Bond. Si algo se le puede reprochar a este notable análisis del personaje es precisamente que ese aliento espectral que empapaba You live twice se aprecie en esta oportunidad menos de lo esperado. A excepción de los dos pasajes exóticos -el disparo de un rascacielos a otro en un Shanghai de realidad virtual y la entrada a la fantasía de Macao-, al director le cuesta liberarse del draconiano manual de estilo impuesto por las dos entregas precedentes (colores severos, acción seca). Es lo de menos, apenas un par de quejas fuera de lugar sobre un trabajo con nivel que vuelve a dar con la talla del esmoquin que necesita nuestro James y que llega a las carteleras dispuesta a pulverizar toda la literatura sobre metrosexualidad del mercado.

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